"Pero me llego el momento y quise ser mas fuerte, Ahora estoy tan convencida que no debo verte..."
Oshin Itreque
Desperté por el peso de Roderick encima de mí. Su cuerpo estaba pegado al mío como un cachorro dormido, atrapado en una postura incómoda pero completamente adorable. Su expresión era tan tranquila, tan pacífica, que me hizo sonreír con suavidad. A veces, me olvidaba de lo joven que era, de lo vulnerable que podía llegar a ser, sobre todo cuando estaba tan relajado. Sus ojos cerrados y su respiración profunda me daban la sensación de que estábamos en un pequeño refugio de calma, completamente aislados del mundo exterior. No pude evitar reírme por lo gracioso que se veía, con sus brazos extendidos y la cara aplastada contra la almohada, como un niño pequeño.
Lo saqué de encima de mí con cuidado, intentando no despertarlo. Él se quejó ligeramente, pero no se movió, lo que me dio una sensación de alivio. No quería que se despertara de golpe y comenzara a preguntar cosas innecesarias. Lo acomodé en la cama, haciendo un pequeño fuerte de almohadas a su alrededor para evitar que se cayera. Esa era mi rutina diaria. Lo había hecho tantas veces antes, pero nunca me había cansado de asegurarlo. Siempre me preocupaba que se cayera, aunque sabía que no lo haría.
Sin embargo, mi sonrisa se desvaneció cuando mi mirada recorrió la habitación en busca de su figura. No la encontré, y un sentimiento de tristeza invadió mi pecho. Había tenido la esperanza de que ella aún estaría allí, a mi lado, dormida, tal vez abrazada a la manta o acurrucada cerca de mí. Pero no. Solo quedaba un espacio vacío en la cama, un espacio que solía ocupar ella. Probablemente se fue en la noche, cuando yo estaba profundamente dormido. La tristeza se apoderó de mí al pensar que tal vez se había ido sin decir nada, sin siquiera despedirse.
Me reí de mí misma en voz baja. La situación me resultaba irónicamente familiar. Yo había hecho lo mismo muchas veces antes de que ella llegara, desaparecer en medio de la madrugada sin decir una palabra, irme sin dejar rastro, como si nunca hubiera estado allí. Pero, ahora, al revés, el karma me estaba alcanzando. El amor, siempre tan caprichoso, me había mostrado cómo se siente ser dejado atrás. Y, por alguna razón, sentí que este karma no era algo negativo. Al contrario, me estaba enseñando a apreciar los momentos, a valorar la compañía. Todo había cambiado desde que ella llegó a mi vida.
Bajé de la cama lentamente, restregándome los ojos con cansancio. Me sentía agotado, pero no quería permitirme llorar tan temprano, no cuando ya había experimentado demasiados sentimientos contradictorios en tan poco tiempo. No era justo para mí, y aún menos para ella, que estaba en la misma situación que yo. Me obligué a apartar esos pensamientos oscuros y me concentré en lo que estaba frente a mí. Al mirarla, me sentí increíblemente afortunada.
La vi sentada en el sofá, con su cabello mojado de colores cayendo en suaves ondas sobre sus hombros, completamente absorta en un libro. La portada era extraña con un símbolo de un ave, con alas extendidas y cola de zorro, algo que me llamaba la atención, pero lo que realmente me cautivó fue la paz que irradiaba su presencia. Era una paz que rara vez encontraba en mí misma. Alzó la vista y me miró, como si supiera que estaba despierto, y su sonrisa fue la respuesta que tanto anhelaba.
—Buenos días —dijo con voz suave y cálida. Esa simple frase me hizo sentir una mezcla de alivio y felicidad que nunca había experimentado. Sonreí de vuelta, sintiendo cómo mi corazón latía con fuerza, más rápido de lo que debería. Todo mi cuerpo se relajó al ver que, a pesar de mis temores, ella seguía allí, a mi lado, y no había desaparecido como yo temía.
—Si no te molesta, me quedaré un tiempo aquí —continuó, mirando hacia abajo, pero no pude dejar de notar el leve sonrojo en sus mejillas. El corazón me dio un vuelco al escucharla.
¿Quería quedarse? ¿Realmente? La idea de que ella decidiera quedarse en este lugar, a mi lado, era lo último que había esperado. Mi sonrisa se agrandó, y negué con la cabeza frenéticamente, como si no pudiera creer lo que estaba oyendo. No quería que malinterpretara mis palabras o mi expresión.
—Por mí no hay problema, pequeña. Me encanta tenerte aquí —dije con sinceridad, mi voz era suave pero firme. Ella sonrió tímidamente, sus mejillas aún rojas, y volvió a mirar el libro. Yo no podía apartar los ojos de ella, de su rostro, de cada pequeño gesto que hacía. Me sentía completamente feliz, como si algo que había estado roto por tanto tiempo finalmente se hubiera reparado. Tenerla cerca, saber que ella estaba aquí, me hacía sentir en paz. Pero a la vez, el miedo de que todo esto fuera demasiado bueno para ser cierto me rondaba en el fondo de la mente. Me estaba acostumbrando a la idea de que ella estaba en mi vida, pero el temor seguía al acecho.
—Puede que Connor aparezca y desaparezca por cualquier lado. Espero que eso no te moleste —dijo, su voz ahora algo más tímida. Vi cómo evitaba mi mirada, como si temiera mi reacción. Mi mente, que antes había sido un torbellino de inseguridades y dudas, se tranquilizó de inmediato. No me importaba. No me importaba quién viniera, ni si aparecían personas inesperadas. Lo único que quería era que ella estuviera aquí, cerca de mí. Si alguien más llegaba, no importaba. Ella era lo único que importaba en ese momento.
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Editado: 12.04.2026