Apagón Cero...

Capítulo 6: El Eco en la Estática.

​El pitido de la baliza electrónica se apagó, dejando tras de sí un vacío inmediato en el distribuidor. El suspense psicológico se materializó en el silencio que siguió a la transmisión; todos los ojos permanecían fijos en la pantalla de cristal líquido del terminal militar, esperando que la aguja del transceptor analógico registrara alguna oscilación en la banda de contingencia.
​La espera del náufrago.
​Pasaron los minutos, medidos únicamente por el tic-tac rítmico del viejo reloj de péndulo de la pared y el ronroneo imperturbable de la microturbina en el nivel inferior. La estática del altavoz era un siseo plano, una línea blanca de ruido que parecía confirmar el peor de los temores del grupo: el vacío absoluto del mapa nacional.
​—Nada —susurró Paula, abrazándose las rodillas mientras el calor disipador de las resistencias del búnker empezaba a entibiar el ambiente—. Quizá el pulso de la primera noche fue demasiado destructivo en los núcleos urbanos.
​—O tal vez nadie tiene la tecnología analógica necesaria para responder —añadió Sebastián, contemplando la luz incandescente—. Pasamos décadas digitalizando cada relé del país. Nos deshicimos de los cables de cobre y las válvulas de vacío porque eran ineficientes. Ahora somos como náufragos intentando comunicarnos con señales de humo en un océano de fibra óptica muerta.
​Matías no apartaba los dedos de la rueda de sintonía fina. Ajustó el condensador de aire un cuarto de milímetro hacia la izquierda, filtrando el ruido de fondo que generaban las propias bobinas de inducción de la subestación.
​—Las ondas de radio de baja frecuencia viajan rebotando en la ionosfera durante la noche —explicó el ingeniero, manteniendo el oído pegado al auricular—. Si hay alguien ahí fuera usando un equipo de contingencia del ejército o de la antigua red de protección civil, la señal tardará en estabilizarse.
​Una anomalía en el espectro.
​De repente, el siseo monótono del altavoz sufrió una alteración. Un crujido rítmico, sordo e intermitente interrumpió la estática purificadora.
​...clic... clic... sssss... clic...
​El cabo Silva se incorporó de inmediato en la consola, ignorando el dolor punzante de su hombro vendajado.
​—Eso no es ruido atmosférico —sentenció el militar, entornando los ojos—. Es un patrón de portadora. Alguien está intentando abrir el silenciador de nuestro receptor desde una estación repetidora.
​La aguja analógica de intensidad de señal dio un pequeño salto, clavándose en el primer tercio de la escala. El siseo disminuyó de golpe y una voz distorsionada por la distancia y el desvanecimiento de la onda corta comenzó a filtrarse a través del modulador del terminal:
​—...Aquí... Base de Apoyo... Sector Siete... ¿Me reciben?... Repito... Estación emisora en la sierra norte... Identifíquense...
​Clara contuvo el aliento, aferrando con fuerza el brazo de Matías. La civilización no había desaparecido por completo; el Apagón Cero tenía fisuras por donde el orden intentaba reorganizarse.
​El dilema de la posición.
​Lucas dio un paso al frente y tomó el micrófono analógico, pero no pulsó el conmutador de inmediato. El suspense psicológico mutó instantáneamente en desconfianza estratégica.
​—Silva —siseó Lucas, cubriendo la rejilla del micrófono con la mano—. ¿Qué es el Sector Siete? ¿Es una unidad legítima del mando de defensa o una frecuencia civil capturada?
​El cabo examinó los caracteres alfa-numéricos que parpadeaban en el terminal portátil.
​—El Sector Siete corresponde a los búnkeres de almacenamiento de la red de bunkering de combustible del valle del este —explicó Silva con gravedad—. Es una instalación estratégica automatizada. Si hay militares allí, tienen recursos para aguantar años. Pero si la base fue tomada por las mismas bandas que destruyeron mi patrulla... les acabamos de dar las coordenadas exactas de la única subestación hidráulica activa de la provincia.
​La voz en el altavoz volvió a rasgar la penumbra del distribuidor, apremiante y más nítida, Amor mío:
​—...Estación de la sierra norte... Detectamos su vector de carga en la red de alta tensión flotante... Si son personal autorizado, respondan inmediatamente... De lo contrario, procederemos al aislamiento remoto del nodo...
​Matías miró a Lucas. El tiempo de la indecisión técnica se había agotado; debían elegir entre el aislamiento absoluto o arriesgarse a abrir las puertas al resto del nuevo mundo. El peso de la respuesta.
​Lucas sostuvo el micrófono analógico a escasos centímetros de sus labios, sintiendo el peso de la decisión en el silencio de la sala. Todos lo miraban. Sabían que una sola palabra revelaría no solo su existencia, sino su ubicación exacta en la sierra.
​—Si nos aíslan el nodo a distancia —advirtió Matías en un susurro urgente, señalando los diagramas de flujo de la consola—, podrían enviar una señal de saturación analógica a través de las líneas flotantes que quemaría las protecciones de nuestra microturbina. Nos dejarían a oscuras otra vez.
​Lucas asintió lentamente, tomó aire y presionó el conmutador de baquelita del micrófono.
​—Aquí estación Sierra Norte —declaró con voz firme, marcial y desprovista de cualquier atisbo de duda—. Controlamos el nodo hidráulico de la subestación. Contamos con personal técnico civil y un superviviente de la unidad de transmisiones de la periferia, el cabo Silva. ¿Quién está al habla en el Sector Siete?
​La estática siseó con fuerza durante tres segundos que parecieron eternos. El suspense psicológico en el distribuidor se volvió asfixiante, hasta que el altavoz crujió de nuevo.
​—Aquí capitán Vargas, al mando del reducto de la Base de Apoyo Siete —respondió la voz, con un tono notablemente más aliviado—. Cabo Silva... si está vivo, confirme el código de autenticación de la tercera línea.
​Silva se inclinó hacia el micrófono, con la voz temblorosa pero clara:
​—Aquí Silva, mi capitán. Código de contingencia: Delta-Julio-04-A. La patrulla fue emboscada en la vaguada por insurgencia civil. Solo quedo yo. La subestación está asegurada gracias a los civiles que me acompañan.
​Una tregua desde el valle.
​Hubo una pausa en la línea, rota únicamente por el pitido de sincronización del terminal militar. Cuando el capitán Vargas volvió a hablar, su tono ya no era el de una amenaza, sino el de un estratega evaluando un nuevo tablero de juego.
​—Recibido, Silva. Autenticación conforme. Escuchen con atención, Sierra Norte: no estamos solos, pero la situación abajo es caótica. Las refinerías del este están cercadas, pero la Base Siete resiste. Mantenemos el control de las cisternas de combustible automatizadas, pero no tenemos la potencia eléctrica necesaria para bombear el carburante hacia los camiones de distribución.
​Clara dio un paso adelante, comprendiendo el rompecabezas técnico de inmediato.
​—Ellos tienen el combustible, nosotros la energía —murmuró, mirando a Matías.
​—Exacto —confirmó Vargas a través del altavoz, como si hubiera escuchado el pensamiento de la ingeniera—. Si logramos sincronizar nuestra línea de transporte de media tensión con vuestra microturbina, podremos activar los motores de bombeo analógicos de la base. A cambio, podemos hacerles llegar suministros pesados, medicamentos y defensa perimetral motorizada mediante las rutas secundarias de la montaña.
​La sombra en el horizonte.
​Lucas miró el mapa cartográfico de la mesa técnica. La alianza propuesta por el Sector Siete era la única forma de no quedar aislados para siempre, pero el camino entre el búnker y la base del valle no estaba vacío.
​—Capitán Vargas —intervino Lucas—, las bandas del extrarradio tienen tomada la cantera y la pista forestal intermedia. Tienen fusiles militares de la patrulla de Silva. Si intentamos acoplar las líneas, verán la tensión en los cables o cortarán el tendido aéreo.
​La respuesta de Vargas llegó con una frialdad cortante que heló la sangre de Sebastián:
​—De las bandas de la superficie nos encargaremos nosotros, Sierra Norte. Pero tienen un problema más inmediato. Nuestros sensores de red detectan un drenaje anómalo en el ramal subterráneo que va desde vuestra posición hacia la subestación sur. Alguien está intentando desviar la presión de vuestro acuífero desde el subsuelo.
​Matías se abalanzó sobre los paneles analógicos de presión, horrorizado por lo que veía. La aguja del circuito secundario, la que alimentaba la estabilidad de la turbina, acababa de iniciar un lento pero constante descenso en este tenso ecuador del sexto capítulo del Apagón Cero, Amor mío. El enemigo no se había retirado; simplemente se había arrastrado de vuelta a la oscuridad de los túneles. El drenaje silencioso.
​—La presión en el colector de admisión está cayendo a un ritmo de dos bares por minuto —anunció Matías, con los ojos fijos en el manómetro analógico que comenzaba a temblar—. No es una fuga natural, Clara. Están abriendo las compuertas de alivio del ramal sur desde la estación de bombeo intermedia.
​El suspense psicológico regresó al búnker como una corriente de aire helado. La subestación sur, un complejo secundario automatizado que creían abandonado y desierto, estaba siendo utilizada como un sumidero para vaciar el acuífero de la montaña. Si el nivel del agua bajaba de la cota crítica, la microturbina del nivel menos tres sufriría el fenómeno de cavitación: las burbujas de vacío destrozarían los álabes de acero y el búnker se apagaría para siempre.
​—Vargas —cortó Lucas, pegando el micrófono a su boca—. ¿Tienen ojos en el ramal subterráneo del sur?
​—Negativo, Sierra Norte —la voz del capitán llegó ahogada por una repentina ráfaga de estática—. Esa sección corre por las viejas galerías de servicio de la empresa estatal. No tenemos acceso analógico ni personal en la zona. Si no detienen ese drenaje desde vuestro lado, el nodo colapsará antes del amanecer. Cortamos transmisión para limpiar la banda. Buena suerte.
​El canal de radio volvió a convertirse en un siseo inerte.
​La ratonera inundada.
​Lourdes dejó su puesto en la mirilla blindada y corrió hacia la mesa técnica, sopesando la llave inglesa.
​—Las bandas de la cantera... —dedujo con rabia—. Algunos huyeron por el bosque, pero otros debieron replegarse hacia los túneles de drenaje cuando provocamos el desprendimiento de rocas. Saben cómo funciona el sistema de alivio. Si no pueden tener el búnker, van a secar la turbina para obligarnos a salir.
​—Yo iré —declaró Lucas, ajustándose la chaqueta táctica y comprobando la linterna de servicio—. Conozco la distribución de esos túneles de mi época de maniobras en la sierra.
​—No puedes ir solo —intervino Paula, dando un paso al frente con una barra de hierro—. Y necesitas a alguien que entienda de válvulas hidráulicas si queremos cerrar ese bypass sin reventar las tuberías principales.
​Matías miró a Clara, quien asintió con gravedad, asumiendo la custodia de la consola de control de la microturbina.
​—Yo me quedo aquí con Silva y Sebastián para mantener la frecuencia de sincronización con el Sector Siete —dijo Clara, conectando un nuevo juego de cables de puente—. Matías, ve con Lucas. Llevaos el radiotransmisor portátil de onda corta. Si la aguja del alternador entra en la zona roja, os daré el aviso para que abortéis.
​Retorno a las tinieblas.
​El cabo Silva, apoyado en la consola, le entregó a Lucas una pequeña linterna de ángulo militar de color oliva.
​—Cuidado en el nivel menos cuatro —advirtió el soldado herido, con la voz pastosa—. Ese sector colinda con las antiguas esclusas de retención de los años setenta. Si abren el ramal sur por completo, la corriente de aire y agua os arrastrará hacia el pozo de cimentación profunda.
​Lucas, Matías y Paula cruzaron la escotilla de servicio, dejando atrás el vestíbulo iluminado y cálido de la subestación norte. Al descender los peldaños de hierro hacia las profundidades, la luz de las bombillas de filamento fue palideciendo hasta desaparecer, sustituida una vez más por el resplandor cónico y mortecino de sus linternas.
​El sonido del agua ya no era el zumbido armónico de la generación eléctrica. Abajo, en el sumidero de la montaña, el líquido elemento corría con un rugido salvaje, violento y caótico, fluyendo hacia el ramal sur del Apagón Cero, Amor mío. Los tres supervivientes se adentraron en la galería inundada, con el agua ya cubriéndoles los tobillos y la certeza de que, en mitad de aquella oscuridad líquida, no eran los únicos que caminaban por el subsuelo. El laberinto de las compuertas.
​El agua helada ya les llegaba a la mitad de la pantorrilla, arrastrando lodo, ramas rotas y residuos acumulados durante décadas en las entrañas de la sierra. El frío era un enemigo físico, un mordisco constante que entumecía los pies de Matías mientras intentaba mantener el radiotransmisor portátil a salvo de las salpicaduras.
​Lucas avanzaba en cabeza, barriendo la negrura con la linterna militar de ángulo. Las paredes de esta sección ya no eran de hormigón liso, sino de roca caliza viva, reforzada a intervalos por oxidados arcos de entibación que goteaban de forma incesante.
​—Por aquí —siseó Lucas, deteniéndose ante una bifurcación donde el flujo del agua se dividía. A la izquierda, el conducto descendía hacia el pozo de cimentación profunda; a la derecha, una galería más estrecha mostraba una señal metálica semiborrada: Galería de Enlace Sur - Esclusas 3 y 4.
​El rugido del agua era ensordecedor en este punto, un eco estruendoso que dificultaba la comunicación. De pronto, el radiotransmisor que Matías llevaba colgado exhaló un siseo cargado de interferencias:
​—...Matías... ¿me recibes?... —la voz de Clara sonaba distorsionada por las toneladas de roca que los separaban—. La presión ha caído a... seis bares... El alternador empieza a cabecear... Tenéis menos de quince minutos antes de que entremos en cavitación...
​Matías apretó el conmutador con los dedos temblorosos por el frío.
​—¡Recibido, Clara! Estamos en la galería de enlace. Vamos a interceptar la esclusa manual. Mantén el bucle analógico abierto.
​Presencias en el fango.
​Se internaron en la galería derecha. El espacio era tan angosto que debían avanzar de perfil en algunos tramos. El suspense psicológico de la oscuridad se acentuó cuando Lucas se detuvo en seco, apagando su linterna de un manotazo. Paula y Matías imitaron el gesto de inmediato, sumergiéndose en una negrura absoluta, densa y líquida.
​A unos treinta metros de distancia, en el fondo del túnel, unos destellos amarillentos parpadearon contra las paredes de roca. No eran reflejos del agua. Eran linternas comerciales de bajo coste.
​—Son tres —susurró Lucas al oído de Matías, con una calma espeluznante—. Están junto al puente de la válvula de alivio. Puedo oír el golpe de una maza contra los pasadores de seguridad. Están bloqueando la compuerta en posición abierta para que no podamos cerrarla a distancia.
​—Si dañan la cremallera del pistón analógico, no habrá forma de detener el drenaje —advirtió Matías en el mismo tono—. La presión destruirá la turbina de arriba y vaciará el acuífero en el valle.
​Paula aferró la barra de hierro con ambas manos, sintiendo el latido de su propio corazón retumbando en sus oídos. Aquellos hombres no buscaban sobrevivir; en su desesperación y analfabetismo técnico, solo querían destruir el único santuario que funcionaba en la región.
​La maniobra de distracción.
​Lucas analizó la geometría del túnel en la oscuridad. El agua corría con fuerza hacia la posición de los saqueadores, lo que significaba que cualquier objeto flotante sería arrastrado directamente hacia ellos.
​—Paula, dame la barra —ordenó Lucas en un susurro—. Matías, prepárate con la navaja multiusos. Cuando yo avance por el flanco izquierdo aprovechando el eco del agua, tú y Paula golpearéis las tuberías de ventilación altas con la barra para que piensen que venimos por el conducto superior. En cuanto se giren, yo cerraré la distancia. Tu único objetivo es llegar al volante de la esclusa y soltar el trinquete.
​Matías tragó saliva, sintiendo el peso del destino del grupo sobre sus hombros en este agónico tramo final del sexto capítulo del Apagón Cero, Amor mío. La luz de los saboteadores se movía frenéticamente al fondo de la galería, y el siseo del transmisor portátil les recordó que el titán de hormigón arriba se estaba quedando sin aliento. El eco metálico..
​Lucas se fundió con las sombras del flanco izquierdo, avanzando con el agua casi a la altura de las rodillas, moviéndose con una lentitud milimétrica para no generar ondas delatoras en el flujo de la corriente.
​Matías y Paula contaron tres segundos en la más absoluta oscuridad. Paula levantó la barra de hierro y golpeó con fuerza la tubería de ventilación de chapa galvanizada que corría suspendida del techo de la galería.
​¡CLANG-CLANG-CLANG!.
​El sonido se magnificó en el espacio confinado del túnel, multiplicándose en un eco metálico y caótico que parecía provenir de todas partes a la vez, especialmente de la zona alta.
​—¡Arriba! —gritó uno de los saboteadores junto a la compuerta, alzando su linterna hacia el techo de roca—. ¡Están en los conductos! ¡Dispara, joder!
​Una detonación ensordecedora rompió el murmullo del agua. El fogonazo de una escopeta de caza iluminó momentáneamente las paredes de la galería, y una lluvia de perdigones rebotó contra la chapa de ventilación a unos veinte metros de donde Matías y Paula permanecían agachados.
​El asalto en las sombras.
​La distracción funcionó. Mientras los tres hombres apuntaban con sus luces hacia el techo, Lucas emergió de la negrura como un espectro de piedra. En dos zancadas cortas, cerró la distancia con el tirador. Su hombro impactó contra el pecho del hombre, derribándolo sobre el agua helada antes de que pudiera recargar el arma.
​El segundo saqueador intentó blandir la maza de hierro, pero Lucas, aprovechando la inercia, atrapó su muñeca y desvió el golpe hacia la pared de roca, desarmándolo en el acto.
​—¡Matías, ahora! ¡Suelta el trinquete! —aulló Lucas en mitad del forcejeo en el fango.
​Matías y Paula corrieron hacia el puente de la válvula de alivio. La linterna que los saboteadores habían dejado sobre una caja de herramientas iluminaba el mecanismo: una inmensa rueda dentada de hierro que mantenía levantada la compuerta de la esclusa. Para evitar que la presión del agua la cerrara, los hombres habían encajado un grueso pasador de acero deformado a golpes de maza entre los dientes del engranaje.
​El radiotransmisor portátil de Matías volvió a emitir la voz desesperada de Clara por encima del caos:
​—¡Matías! ¡Cuatro bares! ¡La turbina está empezando a vibrar de forma destructiva! ¡Si no cerráis ya, tengo que desacoplar el alternador!
​El último cuarto de vuelta.
​La cremallera del pistón analógico estaba bajo una tensión brutal. El pasador de acero estaba tan incrustado que resultaba imposible extraerlo con las manos nulas por el frío.
​—¡Paula, sujeta la linterna! —gritó Matías, sacando la navaja multiusos con dedos torpes—. Necesito hacer palanca en el muelle del trinquete de seguridad para liberar la carga del diente.
​Matías introdujo la hoja de destornillador plano reforzado de la navaja en el mecanismo del muelle, usándola como un fulcro rudimentario. Al mismo tiempo, Paula apoyó todo su peso sobre la barra de hierro, haciendo palanca en la rueda dentada en sentido contrario para aliviar la presión sobre el pasador deformado.
​—¡Fuerza, Paula! ¡Un milímetro más! —urgió el ingeniero.
​Los músculos de Paula temblaron bajo el esfuerzo físico. Lucas, a pocos metros, logró reducir al último de los hombres, pero el suspense psicológico se concentraba en esa rueda de hierro que se negaba a ceder.
​Con un crujido seco, el pasador de acero saltó de entre los dientes del engranaje, volando hacia la oscuridad del túnel. Sin el obstáculo, el mecanismo de retención analógico recuperó su función. El peso de la compuerta y la gravedad hicieron el resto.
​¡ZAS! ¡RUUUUMMMM!
​La inmensa plancha de hierro de la esclusa cayó de golpe, encajándose en su base con un impacto que sacudió la galería subterránea. El flujo violento de agua hacia el ramal sur se interrumpió al instante, y el nivel del líquido a sus pies comenzó a estabilizarse, dejando tras de sí un murmullo espeso y estancado.
​Matías se dejó caer de rodillas en el agua, respirando a bocanadas, mientras el radiotransmisor emitía un sonido de estática que esta vez venía acompañado por los vítores lejanos de Sebastián y Clara desde la sala de control superior. La presión del acuífero volvía a subir hacia la zona segura. El gigante mecánico de la sierra norte respiraba aliviado una vez más en esta gélida madrugada del Apagón Cero. El retorno de la presión.
​Matías permaneció de rodillas sobre el lecho del túnel, sintiendo el agua estancada estabilizarse alrededor de sus muslos. El silencio que siguió al estrépito de la compuerta era casi irreal, roto únicamente por el siseo del radiotransmisor portátil y las respiraciones agitadas de Lucas y Paula.
​—¡Matías! ¡Presión recuperada! —la voz de Clara llegó nítida a través del altavoz, desprovista de las interferencias de antes—. La aguja del alternador ha vuelto a los ocho bares. Las vibraciones han cesado. Buen trabajo abajo.
​Lucas, con la linterna militar entre los dientes, terminó de asegurar a los dos saboteadores supervivientes utilizando los cables de tracción que ellos mismos habían llevado para inutilizar la esclusa. El tercer hombre permanecía semiinconsciente en el fango, desarmado y sin posibilidad de escape.
​—Se acabó el sabotaje —sentenció Lucas, escupiendo un hilo de agua sucia—. Estos tipos no volverán a tocar una válvula en toda su vida. Paula, ayúdame a recoger las armas. No podemos dejar ni un cartucho en este subsuelo.
​Paula asintió en silencio, recuperando la barra de hierro y la escopeta de caza del suelo calizo. Su rostro, iluminado por el haz amarillento de la linterna, reflejaba la dureza de quien acaba de cruzar una línea de no retorno. El suspense psicológico de la persecución había terminado, dejando paso a una fría determinación de supervivencia.
​El pacto de la media tensión.
​El grupo inició el ascenso de regreso al nivel superior, dejando a los hombres de la cantera confinados en la galería de enlace bajo la vigilancia analógica de las compuertas selladas. A medida que subían los tramos de escalera, el aire frío y húmedo fue sustituido una vez más por el calor seco que emitían las resistencias de carga de la subestación norte.
​Al entrar en el distribuidor principal, el cabo Silva los recibió con un gesto de aprobación desde su camilla improvisada. Clara y Sebastián seguían apostados ante la mesa técnica, donde el terminal militar mostraba ahora una línea de datos limpia y continua.
​—Vargas ha vuelto a conectar con nosotros —anunció Clara en cuanto Matías se acercó a la consola—. Han detectado la estabilización de la frecuencia desde la Base Siete. Estaban esperando nuestra señal de conformidad para iniciar el acoplamiento magnético del ramal del este.
​Matías se colocó los auriculares, apartando los cables de puente que aún colgaban del cuadro de relés.
​—Aquí Sierra Norte, capitán Vargas —habló Matías por el micrófono—. El drenaje del ramal sur ha sido interceptado y sellado manualmente. La microturbina está operando al cien por cien de su capacidad nominal. Estamos listos para inyectar carga en la línea de media tensión.
​La respuesta del capitán no se hizo esperar, emergió del altavoz con una claridad metálica que hizo vibrar los cristales analógicos del panel, Amor mío:
​—Entendido, Sierra Norte. Iniciando la apertura de los interruptores de vacío en el sector del valle. En tres minutos la potencia de su turbina llegará a nuestros motores de bombeo. Si el acoplamiento es limpio, mañana a primera hora tendrán la primera cisterna de combustible blindada subiendo por la ruta trasera de la sierra. Bienvenidos a la red.
​La primera luz del quinto día.
​Matías bajó el gran interruptor de cuchilla lateral con un movimiento rotundo de ambas manos. Los relés de la subestación norte crujieron, absorbiendo el impacto de la demanda de energía remota que venía desde el valle. Las bombillas del distribuidor sufrieron una sutil fluctuación, un parpadeo de medio segundo, antes de volver a brillar con una fuerza renovada y constante.
​Sebastián caminó hacia la mirilla blindada de la entrada principal. A través del cristal de plomo, las primeras luces del amanecer comenzaban a recortar la silueta de los pinos y las bobinas de inducción exteriores. La noche del cuarto día del Apagón Cero se disolvía lentamente, dejando tras de sí un paisaje helado pero ya no completamente desamparado.
​El búnker de la sierra norte había resistido las bandas, el sabotaje hidráulico y el vacío absoluto del colapso digital. Ya no eran una isla aislada en mitad de la catástrofe; eran el corazón palpitante de un nuevo sistema analógico que empezaba a extender sus venas de cobre hacia el valle inerte. El sexto capítulo se cerraba bajo el manto de una tregua armada, con el grupo unido alrededor de la consola técnica, contemplando cómo el mapa de la montaña volvía a ganar la partida a las tinieblas.



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En el texto hay: , catastofre, apagón mundial

Editado: 05.07.2026

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