La madrugada del sexto día trajo consigo un cambio drástico en las condiciones de la sierra norte. La lluvia fina de la noche anterior se había congelado sobre las estructuras de hormigón y los pinos, cubriendo los alrededores de la subestación con una costra de hielo brillante. Dentro del búnker, el zumbido de la microturbina ya no evocaba resistencia, sino preparación. El mapa cartográfico de la mesa técnica estaba ahora cubierto de anotaciones a lápiz analógico que definían los vectores de aproximación de las fuerzas aliadas del Sector Siete.
El despliegue en la pista.
A las cinco de la mañana, el transceptor militar emitió tres pitidos cortos de sincronización. La voz del capitán Vargas llegó a través de la estática con una vibración imperiosa que disipó los últimos restos de sueño en el distribuidor:
—Sierra Norte, aquí Control Siete. Las dos patrullas motorizadas ya han cruzado el vado del río seco. Avanzamos en cuña por la pista forestal inferior con apoyo de la cisterna blindada. El objetivo es limpiar los nidos de tiradores de la cantera antes de que la luz del sol les permita apuntar a vuestras líneas.
Lucas se ajustó la correa de la escopeta y miró al teniente d'Alessandro, quien ya revisaba el cierre de su arma reglamentaria junto a la esclusa neumática.
—Mis hombres y yo saldremos para flanquear la ladera este —declaró el teniente, con el rostro serio—. Si las bandas intentan replegarse hacia el búnker al verse acorraladas por los vehículos, los interceptaremos en el cortafuegos. Lucas, Paula... ¿estáis listos para cubrir el acceso al generador de emergencia exterior?
—Nosotros nos encargamos del perímetro inmediato —respondió Lucas, haciendo una señal a Lourdes para que ocupara la aspillera de la puerta blindada—. Nadie va a dar un solo paso dentro de este recinto.
El centinela de los hercios.
En la sala de control, Matías y Clara permanecían encadenados a los diales analógicos. El suspense psicológico de la batalla inminente en el bosque se reflejaba en los instrumentos: sabían que el movimiento de las patrullas motorizadas del Sector Siete y el uso de sus equipos de comunicación portátiles provocarían picos de demanda inductiva en la línea de media tensión.
—La tensión en el ramal este está fluctuando —advirtió Clara, con los dedos listos sobre el conmutador del condensador de aire—. Están encendiendo los focos de búsqueda de los todoterreno. El alternador está absorbiendo los golpes de carga, pero necesitamos mantener el flujo constante.
—Yo me encargo del regulador de velocidad de la turbina —dijo Matías, manteniendo la vista fija en la aguja de los cincuenta hercios—. Cada vez que oigas una ráfaga abajo en el valle, ajustaré la admisión de agua un cuarto de vuelta para contrarrestar la caída de impedancia. Somos el pulmón eléctrico de esa ofensiva, Clara. No podemos flaquear ahora.
Sebastián, situado a la espalda de los ingenieros, sostenía el diario técnico. Anotaba cada variación con una disciplina matemática, sabiendo que estaban escribiendo el primer manual de operaciones de un mundo privado de microchips.
Truenos en la cantera.
El primer estruendo no llegó por el altavoz de la radio, sino a través de las vibraciones de la roca caliza. Un eco sordo y prolongado sacudió las paredes del nivel menos uno, seguido por el tableteo inconfundible de las armas automáticas de la patrulla del capitán Vargas que abría fuego en la zona de la cantera.
A través del visor de plomo de la puerta perimetral, Paula vio los destellos de los fogonazos rasgar la niebla grisácea del amanecer. Las bandas del extrarradio, debilitadas por la pérdida del agua en los túneles y la extirpación del parásito eléctrico en la garganta del diablo, estaban siendo empujadas hacia el desfiladero por la fuerza combinada del Sector Siete.
—Están retrocediendo —anunció Lourdes desde su aspillera, con la voz cargada de una tensa satisfacción—. El camión blindado ha bloqueado la pista de escape inferior. Los están obligando a deponer las armas en el llano de la cantera.
De pronto, un grito de alerta de uno de los soldados de d'Alessandro en el cortafuegos exterior congeló la sangre del grupo. Dos figuras envueltas en mantas sucias y armadas con fusiles arrebatados a la patrulla original de Silva habían logrado romper el cerco y ascendían desesperadamente por la torrentera, apuntando directamente hacia los aisladores cerámicos de la subestación norte.
Matías escuchó el grito por el transceptor de hombro, apretando los dientes mientras mantenía las manos sobre el reostato en este trepidante arranque del décimo capítulo del Apagón Cero, Amor mío. El enemigo moribundo buscaba un último acto de vandalismo técnico: si destruían los aisladores de la fachada, la energía de la montaña moriría de forma violenta en un cortocircuito final, arrastrando consigo la victoria del valle. Fuego en los aisladores.
Lucas reaccionó antes de que los saboteadores pudieran cruzar el umbral del cortafuegos. Empujó la pesada palanca de la esclusa exterior y salió al frío glacial de la plataforma, seguido de cerca por Paula. El suelo cubierto de escarcha crujió bajo sus botas mientras el viento del amanecer les azotaba el rostro.
A unos cuarenta metros de distancia, los dos asaltantes se parapetaban detrás de una bobina de inducción fuera de servicio. Uno de ellos levantó el fusil militar, apuntando directamente a la campana cerámica del transformador principal que brillaba bajo la primera luz gris del día.
—¡A la izquierda, Paula! —bramó Lucas, arrojándose al suelo detrás de un murete de hormigón.
Un disparo seco rasgó el aire. La bala impactó contra la estructura de hierro del soporte del transformador, haciendo saltar esquirlas metálicas que silbaron a pocos centímetros de la cabeza de Lucas. El suspense psicológico llegó a su punto álgido: si el siguiente proyectil quebraba la porcelana del aislador, los miles de voltios generados en el subsuelo buscarían tierra de forma catastrófica, destruyendo la microturbina.
Paula rodilla en tierra, apoyó el cañón de la escopeta sobre el hormigón helado. Esperó el milisegundo exacto en que el tirador asomó el cuerpo para recargar el cerrojo del fusil.
¡PUM!
El cartucho de perdigones pesados impactó contra el chasis de la bobina de inducción, forzando a los dos hombres a replegarse y soltar el arma larga, que rodó por el terraplén hacia el fondo del barranco. Sin munición ni cobertura, los saboteadores comprendieron que la fortaleza de la montaña era inexpugnable. Levantaron las manos, rindiéndose ante el teniente d'Alessandro, que emergía por el flanco del cortafuegos con sus hombres.
El pulso final en la consola.
Dentro del búnker, las fluctuaciones de la línea de alta tensión alcanzaron su punto crítico debido al rebote electromagnético de los disparos exteriores. En la consola analógica, la aguja de los hercios bailaba peligrosamente entre los cuarenta y ocho y los cincuenta y dos.
—¡Matías, la reactancia está subiendo! —gritó Clara, sosteniendo el conmutador de baquelita con ambas manos—. El cortocircuito en el soporte exterior está generando un retorno de corriente armónica. ¡Si no lo compensamos ya, los relés analógicos saltarán por sobreintensidad!
Matías no vaciló. Confiando en su memoria técnica y en las anotaciones analógicas de Sebastián, aferró el volante del regulador de admisión hidráulica y le dio un giro violento de media vuelta a la izquierda, reduciendo el caudal de agua justo cuando la aguja rozaba la zona roja. Luego, con un movimiento milimétrico del reostato, inyectó la carga de los condensadores de aire para absorber el impacto.
La aguja tembló, se contuvo en el borde del abismo y, con un lento y agónico movimiento, regresó al centro exacto del dial: cincuenta hercios. Estables.
Clara soltó el aire que retenía en los pulmones, dejándose caer de espaldas contra el panel técnico. Sebastián anotó la última cifra en el diario con un trazo firme. El gigante de hormigón armado de la sierra norte había resistido el último embate de la violencia exterior.
La victoria de la montaña.
Diez minutos después, el transceptor militar emitió un pitido limpio y continuo. La voz del capitán Vargas regresó al distribuidor, desprovista de la tensión y la prisa de las horas previas:
—Sierra Norte, aquí Control Siete. La cantera está asegurada. Las bandas del extrarradio han sido completamente desarmadas y dispersadas. La pista forestal inferior queda libre y bajo el control de nuestras patrullas motorizadas. Habéis salvado la red.
Lucas y Paula regresaron al interior del búnker, cerrando la pesada compuerta neumática tras de sí. Sus rostros estaban cubiertos de hollín y sudor frío, pero sus ojos reflejaban la calma de la victoria. El cabo Silva se irguió en su litera, saludando militarmente a Lucas con una sonrisa débil.
Matías se apartó de la consola y caminó hacia la mirilla blindada. Fuera, el sol del sexto día finalmente rompía la niebla, iluminando las líneas de cobre que bajaban limpias, intactas y orgullosas hacia el valle reconquistado. La subestación norte ya no era solo un búnker de resistencia; era el corazón de una nueva civilización analógica que acababa de ganar su primera gran batalla contra las tinieblas en este decisivo final del décimo capítulo del Apagón Cero.