Aparentemente Ella

Capítulo 20

Contaba cada segundo. De cada minuto. De cada hora, para salir de aquí. Mis pulmones ya sobrellevaban el peculiar olor del "oxígeno" que despedía ese lugar, una mezcla de alcohol etílico y muerte inminente. Mis venas ya conocían y saludaban ariscamente al típico ardor que dejan la impresión de las agujas. Mi sangre ya corría en mí ser, consciente de los químicos implementados en ella. Ya fuera por vía oral o intravenosa. Daba lo mismo. Apestaba igual.

Ese día era primero de febrero. El reloj había alcanzado las cinco de la mañana. Mi noche fue envidiable, uy sí. No logré pegar ojo. Así que escuché las gotas de la tormenta caer y chocar contra el techo de concreto, como una sinfonía de la madre naturaleza. Pasar tanto tiempo de calidad con el silencio te volvía observador, mucho diría yo. Pensé en Blade, hacía muchos días que no me hacía una visita. Puf, echaba de menos a mí chico hawaii. Si traía otro de esos muffins de Bertha lo perdonaría por olvidarme.

Escuché pasos. Cerré mis ojos instintivamente. La persona se acercó a mí. Un suspiro llena el vacío.

—Eres como yo. Sufres de insomnio. Pero relax, si tienes en qué pensar nada más importa.

Las tiernas palabras del ángel pelirrojo que quería estar a mi absoluto merced desde que vino la primera vez. Emily.

—Ese es el problema princesa, no sé en qué pensar —confesé abriendo mis ojos, ésta se estaba acomodando en el borde de la cama.

—Pues, hay muchas opciones. ¿Comenzamos con la fiebre del oro o la firma del acta de independencia? ¡Oh, oh, podemos hablar sobre el feminismo y el machismo radicales! La perdición de este mundo.

La euforia fluyó por sus palabras como las gotas del rocío cayendo sobre los árboles. Inmediatamente reí descontrolada.

— ¿Ves? Así está mejor. Tienes una sonrisa muy linda.

—Y tú tienes unos ojos hermosos. Amo tu cabello —afirmé con decisión. Su mirada juguetona me recordaba a Elliot. El chico que siempre ha estado para mí. Mi mejor amigo. El que me salvó la vida. Otra vez.

— ¿Sabes dónde está Elliot? —pregunté arqueando levemente mi ceja. La respuesta parecía más que obvia pero tenía mis dudas.

Me miró con incertidumbre.

— ¿No lo sabes?

Mi pulso empezó a martillear sin control.

— ¿Qué es lo que tengo que saber?

—Está en la habitación de al lado. Desde hace dos días. No está muy bien. Pero sin duda mejor que tú —alegó chispando los ojos.

Sentí miedo. Nadie me había dicho nada, maldije a Grecia y Mason por ello. Hervía de ira. Sin embargo, el ansia de saber cómo se encontraba me pudo y el sentimiento se desvaneció.

— ¿Quieres verlo? —inquirió ella con tristeza en sus ojos.

Accedí. Se acercó y tomó mi mano determinadamente. Me sacó de la cama con sumo cuidado. Demasiada delicadeza para ser tan pequeña y mentalmente inmadura. O tal vez me equivocaba, solo lo suponía por su edad. ¡Bastaba una conversación para discernir su inteligencia emocional e intelectual!

Estabilicé mi peso en mi primer paso, como si intentara recordar como caminar. No había sacado un pie de esta cama desde el día en que conocí a Emily, hace varias semanas. Grecia adoraba llevarme en la silla de ruedas mientras me contaba sobre las clases en las que le iba más que estupendamente, su relación con Elliot o cualquier otra cosa mundana que para mí era escuchar la gloria; lo que fuera para escapar de este exilio social. Había resuelto realizar algunos exámenes virtuales mediante mi laptop, que me trajo Elliot hace una semana, para no aparecer perdida en la nada y adelantar algunas cosas. Por suerte la junta directiva de la universidad y el director del Departamento de Literatura fueron muy benevolentes conmigo y pusieron esa opción a mi disposición, hace unos días recibí un resultado de uno de los exámenes. ¡Era buena nota!

Ahora caminar era como gatear para mí. La niña me sostuvo, andando a mi paso con paciencia. Sonreía mientras lo hacía. Parecía disfrutar ayudarme. Eso lo apreciaba.

—Perdona, tienes ocho años y cuidas a una adulta.

Rió estridentemente.

—Me tocó cuidar a mamá antes de que... Bueno, lo que sucede con cualquier vida.

Bajé mi rostro. Sí que estaba equivocada. Ella pasó por circunstancias difíciles de sobrellevar. La entendía perfectamente. Tener algo y que luego se te arrebate injusta e inesperadamente. Los escalofríos hormiguearon sobre mi espina dorsal, estremeciendo cada célula de mi cuerpo.

Ella no lo notó. Agradecí a dios por eso. Giró el picaporte, abriendo la puerta para mí. Solté suavemente su mano, indicándole con mi rostro que me dejara intentarlo. Consintió con dudas. Me pregunté si su madre fue tan dulce, inocente y absurdamente sincera como lo era ella. Sonreí ante el pensamiento. Conocerla habría sido un honor, seguramente.

Di un paso. Mis pies dolían. Otro más. Casi resbalé.

El piso estaba recién encerado. ¿Acaso no pensaban en la seguridad del paciente en este lugar? Conseguí dar pasos más seguidos hasta sostenerme en el picaporte de la habitación de Elliot. Exhalé aliviada. No del todo.

Emily como de costumbre saltarina, me siguió y se colocó detrás de mí, acariciando mi espalda. Eso me reconfortó. Dándome las fuerzas que necesitaba para abrir esa puerta.

Mis retinas se acostumbraron a la oscuridad que residía allí. Busqué el interruptor, palpándolo por la pared. Lo deslicé hacia arriba y cerré mis ojos por la repentina claridad. Cuando los abrí, encontré a Elliot tumbado en la cama. Las bolsas bajo sus ojos denotaban su cansancio. Su piel estaba amarillenta. Y fue cuando el recuerdo rebotó hacia la luminiscencia de mi consciencia.

¡Maldición! Sabía que el día que lo vi así no estaba bien. Debí hacer algo. No debí dejarlo pasar. Ahora me sentía culpable.

Él estaba dormido. Tenía una vía en su brazo derecho. La máquina que medía sus signos vitales estaba en total control. Eso calmó un poco mi desesperación. Mis ojos se humedecieron y el llanto no tardó nada en despertarlo. Apresuradamente fui hacia él y permití que las lágrimas se desbordaran. Ya no podía contener las ganas de llorar.



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En el texto hay: humor amistad, suspenso amor dolor, amornotoxico

Editado: 03.12.2021

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