"No importa que tal bien te ocultes, tarde o temprano abra algo que te exponga al ojo de todos"
Fumiko Ibars
La práctica de la tele-transportación me estaba pasando factura. Había estado realizando saltos de un lugar a otro, a distancias cada vez más largas, cambiando mi apariencia en el proceso. Pero, en algún punto, la sensación de mareo y náuseas se convirtió en algo insoportable. Ya no sabía en qué lugar me encontraba, ni cómo había llegado allí. Decidí detenerme, permitiéndome un breve respiro para recomponerme antes de continuar.
Estaba agotada y desorientada, con el pulso acelerado y el corazón aún en un estado de alerta. A pesar de los efectos secundarios de mis saltos, no podía detenerme. Además de practicar la tele-transportación, mantenía un hechizo de invisibilidad, por si aparecía en un lugar público. Era crucial no ser vista, no por ahora. Los hermanos Hades y Lucifer, los señores del inframundo, ya sabían de mi existencia y, sin duda, intentarían debilitarme para obligarme a someterme a su voluntad. Su deseo de gobernar los cinco mundos no era nuevo, y su sed de poder ya no conocía límites. Estaban hartos de vivir en las sombras, y yo me había convertido en un obstáculo.
Me dejé caer al suelo, mirando al frente, y la visión que me recibió me hizo sonreír con cierto alivio. La Torre Eiffel brillaba ante mis ojos, recibiendo a los turistas que se agolpaban para tomarse fotos. Aquella paz, esa tranquilidad que los humanos parecían disfrutar tanto, era exactamente lo que quería proteger. Pero los hermanos del inframundo no descansarían hasta deshacerla. Y yo, a toda costa, impediría que eso sucediera.
Me quedé observando a los humanos mientras disfrutaban de su vida cotidiana, completamente ajenos al mundo sobrenatural que coexiste a su alrededor. Había algo hermoso en esa mezcla. Los humanos, ignorantes de lo que realmente sucedía bajo sus narices, se esforzaban por conocer otras especies, pero se volvían indiferentes a su propia raza. Era una contradicción absurda. Sin embargo, también me resultaba fascinante. ¿Por qué, siendo tan semejantes entre ellos, se rechazaban?
El cálido resplandor del atardecer se derramaba sobre la ciudad. Me levanté, estirando un brazo detrás de mi cuello y sujetándolo con la otra mano, disfrutando del aire fresco mientras cerraba los ojos por un momento. Las fragancias de los humanos y de los seres sobrenaturales se mezclaban, creando una armonía singular en el aire. Los aromas se entrelazaban en una danza silenciosa mientras las risas y las conversaciones llenaban el espacio. Era una escena perfecta, la paz que tanto anhelaba mantener.
Sin embargo, esa paz se vio interrumpida abruptamente.
Un fuerte golpe en mi abdomen me hizo perder el aire, y el dolor se esparció como una ola violenta. Antes de darme cuenta, me vi arrastrada hacia atrás, mi cuerpo girando sin control. La pareja que se encontraba frente a la Torre Eiffel, inmersa en su selfie, me vio apenas en el último segundo. El impulso de mis pies me salvó de estrellarme contra ellos, pero aún así caí pesadamente al suelo, el impacto agudizando el dolor en mi estómago.
El aire me faltaba, y mi visión estaba nublada por el mareo. Toqué mi abdomen, intentando calmar la punzada, pero lo único que logré fue sentir una ardiente sensación de incomodidad. Cuando finalmente levanté la vista, lo que vi me hizo helar la sangre. Tres enormes demonios se erguían frente a mí, imponentes y horribles.
Sus cuerpos eran monstruosos, con manos completamente negras y garras afiladas que sobresalían con una violencia palpable. De sus frentes brotaban dos cuernos retorcidos, y su piel estaba cubierta de manchas extrañas, como si estuvieran marcados por alguna maldición antigua. Lo que más me perturbaba era la cola, gruesa y enroscada, similar a la de un cocodrilo, pero con una punta que se parecía a la de un escorpión. Sus ojos, negros como el abismo, se fijaron en mí.
La sorpresa se apoderó de mí, y un sentimiento de pavor comenzó a burbujear en mi interior. No por miedo, sino por la conciencia de lo que esto significaba: una lucha.
Los demonios no eran solo una amenaza para mí, sino también para todos los humanos que transitaban ajenos a la batalla que se desataría en ese momento. No podía permitir que los demás se dieran cuenta de lo que sucedía. Debería manejar la situación con rapidez y precisión.
—Vamos, Fumiko, no puedes fallar ahora —murmuré para mí misma.
Actué con rapidez. Toqué el suelo con las palmas de mis manos, y el tiempo se detuvo. Cada persona alrededor de la Torre Eiffel quedó inmóvil, atrapada en un momento suspendido. Al mismo tiempo, creé pequeñas cajas invisibles de cristal reforzado alrededor de ellos, protegiéndolos de cualquier daño mientras me enfrentaba a los demonios. La batalla era inminente, y tenía que luchar sin que nadie resultara herido.
Me lancé hacia uno de los demonios, el que estaba más cerca de mí, con la intención de golpearlo con una patada directa. Sin embargo, mi pie solo alcanzó su antebrazo, y el demonio reaccionó con una rapidez asombrosa, cubriendo el golpe con su propio brazo. El impacto me hizo retroceder, pero antes de que pudiera aterrizar, otro de los demonios hizo un gesto, como si estuviera invocando un poder oscuro.
De repente, el aire se distorsionó, y algo me empujó hacia atrás con tal fuerza que perdí el equilibrio. Mi abdomen sangraba, y sentí la quemadura de las garras del demonio en mi piel. Choqué con una de las cajas invisibles, y el impacto me hizo caer de cara al suelo. El dolor me recorrió el cuerpo, pero mi mente seguía clara.
Tosí, limpiando la sangre de mi boca, y observé a los demonios. Me reí, una risa amarga y sarcástica.
—Así que esta es la manera en que se presentan los desafíos... —murmuré entre dientes—. Bien, veremos si pueden seguir el ritmo.
Con un esfuerzo, me levanté, ignorando el dolor punzante que aún recorría mi cuerpo. Utilicé mi magia para sanar la herida en mi abdomen. Sentí cómo una de mis costillas se reposicionaba en su lugar, y aunque la sangre seguía escurriéndose, ya no sentía el dolor agudo. Miré a los demonios con una sonrisa burlona.
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Editado: 12.04.2026