Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 41: "ahora si lo saben todos" (parte Dos)

—Feliz dieciséis años de conocernos, pequeña —murmuró Oshin, mientras sus ojos se posaban sobre las rosas en sus manos. Se acercó lentamente hacia mí, su presencia calmante en medio del caos que comenzaba a formarse alrededor. Sonreí, sintiendo el calor de su mirada y la suavidad de sus palabras.

Hoy, 13 de junio, se cumplían dieciséis años exactos desde que conocí a Oshin en aquel orfanato. Recordaba cada detalle: la tristeza en sus ojos, su timidez, su forma de mirarme como si temiera que alguien pudiera arrebatarme de su vida. En esos años, el mundo cambió tanto, pero lo que nunca cambió fue la manera en que lo veía, esa figura que se mantenía firme, aún en sus momentos más débiles.

Mi corazón dio un vuelco al verlo así, tan tierno y vulnerable, a sus casi treinta y un años. Aunque el tiempo había pasado y las cicatrices del pasado ya no eran tan evidentes, aún podía verlo como ese niño asustadizo que no sabía cómo enfrentar al mundo más que con rabia. La misma ternura que siempre había tenido, la misma timidez que lo hacía parecer tan frágil.

Extendió su mano hacia mí, donde sostenía las rosas, y yo las tomé lentamente, como si cada pétalo que tocaba me conectara con el pasado, con la niña triste en el jardín. Le sonreí, pero él me miró con una suavidad en los ojos que me hizo sentir vulnerable, como si esos años de separación nunca hubieran existido, como si nada más importara.

—Pensé que no recordarías este tipo de fechas —murmuré, mirando las flores, sin poder quitarme la sensación de que algo más estaba ocurriendo, algo que estaba más allá de esas simples rosas.

—Es la fecha más importante para mí. Fue cuando vi a aquella pequeña niña triste cantar en el jardín, sola, entre las flores… —dijo, sus ojos clavados en los míos, como si pudiera ver más allá de mi fachada. Su voz tenía una calidez que me hizo ruborizarme, sonriendo nerviosa.

La sinceridad en sus palabras me desarmó. Siempre había sido tan directo, tan honesto, incluso en los momentos más dolorosos. Yo no podía hacer lo mismo. Estaba atrapada entre mis pensamientos y mi miedo a lo que los demás pensaran.

—Gracias —murmuré, apenas pudiendo controlar las emociones que se alzaban en mi pecho.

—No hay de qué, pequeña —respondió él, con esa sonrisa que me era tan familiar, una sonrisa que parecía tener la capacidad de borrar todas las sombras.

En ese preciso momento, Rodic interrumpió, haciendo que la atmósfera tranquila se rompiera de golpe.

—Bueno, yo me voy… Pásenla bien —dijo, cerrando la puerta tras él. Su comentario, aunque algo brusco, nos hizo reír a Oshin y a mí. Sin embargo, antes de que la puerta se cerrara por completo, Rodic volvió a asomar su cabeza.

—Si papá se quiere pasar de listo, congélalo o electrocutalo con tu poder mágico —recomendó con una sonrisa traviesa del otro lado de la puerta.

Reí aún más y asentí, mientras Oshin, que siempre había sido tan serio, ahora sonreía abiertamente.

—Así será, Rodic —le dije, aún con una sonrisa que se reflejaba en mi rostro. El niño sonrió y, ahora sí, cerró la puerta detrás de él.

Oshin suspiró y, con un tono juguetón, murmuró:

—Tengo miedo —como si las palabras fueran una broma para aligerar el ambiente.

Sonreí, pero la tensión en mi cuerpo seguía allí. No podía evitarlo; cada vez que estaba cerca de él, sentía cómo la ansiedad se apoderaba de mi ser, mezclada con el deseo de que nada malo pasará.

Me acerqué a él, dejando las rosas en una de mis manos. A medida que me aproximaba, mi corazón latía más rápido, como si el simple hecho de acercarme a él me llenara de sensaciones que no podía controlar. Pegué mi pecho al suyo y me puse de puntillas para besar sus labios. Él respondió al beso, pero había algo más en su mirada, una mezcla de desesperación y deseo que me hizo temer lo que podría suceder si nos entregábamos completamente.

Enredé mis brazos alrededor de su cuello, todavía sosteniendo el ramo de rosas en una mano. Nos separamos por la falta de aire, ambos respirando pesadamente, como si hubiéramos estado en la misma batalla interna.

—Te extrañé —murmuré, mi voz temblando un poco, sin poder ocultar lo que sentía. Era más que la ausencia; era todo lo que había estado acumulado en estos años.

—Yo más, pequeña, no sabes cuánto —murmuró él, cerrando los ojos mientras sentía su aliento cálido rozando mi piel. Sus palabras se quedaron colgando en el aire, pero algo en su tono me hizo dudar.

No podía evitar pensar que tal vez sus sentimientos no eran tan profundos como los míos, que quizás las cicatrices de su pasado lo habían dejado atrapado en una mentira que él no estaba dispuesto a enfrentar. O que yo era demasiado desconfiada luego de absolutamente todo lo que había pasado en los años.

Observe cómo sus ojos permanecían cerrados. Era como si el tiempo que habíamos pasado separados fuera solo un mal sueño para él. Para mí, no era tan fácil. No podía simplemente ignorar lo que había cambiado, lo que yo misma había llegado a ser.

Sin embargo, no podía negar lo que sentía. Sentí sus manos en mi cintura y las mías rodeando su cuello, nuestras respiraciones se entrelazaban y nuestros corazones latían al mismo ritmo. Era una sensación que quería disfrutar, pero también sabía que algo dentro de mí no podía olvidarse de las sombras que acechaban nuestra relación.

De repente, algo cambió. Afuera, el caos comenzó a desatarse. Los gritos incontrolables y los sonidos de golpes y destrucción nos hicieron separarnos bruscamente. La tranquilidad que habíamos creado en ese momento desapareció en un instante, y un miedo primitivo se apoderó de mí.

—Tenía que ser una broma —pensé, con una sensación creciente de que todo lo que estaba ocurriendo nos superaba. De pronto, Connor apareció en la puerta, ladrando con furia, su presencia inconfundible en medio de la confusión. Estaba tan molesto como yo, si no es que más.




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