La confirmación del colapso global cayó sobre el grupo con el peso de una losa de hormigón. El breve destello de esperanza que había encendido el viejo radiotransmisor a válvulas se había apagado, dejando paso a una realidad desnuda e inclemente: estaban solos en un planeta cuyo motor se había detenido para siempre.
Salieron del remolque de mantenimiento en silencio, cargados con las pocas herramientas analógicas que Matías y Clara habían seleccionado. El sol del mediodía, oculto tras la sempiterna bruma gris, no calentaba; el Distrito Norte de la periferia quedaba ya abajo, como un cementerio de naves industriales y columnas de humo estancadas.
El peso del silencio.
Caminaron durante dos horas por la cresta del desfiladero, bordeando la base de la sierra. El terreno se volvía cada vez más agreste, jalonado por rocas afiladas y pinos achaparrados que resistían el embate del viento del norte.
Sebastián avanzaba mecánicamente. La pérdida de su maletín en el capítulo anterior y las palabras del operador de radio habían quebrado algo en su interior; el suspense psicológico ya no se manifestaba en ataques de pánico, sino en una apatía sombría que preocupaba a Paula.
—Bebe —le ordenó Paula, tendiéndole el bidón de agua que Matías custodiaba—. Si te deshidratas, flaquearás, y Lucas no va a parar la marcha por ti.
Sebastián tomó el recipiente con dedos torpes, bebió apenas un trago y se lo devolvió sin mirarla a los ojos.
—¿Para qué, Paula? —preguntó en un susurro ceniciento—. ¿Para llegar a una subestación vacía en mitad de ninguna parte? El mundo se ha terminado. No hay bancos, no hay contratos, no hay leyes. Todo lo que construimos... ya no vale nada.
—Nosotros valemos —replicó ella, agarrándolo de la solapa de su abrigo con una fuerza imprevista, obligándolo a detenerse—. Tú y yo seguimos respirando. Eso es lo único que cotiza al alza hoy. Así que espabila.
La grieta en el camino.
A la vanguardia, Lucas se detuvo en seco al coronar una pequeña loma de piedra caliza. Lourdes, que vigilaba el flanco izquierdo con la llave inglesa pesada al hombro, se colocó a su lado de inmediato.
Ante ellos se abría un obstáculo imprevisto: un desprendimiento de tierras reciente —provocado probablemente por las vibraciones y el caos de las primeras horas del colapso en la vía del tren subterráneo que cruzaba la montaña— había sepultado por completo el sendero técnico bajo toneladas de roca y lodo congelado. El único paso viable era descender hacia una vaguada profunda, un pequeño valle encajonado entre dos paredes de piedra donde la vegetación era sospechosamente densa.
—No me gusta —comentó Lourdes, entornando los ojos—. Ese fondo de saco es el lugar perfecto para una emboscada. Si alguien sube desde los pueblos del valle buscando la sierra, usará esa vaguada como refugio.
—No tenemos opción, Lourdes —intervino Clara, mostrando las curvas de nivel del mapa cartográfico—. Rodear este desprendimiento por las cumbres nos tomaría el resto del día, y las nubes del norte amenazan con tormenta. Si nos pilla la noche a cielo abierto en la cresta, el frío nos matará antes que cualquier saqueador.
Lucas evaluó la situación, con la mandíbula apretada. Estudió los riscos superiores y el fondo sombrío del desfiladero inferior.
—Cruzaremos rápido, en formación de combate —dictaminó Lucas, ajustándose la mochila táctica—. Matías, Clara, id en el centro. Paula, vigila los pasos de Sebastián. Lourdes y yo cubriremos los extremos. Si escuchan un silbido, cuerpo a tierra de inmediato.
El descenso al desfiladero.
El grupo comenzó a bajar por la pendiente inestable de la cárcava. La grava suelta crujía bajo sus botas con un eco traicionero que resonaba en las paredes de roca. A medida que descendían, la temperatura caía varios grados, atrapada en el fondo del cañón donde el sol nunca llegaba.
El suspense se palpaba en el ambiente. Cada matorral seco, cada saliente de piedra parecía esconder una amenaza latente. El Apagón Cero los había despojado de la seguridad tecnológica, agudizando sus sentidos primitivos de una manera casi dolorosa.
A mitad de la vaguada, Matías se detuvo, arrodillándose para examinar el suelo de tierra húmeda. Entre las hojas en descomposición, se marcaba con total nitidez una huella profunda. No era de un animal, ni la bota desgastada de un refugiado común.
Era el dibujo limpio, geométrico e impecable de un calzado militar de caña alta, y el barro que la cubría aún estaba blando. Alguien del protocolo de contingencia que el radiooperador mencionó como "fracasado" había pasado por allí hacía menos de una hora. La marca de las botas.
Matías alzó la mano, deteniendo la fila de inmediato. Con un dedo tembloroso, señaló la huella impresa en el fango. Lucas se deslizó a su lado en un segundo, arrodillándose para rozar el relieve del suelo con los dedos texturizados de su guante. Su expresión se endureció al instante.
—Suela de nitrilo, patrón de agarre táctico de alta torsión —murmuró Lucas, con la voz apenas audible—. Esto no es de un civil desorganizado, ni de los hombres del puente. Esto es dotación oficial de las unidades de contención urbana.
—Dijeron por la radio que el protocolo militar había fracasado —susurró Clara, con el pulso acelerado, pegándose a la pared de roca caliza—. Si el mando central ha caído, ¿quién lleva estas botas?
—Desertores —respondió Lourdes desde la retaguardia, sin apartar los ojos de los riscos superiores—. O unidades deshechas que ahora operan por su cuenta. Y si tienen equipo militar, tienen potencia de fuego.
El suspense psicológico cobró una dimensión mucho más oscura. Ya no se enfrentaban solo al hambre o a la desesperación de los desamparados, sino a profesionales de la fuerza que, despojados de sus órdenes, se volvían los depredadores más peligrosos del Apagón Cero.
Humo en la vaguada.
Lucas hizo una señal para reanudar la marcha, pero esta vez el avance fue agachado, casi a ras de suelo, utilizando los matorrales de enebro como parapeto físico. Cincuenta metros más adelante, donde el desfiladero se estrechaba y formaba una curva natural, un hilo de humo blanquecino y denso ascendía perezosamente hacia el cielo plomizo.
El olor llegó poco después: carne chamuscada y gasoil quemado.
Lourdes y Lucas se adelantaron hasta el vértice de la roca. Al asomarse, el panorama que se abría en el fondo de la vaguada les heló la sangre. Un todoterreno militar de transporte ligero yacía volcado sobre su costado, con el chasis calcinado y las puertas arrancadas de cuajo. Alrededor del vehículo, el suelo estaba sembrado de cajas de suministros de lona militar, rasgadas y vacías.
Pero lo que detuvo el corazón del grupo fueron los tres cuerpos tendidos boca abajo sobre la grava. Llevaban el uniforme de camuflaje urbano descolorido. Les habían retirado las botas, los chalecos y, por supuesto, las armas.
El precio de la debilidad.
Sebastián ahogó un grito de horror, cubriéndose la boca con ambas manos. Paula lo arrastró hacia atrás contra el suelo, obligándolo a tumbarse entre las raíces de un pino para evitar que su figura destacara en la ladera.
—Los han emboscado —analizó Lucas, inspeccionando los impactos en la chapa del vehículo con la mirada fría del que ha visto demasiados campos de batalla—. Fuego cruzado desde las posiciones elevadas del desfiladero. No fue la masa de refugiados; esto fue una operación limpia, planificada. Les quitaron todo el equipo de transmisiones y la munición.
Matías observó la escena desde la distancia, dándose cuenta de la terrible paradoja: los ingenieros habían huído de la ciudad buscando la salvación en la infraestructura técnica de la sierra, pero la sierra se estaba convirtiendo en el tablero de caza de fuerzas que ya no respondían ante nadie.
—Si los emboscadores consiguieron los fusiles y los chalecos de estos soldados... —empezó Clara, con la voz quebrada por el suspense psicológico de saberse observados.
—Significa que quienquiera que controle este paso de montaña ahora mismo está mejor armado que nosotros —completó Lucas, poniéndose en pie con lentitud y recogiendo una pequeña cantimplora militar de aluminio que los atacantes habían pasado por alto—. La subestación norte está al final de esta línea de cumbres. No podemos dar la vuelta, pero tampoco podemos entrar como si fuéramos los dueños del camino. El nudo en la garganta.
El grupo rodeó el todoterreno calcinado manteniendo una distancia prudencial, con los ojos clavados en las alturas del desfiladero. Nadie se atrevía a mirar directamente los cuerpos despojados de los soldados; el suspense psicológico de saber que los asesinos andaban cerca, armados con fusiles automáticos reglamentarios, se traducía en pisadas casi flotantes sobre la grava.
Sebastián avanzaba con la cabeza gacha, repitiendo mentalmente las palabras de Lucas. Fantasmas. Somos fantasmas. La cruda realidad del Apagón Cero ya no le permitía el lujo de la autocompasión; ahora se trataba de una sincronización perfecta entre su cuerpo agotado y el ritmo implacable de la fila.
De repente, un chasquido metálico y seco —el eco inconfundible de un cerrojo al encajar un cartucho en la recámara— resonó desde lo alto de la vertiente derecha, rompiendo la quietud de la tarde.
—¡Al suelo! —rugió Lucas, lanzándose sobre Clara y Matías para arrastrarlos hacia la zanja que flanqueaba el lecho seco del desfiladero.
Bajo fuego cruzado.
Un fogonazo rompió la bruma gris desde las rocas superiores, seguido por el estruendo ensordecedor de una ráfaga corta de fusil. Las balas impactaron contra el suelo de grava a escasos centímetros de las botas de Paula, levantando nubes de polvo y esquirlas de piedra caliza.
—¡Están en la cresta este! —gritó Lourdes, parapetada detrás de una de las ruedas del camión militar volcado, usando la llave inglesa para golpear la chapa y forzar una distracción visual mientras fijaba la posición del tirador.
Paula, arrastrándose por el lodo congelado de la zanja, tiró del abrigo de Sebastián para meterlo en el hueco protector de la roca.
—¡No levantes la cabeza! —le siseó Paula, con los ojos inyectados en adrenalina. Sebastián asentía frenéticamente, con los dientes apretados y el cuerpo pegado a la tierra húmeda, experimentando el terror puro de la indefensión técnica.
Lucas sacó el mapa analógico de su chaqueta, protegiéndolo de los impactos con su propio cuerpo, y miró a Matías.
—A cien metros adelante hay un túnel de ventilación y drenaje que cruza por debajo de la cresta este —gritó Lucas por encima del eco de los disparos—. Es la antigua canalización de desagüe de las obras del tren. Si llegamos ahí, la roca nos cubrirá de los tiradores de las alturas.
La carrera por la vida.
—¡Lourdes, cubre el flanco! ¡Nos movemos ya! —ordenó Lucas.
Lourdes se asomó lo justo para lanzar una pesada lata de raciones militares hacia las rocas opuestas, distrayendo el foco del tirador durante las milésimas de segundo necesarias.
—¡Corran! —aulló Matías, impulsando a Clara hacia el frente.
Los seis supervivientes rompieron a correr en zigzag por el fondo de la vaguada. Las balas silbaban a su alrededor, perforando los matorrales de enebro y quebrando las ramas de los pinos bajos. Cada paso sobre el terreno irregular era una lotería; un tropezón en ese pasillo de la muerte significaba el final del viaje.
Clara divisó la boca del túnel: una arcada de hormigón negro y oxidado, medio oculta por las zarzas. Matías la empujó hacia el interior de la negrura protectora justo cuando una nueva ráfaga impactaba en el marco de la entrada, desprendiendo una lluvia de cascote. Uno a uno, los miembros del grupo se sumergieron en las entrañas de la montaña, dejando atrás el eco de los disparos y el cielo gris de la superficie en este tercer día de lucha por la supervivencia. La boca del lobo.
La oscuridad del túnel de drenaje los engulló de golpe. El aire en el interior era gélido, viciado y cargado con el olor metálico del agua estancada y el hormigón húmedo. Fuera, los impactos de bala siguieron repicando un par de segundos contra la arcada de la entrada, desprendiendo trozos de piedra que caían con eco al suelo, hasta que finalmente cesaron. Los tiradores de la cresta habían perdido su ángulo de visión.
Los seis supervivientes permanecieron inmóviles, pegados a las paredes curvas del túnel, escuchando únicamente el latido desbocado de sus propios corazones y sus respiraciones jadeantes.
—¿Están todos bien? —preguntó Lucas en un susurro áspero, rompiendo el tenso silencio.
—Aquí... sanos —respondió Matías, ayudando a Clara a recuperar el equilibrio. Ella asentía, abrazándose a sí misma para contener el temblor de la adrenalina.
—Paula... Sebastián... reportense —demandó Lourdes, que se mantenía a un metro de la entrada, vigilando la abertura hacia el desfiladero exterior.
—Estamos enteros —contestó Paula. A su lado, Sebastián se había deslizado por la pared hasta sentarse en el suelo húmedo. Tenía el pantalón rasgado en la rodilla y las manos cubiertas de barro negro, pero sus ojos, fijos en la penumbra, reflejaban algo nuevo: el pánico paralizante del principio estaba mutando en una fría y desesperada lucidez.
El laberinto subterráneo.
Clara accionó la linterna de dinamo, cubriendo casi todo el foco con la palma de la mano para proyectar apenas un resplandor rojizo hacia el suelo. El túnel no era muy alto; el techo de hormigón crudo mostraba las cicatrices de las antiguas obras del tren y gruesas tuberías de acero oxidado corrían a lo largo de las paredes.
—Este conducto avanza en línea recta por debajo de la cresta este —explicó Clara, examinando la inclinación del suelo donde corría un hilo de agua subterránea—. Diseñaron estas canalizaciones para evacuar los acuíferos de la montaña y evitar filtraciones en las vías principales. Si seguimos el flujo del agua en sentido contrario, ascenderemos directos al otro lado de la cumbre, esquivando a los tiradores.
—¿Y a dónde sale exactamente? —preguntó Sebastián, con la voz extrañamente calmada.
Lucas se acercó al haz de luz, consultando el mapa cartográfico.
—Sale a un kilómetro de la subestación norte —sentenció el exmilitar—. Nos ahorra el paso por la cresta abierta, pero nos deja a ciegas. Si los emboscadores del todoterreno conocen la zona, sabrán que este túnel es la única salida practicable a pie. Podrían estar esperándonos en la boca de arriba.
Caminando entre fantasmas.
El grupo reanudó la marcha, adentrándose más en las entrañas de la roca. Cada paso resonaba con un chapoteo sordo en el lodo del fondo. La oscuridad absoluta y el suspense psicológico de avanzar por un túnel desconocido, sabiendo que arriba acechaban hombres armados, tensaba los músculos de los seis caminantes.
Matías avanzaba tocando las tuberías de acero, sintiendo las vibraciones de la montaña. Para un técnico acostumbrado a los entornos controlados de los servidores, el peso de millones de toneladas de roca sobre su cabeza era un recordatorio constante de lo indefensos que estaban en este nuevo orden.
De pronto, un sonido metálico e irregular comenzó a filtrarse desde el fondo del túnel, amortiguado por la distancia. No era el goteo del agua, ni el viento del exterior. Era un golpeteo rítmico, como el de una herramienta golpeando una sección hueca de metal.
Lucas levantó la mano y la luz roja de Clara se apagó al instante. En la más completa y absoluta negrura, el grupo se congeló. El enemigo ya no estaba solo arriba; el Apagón Cero los había arrastrado a un encuentro subterráneo en la mitad de la noche eterna de la montaña. La boca del lobo.
La oscuridad del túnel de drenaje los engulló de golpe. El aire en el interior era gélido, viciado y cargado con el olor metálico del agua estancada y el hormigón húmedo. Fuera, los impactos de bala siguieron repicando un par de segundos contra la arcada de la entrada, desprendiendo trozos de piedra que caían con eco al suelo, hasta que finalmente cesaron. Los tiradores de la cresta habían perdido su ángulo de visión.
Los seis supervivientes permanecieron inmóviles, pegados a las paredes curvas del túnel, escuchando únicamente el latido desbocado de sus propios corazones y sus respiraciones jadeantes.
—¿Están todos bien? —preguntó Lucas en un susurro áspero, rompiendo el tenso silencio.
—Aquí... sanos —respondió Matías, ayudando a Clara a recuperar el equilibrio. Ella asentía, abrazándose a sí misma para contener el temblor de la adrenalina.
—Paula... Sebastián... reportense —demandó Lourdes, que se mantenía a un metro de la entrada, vigilando la abertura hacia el desfiladero exterior.
—Estamos enteros —contestó Paula. A su lado, Sebastián se había deslizado por la pared hasta sentarse en el suelo húmedo. Tenía el pantalón rasgado en la rodilla y las manos cubiertas de barro negro, pero sus ojos, fijos en la penumbra, reflejaban algo nuevo: el pánico paralizante del principio estaba mutando en una fría y desesperada lucidez.
El laberinto subterráneo.
Clara accionó la linterna de dinamo, cubriendo casi todo el foco con la palma de la mano para proyectar apenas un resplandor rojizo hacia el suelo. El túnel no era muy alto; el techo de hormigón crudo mostraba las cicatrices de las antiguas obras del tren y gruesas tuberías de acero oxidado corrían a lo largo de las paredes.
—Este conducto avanza en línea recta por debajo de la cresta este —explicó Clara, examinando la inclinación del suelo donde corría un hilo de agua subterránea—. Diseñaron estas canalizaciones para evacuar los acuíferos de la montaña y evitar filtraciones en las vías principales. Si seguimos el flujo del agua en sentido contrario, ascenderemos directos al otro lado de la cumbre, esquivando a los tiradores.
—¿Y a dónde sale exactamente? —preguntó Sebastián, con la voz extrañamente calmada.
Lucas se acercó al haz de luz, consultando el mapa cartográfico.
—Sale a un kilómetro de la subestación norte —sentenció el exmilitar—. Nos ahorra el paso por la cresta abierta, pero nos deja a ciegas. Si los emboscadores del todoterreno conocen la zona, sabrán que este túnel es la única salida practicable a pie. Podrían estar esperándonos en la boca de arriba.
Caminando entre fantasmas.
El grupo reanudó la marcha, adentrándose más en las entrañas de la roca. Cada paso resonaba con un chapoteo sordo en el lodo del fondo. La oscuridad absoluta y el suspense psicológico de avanzar por un túnel desconocido, sabiendo que arriba acechaban hombres armados, tensaba los músculos de los seis caminantes.
Matías avanzaba tocando las tuberías de acero, sintiendo las vibraciones de la montaña. Para un técnico acostumbrado a los entornos controlados de los servidores, el peso de millones de toneladas de roca sobre su cabeza era un recordatorio constante de lo indefensos que estaban en este nuevo orden.
De pronto, un sonido metálico e irregular comenzó a filtrarse desde el fondo del túnel, amortiguado por la distancia. No era el goteo del agua, ni el viento del exterior. Era un golpeteo rítmico, como el de una herramienta golpeando una sección hueca de metal.
Lucas levantó la mano y la luz roja de Clara se apagó al instante. En la más completa y absoluta negrura, el grupo se congeló. El enemigo ya no estaba solo arriba; el Apagón Cero los había arrastrado a un encuentro subterráneo en la mitad de la noche eterna de la montaña. La sintonía del metal.
El tintineo rítmico cesó de golpe, dejando paso a un silencio tan absoluto que el grupo podía escuchar el goteo constante de la filtración sobre el lodo. Nadie respiraba. En la negrura total del túnel, privados del sentido de la vista, el suspense psicológico se multiplicó: el enemigo podía estar a cincuenta metros o a la vuelta de la siguiente esquina de hormigón.
Lucas avanzó un paso a tientas, rozando los dedos contra la pared húmeda. Lourdes lo siguió de cerca, aferrando la llave inglesa con las dos manos.
—¿Matías? —susurró Lucas, con un hilo de voz apenas perceptible.
—No es una tubería suelta —respondió el técnico al oído del líder—. El sonido tenía un patrón. Alguien estaba limpiando una pieza o ajustando un perno. Una posición de guardia.
El destello en la oscuridad.
Antes de que Lucas pudiera ordenar el retroceso, un haz de luz blanca y cegadora brotó desde el fondo de la galería, barriendo las paredes de hormigón y deteniéndose de lleno en los rostros del grupo.
—¡Alto ahí! ¡Ni un paso más! —ordenó una voz ronca, fatigada pero con una autoridad marcial inconfundible. No venía desde lo alto de una cresta, sino al nivel de sus ojos.
Lucas cubrió a Clara con su cuerpo, pero no hizo ademán de atacar. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra, captaron la silueta detrás del foco: era un solo hombre, vestido con el mismo uniforme de camuflaje urbano que los soldados muertos de la vaguada. Sin embargo, su chaqueta estaba rasgada, lucía un vendaje improvisado y ensangrentado en el hombro izquierdo, y el fusil reglamentario que sostenía temblaba levemente por el esfuerzo.
—Somos civiles —declaró Lucas con voz firme y clara, manteniendo las manos visibles—. Venimos del polígono del sur. Nos han atacado en la vaguada los mismos que emboscaron vuestro todoterreno. Solo buscamos paso hacia el norte.
El soldado herido no bajó el arma, pero el cañón dejó de apuntar directamente al pecho de Lucas, descendiendo unos centímetros.
—¿Los de la cresta...? —preguntó el uniformado, con una tos seca que delataba su debilidad—. ¿Siguen arriba?
—Sí —intervino Lourdes, dando un paso al frente para que el soldado viera que no portaban armas de fuego—. Nos han recibido a tiros. Hemos tenido que refugiarnos en el desagüe. Si nos quedamos aquí dentro, nos acorralarán a todos.
El último reducto del orden.
El soldado guardó silencio unos segundos. El suspense psicológico mutó lentamente en una tensa tregua de necesidad mutua. Finalmente, bajó el fusil y apoyó la espalda contra la tubería de acero, exhalando un suspiro de puro agotamiento.
—Soy el cabo técnico Silva, de la unidad de transmisiones de la periferia —dijo, bajando la intensidad de su linterna hacia el suelo—. Mi patrulla tenía la orden de asegurar el perímetro de la subestación norte antes de que el mando central se desintegrara. Nos vendieron... uno de los nuestros dio nuestra ruta a las bandas del extrarradio a cambio de paso libre para su familia.
Sebastián dio un paso adelante, sintiendo una extraña conexión con el hombre herido: ambos eran náufragos de un sistema estructurado que ya no existía.
—La subestación... ¿sigue intacta? —preguntó Clara, con los ojos fijos en el cabo.
—Físicamente sí —respondió Silva, mirándola con una mueca amarga—. Pero está bloqueada por el protocolo de seguridad analógico. Sin el equipo de transmisiones que nos robaron en el camión, es solo un búnker de hormigón cerrado a cal y canto.
Lucas miró a Matías y a Clara, y luego al cabo Silva. El tablero de juego del Apagón Cero volvía a cambiar: ya no solo necesitaban llegar a la cumbre; ahora tenían que recuperar el equipo militar si querían activar el último refugio de la sierra.