Me detuve un poco más, tomando una pausa en el camino mientras el aire fresco de la noche me envolvía. Me dirigí hacia el acantilado, donde el vasto y profundo cielo nocturno se desplegaba ante mí, repleto de cientos de miles de estrellas que brillaban como pequeños diamantes en la oscuridad. Cada una de esas estrellas parecía contar una historia, un secreto del universo que solo unos pocos privilegiados podían entender. El cielo era tan inmenso que me hacía sentir pequeño, pero al mismo tiempo, me llenaba de una sensación de calma indescriptible.
—¡Qué elmosho!— gritó Roderick desde mi espalda. No pude evitar reír al escuchar su entusiasmo.
Todavía le costaba pronunciar bien la "r", pero su emoción era tan genuina que me arrancó una sonrisa. No podía evitar sentirme feliz por su inocencia, por esa mirada tan pura y llena de asombro. Era un recordatorio de lo simple y hermosa que podía ser la vida, si se miraba con los ojos correctos.
Me detuve cerca del borde, pero no lo suficiente como para acercarme peligrosamente a la orilla. Me agaché en el suelo, y Roderick, tras unos segundos de vacilación, descendió de mi lomo con algo de torpeza, pero con una sonrisa que lo hacía ver aún más joven. Caminó unos pasos más cerca del acantilado, su mirada fija en el cielo, como si estuviera buscando algo entre las estrellas.
Lo retuve de la capucha de su sudadera, mis garras rozando la tela mientras lo detenía antes de que llegara demasiado cerca del borde. Gruñí un poco, como un recordatorio de lo peligroso que podría ser, pero no con intención de asustarlo. No entendía por qué, pero algo en ese momento me hizo sentir protector, algo que no había experimentado de esa manera antes.
—Es muy lindo... este lugar le encantaría a Fumiko— dijo él, mirando el cielo con los ojos miel brillando de admiración. Mis orejas bajaron al escuchar su nombre, y un nudo se formó en mi pecho, una mezcla de emociones que no podía procesar por completo. No me había atrevido a mencionarla, no en voz alta, ni siquiera en mi mente muchas veces. Y escuchar a Roderick decir su nombre tan naturalmente, como si fuera su amiga más cercana, me llenaba de una felicidad agridulce que no entendía completamente. Había algo en su voz, en su tono, que me hizo sentir como si Fumiko fuera más que solo una idea lejana en mi mente. Y por un instante, pensé en ella corriendo por esos mismos campos, explorando el mundo a su manera, con su sonrisa brillante y su risa suave.
Me aparté de Roderick un momento, mirando todo el paisaje, la vastedad de la noche que se extendía ante nosotros.
Imaginé a Fumiko aquí, corriendo por el acantilado, riendo, como aquella vez que la traje a este mismo lugar. La imagen de su rostro iluminado por la luz de las estrellas se grabó en mi mente, y aunque mi corazón latía con fuerza, no pude evitar sentir un dolor leve al recordarla. Mis orejas permanecieron bajas, un gesto involuntario, como si mi mente quisiera ocultar ese dolor que aún no procesaba. Pero era extraño, porque esa tristeza no era solo tristeza. Había algo más, algo profundo, que me impulsaba a querer estar cerca de ella, a querer verla de nuevo, sin saber exactamente qué significaba todo eso.
Roderick me miró por un instante, notando tal vez el cambio en mi actitud. Sus ojos curiosos reflejaban una ligera preocupación, pero no dijo nada. Era como si supiera que no debía interrumpir ese momento de reflexión, esa quietud que había caído sobre mí. Sin embargo, su voz cortó el silencio cuando habló de nuevo.
—¿Qué pasa? ¿Te encuentlas bien?— preguntó, su tono suavizándose al ver mi rostro pensativo.
No respondí de inmediato, pero asentí, como si fuera lo más simple del mundo. No quería preocuparlo, no quería que se diera cuenta de lo mucho que su comentario me había afectado. Pero, en el fondo, no podía evitar pensar en Fumiko. En cómo su presencia había comenzado a influir en mi vida, a cambiar la forma en que veía las cosas.
Me agaché un poco, tocando el suelo con mis patas, intentando calmarme. El viento frío de la noche soplaba suavemente, y el sonido de las hojas moviéndose me ayudaba a despejar mi mente. Lo único que podía hacer en ese momento era disfrutar de esta quietud, de la paz que el paisaje me ofrecía, antes de que todo cambiara nuevamente.
" — Ya puedes bajar, mi Luna,— le hablé a través de la conexión, esperando su respuesta con ansias. Ella había dicho que quería ver el cielo, y la emoción de ese deseo se reflejó en su sonrisa, la cual se amplió aún más, como si eso fuera posible. Bajó de mi lomo sin pensarlo dos veces, y con una agilidad admirable, comenzó a correr de un lado a otro, mirando las flores de los rosales que crecían alrededor, así como las orquídeas silvestres que florecían por sí solas en ese lugar tan mágico.
Ronronée feliz, moviendo mi cola de un lado a otro al ver cómo disfrutaba de su libertad y su alegría. Cada risa, cada movimiento suyo era lo único que mis sentidos percibían, y en ese momento, lo sentí como un regalo divino. Nada más importaba.
—Es demasiado hermoso este lugar, Oshi— exclamó, mientras seguía corriendo, tan libre como el viento que soplaba entre los árboles. Me quedé allí, sentado en el suelo, mirándola fijamente, embobado por su felicidad. Era como si el mundo entero hubiera dejado de existir para dar paso a solo nosotros dos.
—Me alegro de que te guste— respondí con una sonrisa, transmitiendo mis pensamientos a través de la conexión. —Eres la primera persona a la que traigo aquí. Ni a mi hermana la he traído...— La voz me tembló un poco al decirlo, algo que no pude evitar. —Cuando regreses, quería un lugar solo para nosotros dos, para escapar de todo y de todos. Este es ese lugar...— Añadí, mirando a otro lado, un poco apenado por ser tan directo.
La risa de Fumiko se escuchó a lo lejos, y en un instante, sentí el peso de su pequeño cuerpo encima de mí, tumbándome suavemente al suelo. "¡Es bellísimo!" dijo, feliz, mientras se acomodaba a mi lado.
#646 en Fantasía
#387 en Personajes sobrenaturales
amor lobos mitades, fumiko amor fantasia, reencuentros dolor final abierto
Editado: 12.04.2026