Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 44: "perderme..." (parte uno)

"A ella no le importan tus palabras o como la salvaras, de donde ella viene no hay salvadores"

Fumiko Ibars

—No- nosotros... —balbuceó uno de ellos con la voz entrecortada, apenas un susurro ahogado por el terror.

La risa brotó de mi garganta, ronca, oscura, casi vibrante con la electricidad del momento. Me mantenía suspendida en el aire, con Dai bajo de mí, sintiendo su calor, su poder, su furia en sincronía con la mía.

—No hables… ni lo intentes… —murmuré con una tranquilidad escalofriante—. Este secreto ha sido guardado por demasiado tiempo.

Descendí lentamente hasta tocar el suelo con ligereza, mis pies apenas levantando polvo. La multitud se estremeció. Mi sonrisa se ensanchó con deleite al ver cómo intentaban retroceder, cómo sus cuerpos reaccionaban instintivamente a la presencia de algo que no podían comprender ni enfrentar.

Pobres… tan vulnerables, tan débiles.

Mis espectros emergieron con un resplandor feroz, sus cuerpos envueltos en llamas de distintos colores, vibrantes, danzantes. Rodearon a la multitud en un movimiento fluido, cerrando cualquier posible vía de escape. Gruñidos guturales, chasquidos de fauces afiladas y siluetas gigantescas proyectadas por el fuego hicieron que los más débiles cayeran de rodillas, llorando antes de siquiera intentar moverse.

—No corran… no lo intenten… —susurré, avanzando un paso. Todo mi cuerpo vibraba de poder.

El grupo se encogió sobre sí mismo, algunos temblaban, otros sollozaban en silencio.

—Han huido por demasiado tiempo.

Mi voz era un eco de sentencia, un cuchillo deslizándose por la piel sin prisa, sin piedad.

Vi cómo algunos luchaban por controlar el temblor en sus piernas, como si todavía conservaran un atisbo de orgullo. Qué patético.

—Todo es tan confuso, ¿no? —continué en un tono suave, casi acariciando sus mentes con cada palabra—. En los sueños, todo es posible… las emociones están al desnudo… y ahora… ahora probablemente me estén volviendo loca.

Otro paso.

El aire se cargó de algo indescriptible. Algo primitivo.

Mis ojos se deslizaron lentamente por cada uno de ellos, observando sus rostros deformados por el miedo, sus respiraciones erráticas, los labios temblorosos que no se atrevían a pronunciar ni una súplica.

—No siento lástima por ninguno de ustedes.

Y entonces, grité:

—¡¡Griten, pidan piedad, supliquen todo lo que quieran!!

Mis palabras rebotaron en el aire como un trueno, haciendo que algunos se encogieran más, pegándose entre ellos en un vano intento de buscar protección.

Mis espectros rugieron al unísono, sus llamas crepitando con una energía casi viva. Los acorralaron aún más, impidiéndoles cualquier posibilidad de movimiento.

—¿Dónde está su valentía ahora? —pregunté con una sonrisa torcida, dejando que cada palabra goteara ironía—. ¿No eran tan valientes cuando vinieron a enfrentarse a mí? ¿Dónde está su fuego?

Di otro paso, y el grupo se estremeció.

—Demuéstrenme que realmente quieren vencerme… —mi tono se volvió casi melancólico, como si de verdad me apenara su miseria—. Vamos… ¿por qué no atacan de nuevo? No los detendré…

Me relamí los labios.

—Pero aténganse a las consecuencias…

Mi último gruñido hizo que la tensión en el aire se volviera insoportable.

Ellos no lo soportaron.

Uno de ellos cayó de rodillas, su rostro empapado en lágrimas, su cuerpo sacudido por el llanto.

Pobres criaturas.

Mis manos picaban, ardían con la necesidad de dar la orden, de ver sus cuerpos reducidos a cenizas, de verlos retorcerse hasta el último aliento. Todo mi ser clamaba por el final, por la sangre, por el castigo.

Habían lastimado a Riu.

Y sin embargo…

Algo aún me detenía.

—¿No querían matarme? —murmuré con dulzura, como si hablara con niños asustados—. Vamos… inténtenlo. ¿Eso no era lo que querían?

Mi sonrisa se torció en algo más… enfermo.

Así que aquí están… se supone que esto es real. ¿Ahora me temen?

Reí con ironía, negando lentamente.

—La historia se remonta a mucho tiempo atrás… y estoy cansada.

Mi voz descendió hasta convertirse en un susurro rasposo, lleno de algo más profundo que la furia, algo que rozaba la desesperación.

—Estoy cansada de luchar contra lo que deseo salvar…

Me incliné ligeramente hacia adelante, como un depredador analizando a su presa.

—Solo quiero salvarlos…

Mi risa se tornó más oscura, más rota.

—Solo quiero que cedan… simplemente cedan…

Mis pies avanzaron con lentitud, disfrutando cada segundo de su miseria, de su retroceso instintivo, de la forma en que sus ojos no se atrevían a encontrarse con los míos.

—No me interesa su perdón.

Mis ojos recorrieron los cadáveres esparcidos a nuestro alrededor, sombras inmóviles de lo que alguna vez fueron.

—Ustedes me obligaron.

Silencio.

—Les daré una última oportunidad…

Mi voz flotó en el aire, cortante, definitiva.

—La última.

Y entonces…

Un gruñido.

Connor.

Su figura se alzó entre el mar de cuerpos temblorosos, su pelaje oscuro como la noche vibrando con tensión, sus ojos rojos ardiendo con una furia desafiante.

Me gruñó, su postura rígida, protectora, su aliento pesado llenando el espacio entre nosotros.

Dai se movió al instante, colocándose frente a mí, desafiándolo con una postura amenazante. Connor era mucho más grande que Dai, sonreí ligeramente con ironía sintiendo como mi corazón retumbaba en mi interior sin un lugar fijo.

La electricidad en el aire era sofocante.

Mi respiración se volvió errática.

La sed de sangre palpitaba dentro de mí, consumiéndome desde el pecho hasta la punta de los dedos.

Lo sabía. Sabía que no era sano.

Pero tampoco hice nada por evitarlo.

El enojo, la rabia, el dolor, la soledad… todo lo que me consumía se estaba liberando ahora, frente a estos seres insignificantes que alguna vez creyeron tener la capacidad de derrotarme.




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