Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 26: "no estoy interesda" (parte uno)

"El dolor no solo se siente en el cuerpo, también se queda en el alma, y por más que lo ignores, siempre vuelve a encontrarte."

Fumiko Ibars

Me dolía hasta respirar en estos mismos instantes. Abrí los ojos lentamente, con el esfuerzo de un cuerpo agotado, y una mueca de dolor se formó en mi rostro. Mi cabeza era como un tambor retumbando, y el dolor punzante en mi abdomen no hacía más que recordarme lo que había pasado. Me senté con cuidado, sintiendo que mis piernas temblaban bajo mi peso. El cansancio me invadía, pero había algo más, algo más profundo que se me atascaba en el pecho.

—¿Cómo llegué aquí? —murmuré, mi voz quebrada por el dolor, mi cuerpo entero protestando cada vez que me movía. No traía camisa, y todo mi abdomen, desde las costillas hasta el pecho, estaba envuelto en una venda blanca. Mis brazos y piernas, aunque curados, todavía sentían el peso de las heridas pasadas. Cada movimiento que hacía era una pequeña batalla contra el sufrimiento.

Me quejé, maldiciendo a todos los que me habían puesto en esta situación. Sentía esa rabia surgiendo de lo más profundo, una rabia que no podía contener.

—No te muevas —me regañaron desde la puerta, y voltee lentamente hacia el sonido de la voz. Allí estaba Garret, con una bandeja con comida en las manos. Parecía tan tranquilo, como si nada de esto fuera real. Pero yo sabía que lo era.

—¿Co-como? —musité, todavía adolorida, mientras terminaba de sentarme en la cama, con las piernas temblorosas. Mis ojos buscaban entender cómo había llegado a ese estado, por qué todo me dolía tanto.

—Necia —se quejó él, dejando la bandeja en una mesa cerca de la cama y acercándose a mí. Tocó mi frente con su mano, revisando mi temperatura. —Me alegro, ya no tienes fiebre —dijo con una sonrisa. Pero no me importaba. La fiebre era lo de menos. Lo que realmente me consumía era el dolor físico y la tormenta emocional que me estaba dejando en pedazos.

—¿Cómo estás aquí? —le pregunté, todavía algo confundida. Sus ojos se suavizaron un poco, pero su sonrisa no dejó de ser irónica.

—Abusaste de más. Tenía que venir por ti… Ayudarte. Estabas muy mal, y si hubiese esperado más, incluso podrías estar muerta —dijo con seriedad, y sus palabras me calaron hondo. Mi respiración se aceleró al recordar lo cerca que estuve de perderlo todo. —Lo siento —murmuró después, como si intentara suavizar la culpa que no se podía borrar.

Lo miré sin creerle del todo. ¿Cómo podría? Sabía que él estaba allí porque no había otra opción, no por quererlo, no por sentirse responsable.

—Claro, si yo muero, nadie arreglará nada, se entiende —dije con sarcasmo, mientras me movía para sentarme en el borde de la cama del otro lado de él. Busqué una manera de bajarme sin que me doliera tanto, pero mi cuerpo no respondía bien. Todo era un caos dentro de mí.

—Quédate quieta —dijo él, apareciendo de repente frente a mí, a centímetros de mi cara. Su cercanía me molestaba. Había algo en él que siempre lograba desestabilizarme.

—Necesito entrenar, déjame —me quejé, sin inmutarme por su cercanía. Tenía esa maldita costumbre de siempre invadir mi espacio personal cada vez que nos encontrábamos. Y a pesar de mi frustración, algo en su actitud me hacía sentir una mezcla de rechazo y necesidad. Necesitaba recuperar el control, necesitaba algo que me hiciera sentir que no había perdido todo. Pero, ¿cómo podía lograrlo si aún me sentía tan rota?

—Estás cansada, débil, y necesitas recuperar fuerzas —dijo él, sus manos sin soltarme, como si fuera a caer en cualquier momento. Sacudí mis hombros, una vez más intentando librarme de su presencia, y me acerqué más a su rostro, quedando a pocos centímetros de él. Lo fulminé con la mirada, pero algo en sus ojos me decía que no iba a dejarme ir tan fácilmente.

—Tú tienes vida eterna, Garret. Yo me quedo sin tiempo —murmuré, molesta. Nuestras respiraciones se mezclaban en el aire, y un calor extraño se apoderó de mi pecho. —Ahora mueve, si no quieres que te mueva de una vez por todas —dije, apretando los dientes con rabia, mientras sentía que el espacio entre nosotros se llenaba de una tensión palpable. Él se sonrojó de una manera que no pude evitar notar, y dio un paso atrás, negando con la cabeza.

—N... no —murmuró, rojo hasta las orejas, mientras yo comenzaba a quitarme las vendas que apretaban mis pechos y cubrían mis heridas. Las tiré a un lado, ya harta de todo lo que me rodeaba, y empecé a curarme a mí misma. El dolor se multiplicaba con cada movimiento, pero no me importaba. Lo único que quería era sentirme un poco más en control, aunque fuera por un instante.

—Ni eso pudiste hacer —me quejé, bajando lentamente de la cama, cojeando con las vendas que aún sostenía en una mano. Sentía el peso de las heridas, la cicatriz que se quedaría en mi piel, pero también el dolor de lo que no podía sanar, lo que no podía olvidar.

—Quedará cicatriz —murmuró él, mirándome fijamente, pero sus ojos tenían algo más, algo que no sabía identificar: lujuria, quizás. Asentí sin mostrar emoción alguna.

—Y tú tendrás una igualita si no dejas de verme ahora —ordené, con una mirada fulminante. Él apartó la vista rápidamente, avergonzado, y miró hacia otro lado. Aproveché para encajarme una camisa encima que antes era de Oshin y cambiarme el pijama por un short de mezclilla. Pero antes de salir, lo sentí otra vez, esa mirada de él que recorría mi cuerpo.

—Última advertencia —dije, sintiendo su vista en mi culo mientras me ponía el short. No me importaba. No iba a dejar que me afectara, aunque dentro de mí sentía esa punzada de incomodidad y algo más que no podía definir.

—Eres igual de hermosa a como te imaginé —murmuró sin apartar su vista de mí. Esta vez me miró de pies a cabeza, y yo lo observé fijamente, atando mi cabello bicolor con algo de dificultad.

—¿Y Connor? —pregunté, ignorando su mirada, cuando terminé de atar mi cabello.

—Abajo, descansando —dijo, su tono más suave. Asentí con la cabeza y lo pasé de lado para bajar. Dejaría a Connor descansar, al menos por ahora. Salí del cuarto con tranquilidad, bajando las escaleras, aunque mi cuerpo pesaba como si hubiera pasado toda una vida soportando un dolor infinito. Cada paso me costaba, pero la necesidad de movimiento, de sentirme libre, me empujaba a continuar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.