Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 31: "te extraño, solo vuelve" (parte uno)

"¿Cómo pretendo no echarte de menos si te ame de más?"

Oshin Itreque

Di una vuelta en la cama, mirando la habitación que se sentía enorme para mí. La luz tenue de la noche se filtraba a través de las cortinas, proyectando sombras que danzaban suavemente sobre las paredes. Era cerca de las diez de la noche, y aunque el reloj marcaba esa hora, mi mente seguía activa, dando vueltas en pensamientos que no lograba controlar. Una pequeña molestia en mi pecho, que no me dolía, pero sí me incomodaba, me había desvelado. El aire de la habitación parecía denso, como si todo estuviera demasiado quieto.

Suspiré, buscando una postura más cómoda, pero la incomodidad persistía. Decidí que no podría dormir así, así que salí de la cama en busca de algo que me ayudara a relajarme. No sabía si quería un vaso de agua, tal vez algo caliente, algo que calmara mis nervios, pero algo debía haber. Me dirigí a la cocina y abrí el refrigerador en busca de jugo. El suave sonido del hielo al caer y el crujir de la puerta me dieron una sensación de normalidad, pero eso no logró calmar la ansiedad que sentía en mi pecho.

Tomé un vaso de jugo, me recosté en la isla de la cocina y suspiré nuevamente. Sentía como si cada respiro me pesara un poco más, como si algo estuviera esperando ser descubierto en algún rincón de mi mente. Pero entonces, un suave murmullo me sacó de mis pensamientos. Me enderecé, cerré el refrigerador, dejando el vaso sobre la isla, y salí al jardín, impulsado por una curiosidad que no pude ignorar.

El aire frío de la noche me golpeó suavemente en el rostro, pero lo que me detuvo fue la imagen frente a mí. Allí, en las escaleras, estaba Roderick, con un suéter puesto para abrigarse del frío. A su alrededor, dos lobos gigantes, más grandes que cualquier alpha que hubiera visto, estaban sentados con una tranquilidad que solo podía venir de criaturas que se sentían en su hogar. Lo más extraño era que Roderick hablaba con ellos, como si fuera lo más natural del mundo. Me quedé inmóvil, observando la escena, tratando de procesar lo que estaba viendo.

Uno de los lobos me vio de reojo, sus ojos brillando con un resplandor sobrenatural, y en un parpadeo, ambos desaparecieron, desvaneciéndose en la oscuridad como si nunca hubieran existido. Roderick, sin inmutarse, bajó las escaleras y se giró hacia mí.

—Qué extraño —murmuró, su voz llena de una calma inexplicable, como si lo que acababa de suceder fuera algo cotidiano. Yo, aún cruzado de brazos, no podía creer lo que acababa de presenciar.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté, mi tono serio. Su mirada nerviosa no me pasó desapercibida.

—Es que... soy sonámbulo —dijo, levantando las manos como si esa explicación bastara para justificar lo que acababa de suceder. Cerró los ojos como si eso lo hiciera menos real.

—Ajá, y yo soy Sparder Man —me burlé, con una sonrisa irónica en el rostro. Él soltó una risa nerviosa y abrió los ojos, mirándome. A esas alturas, su parecido conmigo ya no era una sorpresa. Lo había visto tantas veces reflejado en él que ya no me sorprendía, pero la idea de que alguien pudiera ser tan parecido a mí... era un poco inquietante.

—Ahí voy de regreso... —dijo, dándose media vuelta. Yo, sin poder evitarlo, le revolví el cabello con una sonrisa.

—¿Quieres dar un paseo? —le pregunté, con un tono más relajado. La emoción en sus ojos no pasó desapercibida. Sonrió ampliamente, asintiendo con entusiasmo. Su reacción me sacó una risa, algo que necesitaba, aunque no lo admitiera.

Bajé las escaleras con rapidez, sintiendo cómo la excitación de la idea de salir a caminar por el bosque comenzaba a disipar la tensión en mi cuerpo. No estaba seguro de por qué me sentía tan impulsado a hacerlo, pero la idea de compartir ese momento con él, fuera del entorno cotidiano, parecía la forma perfecta de liberar la mente.

—Bien, cierra el cierre de la sudadera —le pedí. Él lo hizo rápidamente, casi con urgencia, y en ese momento, me transformé en Dai, mi forma más natural. Estirar mis patas después de un largo tiempo en una postura inactiva siempre se sentía bien. Roderick, fascinado, me observaba con los ojos muy abiertos, incapaz de contener su admiración.

Me estiré sobre mis patas con un gruñido bajo, sintiendo cómo mis músculos se relajaban. Roderick, sin pensarlo dos veces, subió a mi lomo, sujetándose de mi pelaje negro como si fuera lo más natural del mundo. Sus pequeñas manos se aferraban con firmeza, como si esa conexión fuera todo lo que necesitaba para sentirse seguro. Me recompuse, mis patas firmes contra el suelo, y comencé a correr, saltando con agilidad sobre el suelo suave del bosque.

El sonido de sus risas se mezclaba con el crujir de las hojas bajo mis patas. Cada salto era una liberación, un regreso a una naturaleza que a veces parecía tan lejana. Corrí de un lado a otro, disfrutando de la libertad que solo el bosque podía ofrecerme. Cada vez que saltaba, enterraba mis patas en la tierra húmeda, la sensación de estar en contacto con la naturaleza era algo que echaba de menos.

Roderick seguía riendo, y mientras lo hacía, sus manos se aferraban más a mi pelaje, como si quisiera quedarse allí para siempre. Y, en cierto modo, eso me hizo recordar. Un recuerdo, uno que no esperaba. Recordé la vez que había llevado a mi niña a este mismo lugar, ese rincón especial que solo ella conocía y que yo también había convertido en mío. El lugar donde nos habíamos reído juntos, explorado sin preocupaciones, compartido sueños y momentos que no podían ser borrados.




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