Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 43: "no me decepciones más" (parte Dos)

Un crujido resonó en el aire, con un sonido seco y profundo, como el estallido de brasas al rojo vivo. Entonces, una onda de calor emergió a mi alrededor y, con ella, mis espectros de fuego tomaron forma.

Desde las sombras mismas, sus figuras emergieron con una majestuosa imponencia, sus cuerpos vibrando entre la realidad y el más allá. No eran simples bestias, no eran solo llamas; eran entidades vivientes, forjadas en el núcleo de una furia ancestral.

Se alzaron en torno a mí, sus formas oscurecidas por siluetas etéreas que parecían danzar entre las llamas. Sus cuerpos fluctuaban, moviéndose entre lo tangible y lo incorpóreo, oscilando entre lo definido y lo informe. Cada uno de ellos tenía una apariencia única, aunque todos compartían un rasgo común: la sensación de peligro absoluto.

Sus ojos —o lo que se asemejaba a ojos— eran orbes incandescentes de un brillo espectral, algunos centelleaban en un blanco puro y ardiente, otros en un rojo profundo, como si llevaran consigo el resplandor de un metal fundido. Pero los más aterradores eran aquellos cuyas miradas se tornaban en pozos de vacío, agujeros negros de energía devoradora que absorbían la luz a su alrededor.

El primero en materializarse fue Infernus, un coloso de fuego azulado cuya silueta parecía la de un dragón esquelético. Su estructura ósea, forjada en llamas crepitantes, se retorcía con cada movimiento. Su aliento era una niebla abrasadora, su lengua una extensión líquida de magma goteante. Bufó con impaciencia, exhalando un vapor tan caliente que el suelo bajo él se ennegreció al instante.

A su lado, Umbraflame se deslizó como una bestia sin forma definida, un ente amorfo de oscuridad y fuego que ondulaba en el aire como si flotara entre planos de existencia. Sus extremidades se estiraban y encogían con cada movimiento, como tentáculos ardientes que amenazaban con devorar todo a su paso. Sus fauces no tenían un contorno fijo, pero cada vez que abría la boca, un centenar de dientes brillaban en un fulgor incandescente, como si cada uno de ellos fuera una espada al rojo vivo.

Más allá, Pyraxis rugió con un sonido gutural que hizo vibrar el ambiente. Su forma era la de un león de proporciones titánicas, su melena un torbellino de llamas doradas que chisporroteaban con cada sacudida de su cabeza. Sus garras, largas como dagas, dejaban surcos humeantes en el suelo con cada pisada.

Junto a él, Cremator, un espectro de alas inmensas, extendió su envergadura, proyectando una sombra imposible, aunque su cuerpo estaba compuesto enteramente de fuego. Sus plumas, si es que podían llamarse así, eran hilos danzantes de un fuego violáceo que cambiaba de tonalidad con cada batida de alas. Cuando su pico se abrió, no emergió sonido alguno, pero el aire vibró con una onda de calor tan intensa que la piel de mis enemigos se perló de sudor al instante.

Cada uno de mis espectros era una manifestación de destrucción pura, pero juntos, formaban un ejército de fuego viviente.

El suelo bajo nosotros comenzó a resquebrajarse, la piedra misma incapaz de soportar la presión de su presencia. La hierba se convirtió en ceniza en cuestión de segundos, y el aire chisporroteó con la energía desatada.

Bufaron, gruñeron, dejando escapar sonidos guturales que resonaban en el espacio con una advertencia latente. Sus fauces, tan grandes como las puertas del infierno mismo, se abrieron de par en par, dejando ver filas interminables de dientes afilados, cada uno de ellos resplandeciendo con el brillo de una espada fundida.

El calor era insoportable, una ola sofocante que hacía que incluso las sombras temblaran. Y, sin embargo, yo permanecía en calma en el centro de la tormenta, observando con satisfacción cómo el terror comenzaba a nacer en los rostros de mis enemigos.

Entonces, con una sonrisa que apenas ocultaba la emoción en mi pecho, murmuré con suavidad:

—¿Quién quiere ser el primero?

Miré de reojo a mis enemigos y luego a mis espectros, que ya estaban gruñendo con ansias de atacar.

—Así me parece algo más justo…

En un abrir y cerrar de ojos, mis espectros se lanzaron contra ellos, atacándolos con una precisión letal y acorralándolos en un punto exacto. Si antes me temían sin conocerme, ahora les daría razones reales para hacerlo.

Entonces, un sonido me hizo girar la cabeza de golpe.

Un quejido desgarrador.

Riu estaba en el aire, sus patas moviéndose desesperadamente mientras una raíz lo estrangulaba. Una ninfa lo sostenía con su poder, con una expresión de odio en el rostro.

Dentro de la casa, escuché el grito de Ai y el llanto de Roderick.

Algo dentro de mí se rompió. Toda la ira que había estado conteniendo hasta ahora se desparramó como un mar inquieto rompiendo un puente que lo contenía, sonriendo como la rabia recorría cada centímetro de mi.

Mis manos y ojos comenzaron a arder. El cielo se oscureció y los relámpagos iluminaron la escena. Rayos cayeron con fuerza contra el suelo, haciéndolo temblar.

Sin pensarlo, me lancé hacia Riu. Con un movimiento rápido, desnuqué a la ninfa, deshaciéndome de la raíz que lo sujetaba.

—No entendieron por las buenas… —murmuré, sintiendo el ardor en mis ojos intensificarse.

Una risa macabra escapó de mis labios.

—Mátenlos —ordené a mis espectros por conexión mental.

La masacre comenzó.

Un vampiro intentó atacarnos, pero con un simple movimiento de mi mano, una raíz emergió del suelo y lo atravesó, colgándolo en el aire. Se retorció y me miró con terror.

—He dejado de jugar —susurré.

Un rayo cayó sobre él. Su grito desgarrador resonó en el aire antes de que su cuerpo quedara inerte.

Me levanté y miré a los demás.

Todos me observaban con horror.

—Creo que ahora sí perdí la cabeza… —murmuré con una sonrisa siniestra.

Dai se acercó y salté sobre su lomo. Mi mano firme sobre su nuca lobuna, una corriente de electricidad recorriendo la palma de mi mano con fuerza.




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