Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 32: "te extraño, solo vuelve" (parte Dos)

" Iba con Fumiko en mi lomo, la noche aún abrazando el mundo con su manto oscuro. Quería llevarla a un lugar especial, uno que solo compartía con aquellos que realmente significaban algo para mí. Sus manos se aferraban a mi pelaje negro, como si el simple contacto de sus dedos me conectara de una manera que nunca había sentido antes. La calidez de su cuerpo sobre el mío me hacía sentir más vivo que nunca. Cada pequeña risa que se escapaba de sus labios no solo se oía, sino que se sentía, como una vibración en el aire, un susurro que tocaba mi alma de una forma que nunca imaginé. La risa de Fumiko era un bálsamo, un alivio que me llenaba por completo, haciéndome olvidar cualquier otro pensamiento o preocupación. Su alegría me envolvía, y el mundo a nuestro alrededor parecía desvanecerse, dejando solo el sonido de sus risas y el ritmo de mis pasos.

Era de madrugada aún, las estrellas apenas visibles en el cielo, como si quisieran guardarse un poco más de su brillo para el amanecer. La Luna, esa presencia constante en mis noches, aún seguía en el cielo, observando con su luz plateada, tan cercana y distante a la vez. Sabía que tenía tiempo, aún nos quedaba un largo trecho para llegar a mi destino, el lugar donde quería llevarla, el lugar donde ambos podíamos ser solo nosotros, sin las presiones ni las expectativas de los demás.

El bosque estaba en silencio, envuelto en una quietud profunda, casi mágica. Las hojas crujían bajo mis patas, pero a pesar de la oscuridad, sabía exactamente dónde iba. Fumiko se aferraba aún más fuerte a mi pelaje, como si el viaje fuera más emocionante de lo que imaginó. Sus manos, pequeñas y delicadas, se deslizaban por mi cuerpo mientras reía, su risa era pura, y en ese momento sentí que nada más importaba.

Sabía que tenía que llegar allí antes de que el sol se alzara completamente, antes de la presentación con la manada, un evento que de alguna manera me llenaba de incertidumbre. Pero ahora, aquí, con ella a mi lado, sentía una paz que rara vez encontraba. El aire fresco de la madrugada me envolvía, y el frío de la noche era un consuelo, como si la naturaleza misma me abrazara. Cada paso que daba parecía más ligero, como si todo el peso de las decisiones y responsabilidades se desvaneciera con la velocidad de mi carrera.

El viento acariciaba nuestras pieles, el roce de las hojas en los árboles parecía susurrarnos historias de tiempos pasados. Fumiko seguía riendo, y yo no podía evitar sonreír con ella. Su alegría era contagiosa, y cada risa era una promesa de que todo iría bien, que este momento era perfecto tal como era. Mi corazón latía en un ritmo constante, y el sonido de sus risas lo acompañaba, marcando el paso de cada instante.

Cuando llegamos al lugar, me detuve en la cima de una colina, un lugar elevado donde la vista era increíble. Desde allí, podíamos ver el valle entero, envuelto en sombras, esperando la luz del nuevo día. La Luna comenzaba a desvanecerse lentamente, dejando que los primeros rayos del sol comenzaran a asomarse tímidamente en el horizonte. La luz dorada se extendía por el cielo, tocando todo a su paso, bañando el paisaje con su suavidad. Era como si el mundo entero se despertara lentamente, mientras nosotros, dos seres perdidos en ese instante, simplemente observábamos en silencio.

Fumiko y yo no dijimos nada en un principio, como si el simple acto de estar allí, juntos, ya dijera todo lo que necesitábamos expresar. Ella se inclinó ligeramente hacia adelante, sus manos aún aferradas a mi pelaje, y sus ojos brillaban con asombro mientras contemplaba el amanecer que comenzaba a desplegarse ante nosotros. La luz del sol tocaba suavemente su rostro, haciendo que su expresión se iluminara de una manera que no había visto antes. Era como si el mundo entero se hubiera detenido solo para permitirnos disfrutar de esa paz, de ese momento en el que todo lo demás desaparecía.

Las primeras luces del amanecer se filtraban entre los árboles, dibujando sombras danzantes en el suelo. El aire se sentía diferente, como si el día estuviera a punto de ofrecernos algo más, algo nuevo. Fumiko respiraba profundamente, y yo podía escuchar el sonido de su respiración mezclándose con el susurro del viento, creando una armonía perfecta. Me sentí afortunado de estar allí con ella, de compartir este momento tan íntimo. Las preocupaciones sobre la manada, sobre el futuro, parecían desvanecerse. Todo lo que tenía que hacer era estar allí, con ella, bajo ese cielo que comenzaba a iluminarse.

El amanecer seguía desplegándose ante nosotros, y yo sentía que cada segundo que pasaba en su compañía era un regalo, un recordatorio de lo que realmente importaba. Mientras el sol se elevaba más en el cielo, pintando de colores cálidos el paisaje, me di cuenta de que este lugar, este instante, era lo único que realmente necesitaba. La manada, la presentación, todo eso podía esperar. Porque en este momento, con Fumiko a mi lado, el mundo entero se sentía perfecto. "




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