"Hasta la mujer mas enamorada se puede ir de tu vida si no la sabes valorar"
Fumiko Ibars
Después de desayunar, todos continuamos conversando por un rato, disfrutando de la tranquilidad que ofrecía el momento. Mi padre y mi hermano no paraban de preguntarme qué había estado haciendo durante todo este tiempo. Decidí mentirles, como siempre lo hacía en situaciones como esa. Les dije que había salido a pasear por el bosque, que un vampiro me había raptado, pero que tras un tiempo logré escapar. Y, al no encontrar una forma de regresar, había estado vagando hasta ahora.
Ai, Riu, Estrella y el viejo Mael me miraban como si pensaran: "Qué buena mentirosa, hasta yo me la creí." Cuando terminé de contar mi historia, ellos comenzaron a cuestionarme si el vampiro me había hecho algo. Tragué saliva con algo de incomodidad, y mientras respondía, mi mirada se desvió, buscando cualquier excusa que me ayudara a salir del momento.
Sin embargo, fue la risa de Oshin la que hizo que todos recordaran lo que realmente había sucedido en ese tiempo. Su risa característica, clara y limpia, rompió la atmósfera, y todos nos dimos cuenta de que, a pesar de la mentira que había contado, la verdad había quedado expuesta.
Era ya bastante tarde, alrededor de las cinco de la tarde, cuando decidí salir al jardín con Connor. La nieve aún cubría el césped, y aproveché para crear unas pequeñas bolas de nieve, jugando con ellas. Sentí cómo mis poderes, ya totalmente dominados, respondían a la perfección, y me regalé ese tiempo de relax. Había logrado controlar mis habilidades al cien por ciento, por lo que no sentía la necesidad urgente de entrenar en ese momento.
Mientras estaba concentrada en la nieve, disfrutando de ese pequeño momento de calma, de repente escuché que Roderick me gritaba desde el interior de la casa.
—¡Fumiko! —me llamó, su voz estaba llena de energía.
Giré hacia él, ya derritiendo la nieve que había creado en mi mano, dejando que el calor de mis dedos transformara la fría bola en agua. La nieve restante que había creado también desapareció. Connor se acercó a mí, curiosamente mirando la situación.
—¿Qué ocurre? —le pregunté, algo extrañada, pero no quise apartar mi mano de la suya, aunque en el fondo sentía una pequeña incomodidad. No quería hacerlo sentir mal, así que simplemente lo dejé tomar mi mano.
Roderick no me dio tiempo para pensar mucho, pues me tomó de la mano y comenzó a arrastrarme hacia el interior de la casa.
—Ven, vamos —dijo con entusiasmo.
Connor, al ver que me alejaba, me miró de manera curiosa, pero lo dejé atrás, sabiendo que en cualquier momento volvería a su lado. No me gustaba que él quedara atrás, pero en este momento, Roderick parecía tener algo planeado y no quería desaprovechar la oportunidad de descubrir qué era.
Dejé que me guiara por los pasillos, con Roderick dando saltitos mientras me arrastraba hacia el cuarto. Cuando llegamos, la atmósfera era completamente diferente a lo que estaba acostumbrada. Las luces tenues de las velas iluminaban suavemente la habitación, y las cortinas estaban completamente cerradas, creando un ambiente oscuro y acogedor. El cuarto parecía un pequeño santuario, como si estuviera destinado para algo especial.
En el centro de la habitación había una sábana extendida sobre el suelo, y sobre ella, una canasta que parecía haber sido preparada para un picnic. Todo el lugar desprendía un aire de misterio y romance, y aunque me sentí sorprendida, algo en mi corazón se conmovió al ver tanto esfuerzo y cuidado en el detalle.
—¡Solpresa! —dijo Roderick, soltando mi mano con una gran sonrisa en su rostro.
Sonreí, sintiéndome emocionada y confundida al mismo tiempo. Aunque no entendía muy bien lo que estaba sucediendo, el gesto era tan genuino que me hizo sentir especial.
De repente, Oshin salió del closet. Estaba sosteniendo un enorme ramo de rosas amarillas, y su expresión, aunque nerviosa, irradiaba una ternura inmensa. Estaba vestido con ropa casual, y su rostro, completamente ruborizado, se veía iluminado por la luz suave de las velas que rodeaban el cuarto.
Vi cómo sus manos temblaban un poco al sostener el ramo, y me dio una extraña sensación de ternura. Era tan evidente que estaba nervioso, pero su esfuerzo para hacer que este momento fuera perfecto no pasó desapercibido. La luz de las velas reflejaba en su rostro, haciéndolo aún más hermoso, más vulnerable, más real.
Sonreí ampliamente al verlo, mi corazón dio un vuelco. Era uno de esos momentos que quedarán grabados en mi memoria para siempre, una imagen que valía la pena atesorar. Oshin estaba allí, completamente nervioso, pero también profundamente tierno. En ese instante, todo el mundo exterior desapareció, y solo quedábamos nosotros en ese pequeño rincón del mundo, rodeados por la calidez de las velas y el aroma a flores.
Me acerqué a él, sin decir una palabra, pero mis ojos hablaban por mí. No necesitaba más que ese gesto, esa sinceridad que se reflejaba en su rostro.
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Editado: 12.04.2026