" El sol brillaba alto en el cielo, dispersando sus rayos a través de la espesa copa de los árboles que se alzaban alrededor mío. Estaba tendida en la suave tierra del bosque, la hierba fresca acariciando mi piel mientras mis ojos recorrían el vasto azul del cielo. La luz del día se filtraba de manera perezosa a través de las hojas verdes, evitando tocar mi rostro, como si el bosque mismo quisiera protegerme. Las sombras de los árboles jugaban a crear patrones de movimiento sobre la tierra, mientras una suave brisa hacía susurros en las ramas, trayendo consigo un aroma fresco y terroso.
"Es perfecto para un día de campo", pensé, sintiendo la tranquilidad que solo el bosque puede ofrecer. Me senté lentamente, apoyándome en las manos para levantarme. El aire fresco me envolvía, y por un momento, no había nada más en el mundo que la calma del lugar y el murmullo lejano de la naturaleza.
De repente, sentí cómo unos brazos firmes rodeaban mi cintura, y antes de que pudiera reaccionar, me elevaron del suelo. Giré en el aire, la sensación de ser levantada tan inesperadamente me hizo reír, y la risa que siguió de esa persona me contagió de inmediato. Era una risa cálida, conocida, que parecía mezclar su alegría con la mía.
—Te encontré —murmuró en mi oído, su aliento tibio y cercano hizo que una oleada de escalofríos recorriese mi piel. No pude evitar sonreír, la calidez de su cercanía era reconfortante.
—Así parece —respondí, mis palabras salieron solas, como si mi cuerpo hablara sin mi permiso. Mientras tanto, mis manos se aferraban a su cuello mientras mis ojos estaban fijos en sus lindos y brillantes ojos miel, como si quisiera quedarme allí para siempre, en ese instante que parecía suspendido en el tiempo. Sin previo aviso, sentí el suave toque de sus labios en la parte posterior de mi cuello, y me volteé para encontrarme con su mirada, justo en el momento en que sus labios rozaban la punta de mi nariz. Reí con suavidad.
—Es hora de irnos —dijo, juntando nuestras frentes con suavidad y acariciando mi mejilla con la yema de sus dedos. Cerré los ojos, disfrutando de esa caricia, sintiendo cómo mi pecho se llenaba de una calidez que no quería perder. Hice un puchero, como una niña pequeña.
—No quiero —me quejé, aferrándome a él, buscando un último respiro de esa paz que sentía. Su risa me envolvió, cálida y divertida.
—Eres hermosa —susurró, su voz grave llena de ternura—. Te amo.
Mis mejillas se encendieron al escuchar esas palabras, y mi sonrisa se hizo más grande, aunque una pequeña parte de mí deseaba que ese momento nunca terminara. Sin embargo, me aparté ligeramente de él, la necesidad de estar más cerca de su presencia me impulsaba.
—Llévame a caballito —pedí, con una sonrisa traviesa en mis labios. La risa de él se hizo más fuerte, y me hizo sentir más ligera, como si nada pudiera tocarnos.
—Está bien —respondió, asintiendo mientras se daba la vuelta y se agachaba un poco—. Sube.
Sin dudarlo, me subí a su espalda, rodeando su cuello con mis manos. Él se levantó con facilidad, y comenzamos a caminar por el sendero del bosque, sin rumbo claro, pero con la certeza de que estar allí, juntos, era todo lo que necesitaba. Mis manos se flexionaron alrededor de su cuello, descansando en su cabeza mientras la suave brisa acariciaba mi rostro. Cerré los ojos, dejando que el aire fresco me llenara los pulmones.
Al inhalar profundamente, el aroma de su cabello llegó a mí. Era como el shampoo, esa fragancia fresca y natural que solo los bosques poseen, mezclado con algo dulce, como el yogurt y las fresas. Envolví mis piernas alrededor de su cintura, sin querer separarme de él. Mi rostro descansaba en su nuca, aspirando su aroma con avidez, como si su cercanía me diera fuerza. Necesitaba más de él, siempre más.
—Te extraño —murmuré, sin pensar, aferrándome a él como si fuera la única forma de anclarme a algo real.
—Pero si estoy aquí, pequeña —respondió él, su voz suave, reconociendo mi dolor sin juzgarlo.
Negué con la cabeza, un nudo en la garganta que se iba haciendo más grande, más doloroso. Mis ojos comenzaron a picar, y las lágrimas no tardaron en asomarse.
—No lo estás, Oshi —susurré, mi voz quebrada por el llanto. La distancia entre nosotros parecía más grande de lo que realmente era, y el vacío que sentía se extendía a lo largo de mi cuerpo. —Aquí, en mis sueños, lo estás... pero no conmigo, en el mundo real.
Un sollozo escapó de mis labios, y las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas. Oshi se detuvo de inmediato, preocupado, pero antes de que pudiera decir algo, un grito lejano interrumpió el momento.
—¡Mamá! —Una voz infantil, desesperada, llamó desde algún lugar en el bosque. Miré hacia el sonido, y vi a un niño corriendo hacia nosotros. A medida que se acercaba, pude ver que tenía alrededor de diez años, y algo en su rostro me era familiar, pero no lograba entender por qué.
Cuando llegó a nuestro lado, frunció el ceño al verme llorar, y su voz era pura confusión.
—¿Por qué lloras, mamá? —preguntó, con una inocencia que me hizo tambalear aún más en mi fragilidad emocional.
De repente, salté de la espalda de Oshin, como si algo me hubiera impulsado a hacerlo. Este sueño era diferente a todos los demás. Algo no encajaba, algo no era real, y esa sensación me paralizaba.
—¿Pequeña? —Oshin me llamó con un tono preocupado, acercándose a mí con cautela. Retrocedí, dando varios pasos atrás, sin poder entender lo que estaba sucediendo.
—¿Qué ocurre? —insistió el niño, mirándome con los ojos llenos de miedo, su preocupación genuina, pero mi confusión solo crecía. ¿Quién era este niño? ¿Y por qué me llamaba "mamá"?
—¿Mamá? —preguntó de nuevo, y la angustia en su voz hizo que mi corazón latiera con fuerza. Al retroceder más, tropecé con una piedra y caí al suelo de manera torpe, golpeando mi nalga contra la tierra. El dolor era un recordatorio punzante de que todo esto no era real.
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Editado: 12.04.2026