El aire en el interior de la galería de drenaje parecía haberse vuelto aún más pesado tras las palabras del cabo Silva. La subestación norte, el destino que los había impulsado a marchar entre las ruinas y el fango, estaba allí mismo, a un kilómetro sobre sus cabezas, pero inaccesible. Un gigante de hormigón sellado por protocolos de una era que acababa de morir.
La alianza de la necesidad.
Silva lideró el avance por el último tramo del túnel, arrastrando la pierna izquierda y sosteniendo el fusil con el brazo sano. La linterna táctica, ya con las baterías al límite, proyectaba un haz mortecino sobre las paredes de hormigón que empezaban a mostrar filtraciones de raíces. El bosque exterior estaba reclamando su territorio subterráneo.
—El sistema de cierre de la subestación es neumático y analógico —explicó Silva en voz baja, deteniéndose para recuperar el aliento—. Diseñado durante la Guerra Fría para resistir sabotajes. Se necesita una secuencia de frecuencias de radio codificadas que se generan desde el terminal portátil del camión. Sin eso, la puerta principal no cederá ni con explosivos.
Lucas se colocó a su lado, evaluando el vendaje empapado en sangre del soldado.
—Las bandas que os emboscaron no saben lo que tienen entre manos —analizó Lucas—. Para ellos, el camión es solo chatarra y las cajas son comida y munición. El terminal de radio estará tirado en el suelo de la vaguada o en su campamento provisional.
—Están acampados en la antigua cantera, a medio kilómetro de la boca de salida de este túnel —añadió Silva, mirando a Lucas a los ojos—. Son unos doce hombres. Tienen los fusiles de mis compañeros y el control de las alturas. Ir allí es un suicidio.
—Quedarse aquí es morir de hambre o congelados —intervino Paula, dando un paso al frente mientras reajustaba los calcetines de lana que ya se deshilachaban dentro de sus botas prestadas—. Hemos sobrevivido a la autopista, al canal y a los tiradores. No voy a dar la vuelta ahora porque unos salvajes tengan las llaves de nuestra casa.
El regreso a la superficie.
La pendiente del túnel se acentuó bruscamente, transformándose en una escalera de servicio con peldaños de hierro corroídos por el óxido. Uno a uno, los supervivientes ascendieron, sintiendo cómo el aire puro y el frío cortante del exterior sustituían el olor a encierro del subsuelo.
Al salir, la luz del atardecer los recibió con un tono violáceo e invernal. La boca del túnel desembocaba en una depresión del terreno oculta por densos matorrales de jara y rocas desmoronadas. A lo lejos, recortada contra el cielo crepuscular de la sierra, se erigía la silueta imponente de la subestación norte: un bloque monolítico de hormigón armado, sin ventanas, rodeado por una doble valla de espino. Parecía una tumba medieval en un mundo de alta tecnología.
Matías y Clara se acercaron al borde del claro, contemplando la estructura.
—Si logramos entrar —susurró Clara, mirando las enormes bobinas de inducción y los transformadores apagados que flanqueaban el búnker—, las turbinas hidráulicas de la presa interna podrían darnos energía independiente de la red nacional. Podríamos encender los invernaderos hidropónicos subterráneos. Es un ecosistema cerrado.
—Primero hay que conseguir el transmisor —recordó Matías, señalando hacia el este, donde un resplandor anaranjado comenzaba a parpadear entre los árboles—. Ese es el fuego de la cantera. Ya están celebrando el botín.
El plan de inserción.
Lucas reunió al grupo en el círculo de sombras de una gran roca caliza. El suspense psicológico de la proximidad del enemigo tensaba el ambiente; la distancia entre la salvación y la muerte se reducía a unos pocos cientos de metros de bosque.
—Silva no puede combatir en su estado —dictaminó Lucas, mirando al cabo—. Te quedarás aquí con Clara y Sebastián, custodiando la entrada del túnel. Si algo sale mal, volved abajo.
Sebastián asintió de inmediato, pero esta vez no había cobardía en su gesto, sino una aceptación sombría de sus limitaciones.
—Matías, Paula, Lourdes y yo iremos a la cantera —continuó Lucas, sacando la navaja multiusos que Sebastián había dejado en el capítulo 2 y entregándosela a Matías—. No buscamos un enfrentamiento abierto. El desorden de su celebración es nuestra ventaja. Localizamos el terminal, lo recuperamos y salimos por el flanco ciego de la excavación.
Lourdes sopesó la llave inglesa, con los nudillos blancos por la presión.
—Si se dan cuenta de que estamos allí, no habrá túnel que nos salve —advirtió.
—No se darán cuenta —concluyó Lucas, ajustándose la chaqueta—. Nos movemos al unísono con el viento. El Apagón Cero nos hizo iguales a todos, pero esta noche nosotros jugamos con ventaja: sabemos exactamente qué es lo que estamos buscando. Sombras en la cantera.
El avance hacia la cantera abandonada se realizó en un silencio absoluto, aprovechando que el viento del norte azotaba las copas de los pinos y ahogaba el crujido de sus pisadas. Lucas lideraba la línea, seguido muy de cerca por Paula, cuyas pupilas dilatadas absorbían la escasa luz del crepúsculo. Detrás, Matías aseguraba la retaguardia junto a Lourdes, manteniendo la navaja multiusos abierta en el bolsillo de su chaqueta.
Al alcanzar el borde superior de la excavación, el grupo se tendió cuerpo a tierra sobre la roca fría. Abajo, en el fondo de la enorme fosa de piedra caliza, el campamento de los saqueadores bullía de actividad desordenada.
Habían encendido una enorme pira con los neumáticos del todoterreno militar. Tres de los hombres, vistiendo los chalecos tácticos ensangrentados que les habían quitado a los soldados muertos, reían ruidosamente mientras vaciaban las latas de raciones con la punta de sus cuchillos. El suspense psicológico de ver cómo el tejido moral de la sociedad se había disuelto en menos de veinticuatro horas golpeó con fuerza a Matías; aquellos hombres eran el vivo reflejo del nuevo mundo.
—Ahí está —susurró Lourdes, señalando con la llave inglesa hacia una mesa de camping plegable situada cerca de la hoguera.
Sobre la mesa, junto a varias botellas de alcohol saqueadas, descansaba una pesada maleta de polímero estanco de color verde oliva: el terminal portátil de transmisiones del cabo Silva.
La distracción calculada.
Lucas analizó la disposición del lugar. Dos centinelas mal armados patrullaban la rampa de acceso a la cantera, pero su atención estaba completamente dividida por los gritos y las risas de sus compañeros junto al fuego. El flanco norte de la excavación, una pared rocosa semi-derruida por antiguas voladuras, estaba completamente desatendido. Era un punto ciego perfecto, pero el descenso era casi vertical.
—Paula, quédate aquí con Lourdes —ordenó Lucas en un susurro—. Si la situación se descontrola, usad las piedras sueltas de la cornisa para provocar un desprendimiento hacia el lado opuesto de la hoguera. Atraerá su atención. Matías, vienes conmigo. Tu ojo técnico sabe cómo abrir ese maletín sin activar las alarmas de sabotaje.
Matías tragó saliva y asintió. La adrenalina le entumecía los dedos, pero recordar el búnker digital destrucido y la promesa de la subestación lo mantuvo firme.
Descolgándose por la pared de piedra caliza, Lucas y Matías aprovecharon las sombras proyectadas por las grandes maquinarias de excavación oxidadas que yacían abandonadas en el fondo de la cantera. Paso a paso, pegados al metal frío de una vieja trituradora de piedra, se aproximaron a escasos diez metros de la mesa de camping.
Un error milimétrico.
El calor de la hoguera les llegaba a la cara, mezclado con el olor a combustible y carne quemada. Uno de los saqueadores, el que parecía liderar el grupo debido al fusil de asalto que llevaba colgado al hombro, se levantó de la fogata y se dirigió hacia la mesa, tambaleándose ligeramente por el alcohol.
Lucas y Matías se congelaron detrás de un bidón de aceite vacío. El suspense se volvió asfixiante: si el hombre decidía cerrar la maleta o llevársela, el plan se vendría abajo.
El líder de la banda llegó a la mesa, pero en lugar de tocar el equipo militar, cogió una de las botellas. Al dar la vuelta bruscamente, su bota tropezó con un cable de acero que colgaba de la trituradora. El cable se tensó y arrastró una pesada tuerca de hierro, que cayó al suelo de piedra con un tintineo limpio y resonante.
Clang. Clang.
El sonido cortó las risas junto a la hoguera de inmediato. El hombre del fusil se detuvo en seco, girando la cabeza directamente hacia el bidón donde Lucas y Matías permanecían ocultos, conteniendo la respiración en la oscuridad del Apagón Cero, Amor mío.