Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 35: "un segundo reencuentro" (parte Dos)

Los demonios saltaron a nosotros, y en ese instante, lo único que se me ocurrió fue cubrir a Roderick con toda mi anatomía, pero él, como siempre, tenía otras ideas.

—Fumiko, ¡aaaaah! —gritó mi hijo en medio del llanto, pidiendo ayuda a mi niña, supongo, como en aquella vez. Estaba esperando el ataque de los demonios, pero este jamás llegó.

Abrí los ojos lentamente y observé a mi alrededor. Los demonios levitaban en el aire, desmembrados en el acto, parte por parte, cayendo como si no pudieran evitarlo. Roderick intentó salir de su escondite, pero no lo dejé. Le gruñí para que se quedara en su lugar.

Moví mi cola sin poder evitarlo al sentir su aroma llenar mis cosas nasales, al verla a lo lejos. Sus manos estaban elevadas hacia nuestra dirección, de donde pequeños rayos de luz salían de su cuerpo y volvían a entrar en él. Sus ojos brillaban con fuerza, y su cabello de colores se movía violentamente con el viento.

Ella gritó algo, y de la nada, el lobo gris de la otra vez apareció, corriendo hacia nosotros. Los cuerpos desmembrados de los demonios, que ahora quedaban como simples restos, estaban en el suelo frente a nosotros. Salté rápidamente, agarrando a Roderick por la sudadera con mi hocico, él apenas y sollozaba.

El lobo llegó a nosotros en cuestión de segundos. Yo había bajado a Roderick al suelo, y con un chillido le pedí que lo cuidara. Él asintió rápidamente, y en un solo movimiento, se lanzó sobre Roderick, haciendo que ambos desaparecieran en el aire antes de que el niño tocara el suelo nuevamente, empujado por el lobo.

Busqué a mi niña entre la pelea, y vi lo que estaba sucediendo a su alrededor. Había demasiados demonios, pero la mitad de ellos ya estaban muertos por ella, por los lobos de fuego y por mi manada. No estábamos tan lejos, y no podía quedarme de brazos cruzados. Un demonio se le acercaba por detrás, y corrí a gran velocidad hacia él. Lo tacleé en el aire antes de que pudiera lastimarla.

Gruñí mientras me mantenía encima de él, mis patas sobre sus hombros, inmovilizándolo. Con un rápido movimiento, arranqué su cabeza, dejando el cuerpo sin vida sobre el suelo. Volví a mirar a mi niña, y ella me observaba de reojo con una pequeña sonrisa, a pesar del caos.

Varios demonios empezaron a darse cuenta de que ella era la responsable de acabar con tantos de ellos, y comenzaron a atacarla desde todos los ángulos posibles. Donde pude defenderla, lo hice, peleando con algunos demonios que se lanzaban sobre ella. Ella deshacía los hechizos mágicos que trataban de atacarla mucho antes de que los demonios pudieran acercarse.

Ambos estábamos jadeando, cansados de la pelea, pero aún quedaban algunos demonios. Si no hubiera sido por ella, jamás habríamos tenido una oportunidad de ganar.

Ella pronunció algo en otro idioma, y de inmediato, los lobos de fuego aparecieron rodeándonos, protegiéndonos y combatiendo contra los pocos demonios que quedaban.

—¡Ninguno vivo! —gritó ella a los lobos de fuego. Todos los lobos atacaron a los demonios restantes, y al mirar a mi niña, vi sus mejillas sonrosadas por el esfuerzo, y su frente perlada de sudor. Eso la hacía ver aún más hermosa.

Jadeaba de manera agotada. Me acerqué a ella antes de que cayera al suelo, y la sostuve, apoyándose en mí para mantenerse en pie. Me sonrió débilmente, y restregué mi cabeza en su abdomen, ronroneando. La extrañaba tanto que ese pequeño gesto era el mejor de todos.

Los lobos comenzaron a alinearse frente a nosotros, como cachorros, y con un simple movimiento de mano de ella, comenzaron a desaparecer uno a uno, quedando solo los dos que estaban con Roderick.

Me transformé de inmediato y la tomé en mis brazos. Su cuerpo estaba caliente, con fiebre.

—Tienes fiebre —murmuré, preocupándome.

Ella asintió levemente, y se encogió de hombros.

—Nada importante —respondió, pero su voz estaba débil.

—Connor —llamó, y el lobo apareció frente a ella, su cabeza flotando en el aire. Ella sonrió.

—Tráelo… —pidió, y se sentó en el suelo, regresando a su estado normal. Roderick apareció detrás del lobo, mirándola con una sonrisa.

—Fumiko —la llamó, acercándose a ella, pero el lobo lo detuvo con su hocico.

—¿Qué pasa? —preguntó, curioso.

Ella sonrió y negó con la cabeza.

—Nada, Roderick —respondió, luego se aferró a mis brazos por un momento, mirándome de reojo.

—Te llevaré a descansar —dije, cargándola sin esperar respuesta. Ella no dijo nada, solo se dejó cargar y se acomodó en mi pecho, con su respiración ya más lenta. El lobo y Roderick nos seguían, y la mansión estaba tranquila, solo con cuerpos de demonios por ahí, que mis hombres ya se encargaban de quemar.

El rostro de ella, dormida en mis brazos, era algo que adoraba. Se veía tan tierna, más que un bebé en sueño. Besé su mejilla y continué caminando hacia la casa.

—¿Está bien? —me preguntó Roderick, mirando preocupado.

—Solo está cansada —respondí, y entramos a la casa. Me dirigí directo a las escaleras, buscando mi cuarto para que ella descansara.

El lobo y Roderick entraron detrás de mí. El lobo se sentó al pie de la cama, echándose allí. No dije ni hice nada más.

—Bien, engendro, tú también necesitas dormir —dije, dirigiéndome hacia él.

—Tengo miedo aún... —dijo en voz baja, mientras se acurrucaba.

Me agaché a su altura y le alboroté el cabello.

—¿Puedo dormir con ustedes? —preguntó tímidamente.

Lo pensé un momento y luego respondí:

—Si prometes no moverte y no despertarla —le advertí.

—Lo plometo —respondió rápidamente, y no pude evitar reír.

—Vamos a ponerte la pijama antes —dije, cargándolo y llevándolo a su cuarto. Lo dejé cambiarse, y luego regresé a la cocina a buscar algo para aliviar la fiebre de mi niña, además de un analgésico y un vaso de agua.

Cuando Roderick terminó de cambiarse, regresamos al cuarto donde Fumiko estaba dormida. Coloqué un paño de agua en su frente, viendo que aún tenía fiebre, y disolví el analgésico en el agua. Luego, la ayudé a tomarlo. Lo hizo con una mueca y una pequeña queja, pero lo tomó sin resistirse.




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