Apagón Cero...

Capítulo 7: Las Venas de Cobre.

​El amanecer del quinto día se filtró por el distribuidor de la subestación norte, no como un resplandor dorado, sino como una claridad grisácea y fría que tiñó las planchas de hormigón. Tras la tensa victoria subterránea, el búnker operaba con la precisión mecánica de un reloj de cuerda. Las agujas de los manómetros permanecían fijas, y el zumbido de la turbina se había convertido en el propio latido del grupo.
​El rugido en el valle.
​A las siete de la mañana, la consola analógica emitió un zumbido sordo. La aguja de carga del ramal este sufrió un tirón violento hacia la derecha, estabilizándose en el límite de la zona verde.
​—El capitán Vargas ha activado las bombas de la refinería —anunció Clara, con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño pero fijos en el panel de control—. Están absorbiendo casi el cuarenta por ciento de nuestra generación nominal. La línea de media tensión está resistiendo el arrastre.
​Matías ajustó el reostato manual para estabilizar la frecuencia en los cincuenta hercios. El suspense ya no nacía de la incertidumbre técnica, sino de la logística militar: la energía de la montaña ya fluía hacia el valle; ahora faltaba ver si el valle cumplía su parte del trato.
​Lucas se apostó en la mirilla blindada de la puerta de acero, con los prismáticos tácticos colgados al cuello. A su lado, Lourdes limpiaba el mecanismo de cerrojo de la escopeta de caza incautada a los saboteadores.
​—Si Vargas no envía esa cisterna antes del mediodía, las bandas del extrarradio se reorganizarán —advirtió Lourdes, mirando la línea de árboles—. Ayer les cerramos el agua abajo, pero siguen teniendo el control de la pista forestal inferior. No son tontos; saben que si vemos moverse un camión, la energía tiene un precio.
​El centinela de acero.
​Pasaron dos horas de agónica espera mecánica. El aire dentro del búnker se mantenía cálido gracias a las resistencias, pero la tensión psicológica volvía a condensarse en el ambiente. Sebastián repasaba una y otra vez las anotaciones del diario de mantenimiento de la estación, buscando redundancias en los filtros de agua por si el acuífero sufría un nuevo intento de contaminación.
​De pronto, una vibración distinta a la de la turbina hizo temblar el hormigón. No venía del subsuelo. Era un pulso rítmico, pesado y diésel que ascendía por la ladera norte de la montaña.
​—Ya están aquí —anunció Lucas, apartándose de la mirilla—. Pero no vienen solos.
​Matías y Paula se acercaron al visor de cristal de plomo. Rompiendo la niebla del amanecer, un inmenso camión cisterna de tres ejes, blindado con planchas de hierro soldadas de forma rudimentaria sobre los pasos de rueda, avanzaba por la pista forestal trasera. El vehículo lucía el emblema militar del Sector Siete en el capó calcinado.
​Detrás de la cisterna, un todoterreno ligero con una torreta analógica descubierta protegía la retaguardia, con dos soldados uniformados apuntando sus armas hacia la espesura del bosque.
​El intercambio analógico.
​El convoy se detuvo frente a la doble valla de espino de la subestación. Lucas accionó el mecanismo neumático desde el panel interno tras recibir la señal luminosa de destellos —tres cortos, uno largo— convenida con el capitán Vargas por radio. La pesada puerta de tres toneladas se deslizó con un siseo de aire comprimido, abriendo las fauces del búnker al exterior por primera vez en veinticuatro horas.
​Dos soldados entraron a pie de inmediato, cubriendo los flancos, seguidos por un oficial de facciones duras y uniforme desgastado por el hollín: el teniente d'Alessandro, segundo al mando del Sector Siete.
​—¿Quién es el ingeniero a cargo de la sincronización? —preguntó el teniente, su voz resonando en el distribuidor de hormigón.
​Matías dio un paso adelante, aún con los cables de prueba en la mano.
​—Yo —respondió con sencillez—. Y ella es Clara. Entre los dos mantenemos el bucle magnético estable.
​El teniente d'Alessandro asintió con una rigidez marcial que denotaba el desgaste de la guerra periférica. Hizo un gesto hacia el exterior y sus hombres comenzaron a descargar tres pesados cajones de madera reforzada.
​—Aquí tienen el primer pago, Sierra Norte —declaró el oficial, abriendo la tapa de uno de los cajones con una palanca de hierro—. Antibióticos de amplio espectro para el cabo Silva, raciones de combate de alta densidad y dos mil litros de gasoil refinado en la cisterna exterior para vuestro grupo electrógeno de emergencia. El capitán Vargas cumple sus contratos técnicos.
​Lucas se adelantó, estrechando la mano del teniente, pero sus ojos buscaron la línea del bosque en este inicio del séptimo capítulo del Apagón Cero, Amor mío. Sabía que el humo diésel del camión y la apertura de la fortaleza blindada no habrían pasado desapercibidos para los ojos que acechaban entre los pinos helados de la sierra. La brecha de la niebla.
​Mientras los soldados descargaban las cajas de suministros y conectaban la manguera de alta presión para trasvasar el gasoil hacia los tanques subterráneos del búnker, el teniente d'Alessandro se plantó ante el mapa cartográfico de la mesa técnica. Su rostro reflejaba una fatiga que ninguna ración de combate podía mitigar.
​—El acoplamiento ha sido un éxito en el valle, pero la estabilidad es una ilusión —explicó el teniente, señalando con el dedo índice una serie de posiciones marcadas con trazos rojos en el mapa—. Las bandas del extrarradio se están unificando. El corte de agua en la esclusa sur los ha desesperado. Ya no actúan como simples saqueadores; ahora siguen a un antiguo contratista de la cantera que conoce los puntos débiles de la red de distribución.
​—Saben que la subestación norte es el cerebro de todo —intervino Lucas, ajustándose la correa de la escopeta—. Si caemos nosotros, el Sector Siete se queda sin bombeo de combustible y la refinería vuelve a ser un montón de chatarra inútil.
​—Exacto —asintió d'Alessandro—. Por eso el capitán Vargas me ha ordenado dejar una dotación de apoyo aquí arriba. Dos de mis hombres se quedarán con vosotros, armados y con munición de repuesto. Además, hemos traído un transceptor de repuesto para el terminal militar de Matías. Si la estática vuelve a cortar la frecuencia analógica, utilizaremos un sistema de saltos por relés mecánicos.
​Un lenguaje de chispas y metal.
​Matías y Clara se acercaron a la cisterna blindada exterior, acompañados por Sebastián. El aire de la montaña cortaba la cara, y el olor a gasoil y metal caliente inundaba el claro. Para dos ingenieros que habían pasado su vida profesional entre pantallas táctiles, servidores en la nube y sensores de fibra óptica, el espectáculo de aquel camión acorazado con retales de hierro era una lección de supervivencia pura.
​—Es física de trinchera —comentó Clara, observando cómo el combustible fluía por la manguera transparente hacia la boca de llenado del suelo—. No hay un solo microchip en todo el camión. Todo el sistema de inyección es mecánico.
​—Es la única forma de que se mueva tras el Apagón Cero —respondió Matías, revisando el terminal portátil que controlaba la impedancia de la línea de media tensión—. Mira esto, Clara. La subestación está respondiendo bien, pero la carga remota está provocando un armónico en el bobinado del alternador. Si el Sector Siete acelera el bombeo en el valle, la temperatura de la turbina subirá cinco grados en una hora.
​Sebastián, que sostenía una de las cajas de antibióticos destinadas al cabo Silva, miró hacia la ladera inferior de la montaña. La niebla matinal comenzaba a disiparse, revelando la cicatriz gris de la cantera a un kilómetro de distancia.
​—¿Escucháis eso? —preguntó Sebastián de repente, interrumpiendo el análisis técnico.
​Matías y Clara guardaron silencio. El ronroneo diésel del camión ocultaba la mayor parte de los ruidos ambientales, pero al prestar atención, un crujido metálico e intermitente llegó desde la pista forestal inferior. No eran motores. Era el eco sordo de hachas y cizallas golpeando las torretas de madera del tendido eléctrico.
​El asedio al tendido.
​Lucas y el teniente d'Alessandro salieron del búnker al escuchar la alerta. El oficial militar levantó sus binoculares hacia la línea de alta tensión que bajaba por la vertiente este de la sierra.
​—Maldita sea... —maldijo el teniente entre dientes—. Están intentando derribar el apoyo número doce. Saben que no pueden perforar el hormigón de la subestación, así que van a tumbar los cables de cobre para cortar el suministro al valle y forzarnos a salir.
​El suspense psicológico regresó con la fuerza de un resorte tenso. Si el apoyo doce caía, los cables de alta tensión impactarían contra el suelo húmedo, provocando un cortocircuito de proporciones catastróficas que quemaría la microturbina desde el exterior antes de que los relés analógicos de Matías pudieran reaccionar.
​—No podemos enviar el camión blindado por esa pista, es demasiado estrecha y está llena de desprendimientos —analizó Lucas, mirando a Paula y Lourdes, que ya salían con sus armas listas—. Tenemos que bajar a pie por el torrentera. Hay que proteger esas venas de cobre con la vida en este crítico ecuador del séptimo capítulo del Apagón Cero, Amor mío, porque si el cable toca tierra, la luz de esta montaña se apagará para siempre. La carga en la torrentera.
​El teniente d’Alessandro apostó a sus dos soldados de infantería en el perímetro de la valla con el todoterreno, asegurando la retaguardia del búnker, mientras él, Lucas, Paula y Matías se deslizaban por el lecho seco del torrente. Las rocas cubiertas de escarcha resbalaban bajo las botas, y el aire frío quemaba los pulmones a cada bocanada.
​Matías llevaba al hombro el transceptor portátil conectado al auricular analógico. Necesitaba mantener el canal abierto con Clara, quien permanecía en la sala de control con el dedo pegado al disyuntor principal de la turbina.
​—Matías, el armónico está empeorando —la voz de Clara llegó con un siseo metálico y nítido—. Si cortan los cables con carga, el rebote de inducción va a fundir el estator antes de que pueda bajar la palanca. Tenéis que ganar tiempo.
​—Estamos llegando al apoyo doce, Clara —respondió Matías en un susurro, agachándose detrás de un saliente de piedra caliza.
​A unos cincuenta metros, envuelto en jirones de niebla, se alzaba el apoyo número doce: una estructura de celosía de acero galvanizado que sostenía los tres hilos de cobre de media tensión. En la base, cuatro hombres de la cantera trabajaban febrilmente con cizallas hidráulicas de rescate y un cabrestante manual amarrado a un pino grueso, tensando la estructura para obligarla a colapsar hacia el barranco.
​Fuego sobre el acero.
​Lucas evaluó la situación con la mirada fría del estratega. Los saboteadores estaban tan concentrados en vencer la resistencia del acero que no habían cubierto sus flancos orientados al torrente.
​—Paula, colócate detrás de esa roca alta y cubre el lado del cabrestante —ordenó Lucas, quitando el seguro de su arma—. Teniente, usted y yo abriremos fuego de supresión contra la base para apartarlos de los cables. Matías, no te separes de nosotros; si la torre empieza a vencerse, tendrás que indicarnos cuál es el cable de guarda para cortarlo antes de que arrastre todo el tendido.
​Paula apoyó el cañón de la escopeta sobre la piedra, fijando la vista en el hombre que accionaba la palanca del cabrestante. El suspense psicológico acumulado durante los últimos cinco días se condensó en el espacio que separaba su dedo del gatillo.
​—¡Fuego! —bramó Lucas.
​Un estruendo sordo sacudió la vaguada. Los disparos del teniente y de Lucas impactaron contra la estructura metálica, haciendo saltar chispas y astillas de piedra alrededor de los saboteadores. El hombre del cabrestante soltó la manivela con un grito de dolor, rodando hacia la maleza mientras los otros tres buscaban cobertura detrás de las patas de acero del apoyo doce.
​—¡Están aquí! —aulló uno de los saqueadores, respondiendo con dos fogonazos ciegos que pasaron silbando muy por encima de la cabeza de Matías—. ¡Vienen del búnker!
​El rescate de la línea.
​La estructura de celosía emitió un gemido estructural espantoso. Con dos de sus tirantes inferiores ya seccionados por las cizallas, la torre comenzó a inclinarse tres grados hacia el vacío, tensando los cables de cobre como cuerdas de un piano gigante.
​—¡El cable inferior está rozando la rama del pino! —gritó Matías, barriendo la escena con la mirada técnica—. ¡Clara! ¡Hay una derivación inminente por efecto corona! ¡Aísla el sector este ahora mismo o la sobretensión llegará al alternador!
​—¡Desacolando ramal este en tres, dos, uno...! —la voz de Clara resonó en el auricular.
​A lo lejos, en el tejado del búnker, se oyó el chasquido ensordecedor de los interruptores de vacío exteriores al abrirse. Una llamarada azulada de arco voltaico iluminó la niebla sobre el apoyo doce cuando la corriente se interrumpió de golpe, salvando los circuitos internos de la montaña pero dejando las venas de cobre del valle sin un solo voltio de energía.
​Lucas aprovechó el destello y el desconcierto de los saboteadores para avanzar por el flanco desprotegido. Con un movimiento limpio y contundente, abordó al hombre que intentaba recuperar la cizalla hidráulica, derribándolo contra el chasis del motor auxiliar. Paula disparó un segundo cartucho disuasorio contra la copa de los árboles, obligando a los dos últimos atacantes a emprender una huida desesperada colina abajo, perdiéndose en la espesura del extrarradio.
​Matías corrió hacia la base de la estructura herida, con la navaja multiusos en la mano y el corazón golpeándole el pecho en este agónico cierre del séptimo capítulo del Apagón Cero, Amor mío. La torre seguía inclinada, sostenida apenas por el cable de acero del cabrestante que los propios saboteadores habían instalado. Si querían que la energía volviera a fluir hacia el Sector Siete, tendrían que reparar la celosía con sus propias manos antes de que el viento de la tarde terminara el trabajo de destrucción.



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En el texto hay: , catastofre, apagón mundial

Editado: 05.07.2026

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