"Despues de ciertos demonios, no cualquier infierno quema"
Oshin Itreque
Una profunda molestia se apoderó de mí al verla tomada de la mano de ese hombre. No entendía quién era, ni por qué estaba así con ella… No quería sacar conclusiones precipitadas, pero una sensación amarga me recorría el pecho. ¿Qué significaba todo esto? ¿Qué estaba pasando entre ellos? La rabia crecía en mi interior, pero también una sensación de impotencia que me ahogaba.
Miré su rostro, pero ella no me vio. Estaba tranquila, casi serena, con una pequeña chispa en sus ojos que no podía ignorar. Aquella lucecita de felicidad que no veía desde que estábamos juntos. Era el mismo brillo que antes, cuando estaba conmigo, cuando compartíamos momentos llenos de sueños y promesas. Ahora, ese brillo parecía exclusivo para él, ese hombre al que no conocía. La duda, como un peso, se coló en mi mente y me destrozó por dentro.
Gruñí un poco, apretando mis puños y mi mandíbula para ahogar el gruñido en mi boca. Cerré los ojos con fuerza e impotencia, apartando la mirada de ella. No quería aceptar que algo andaba mal, no quería aceptar lo que ya era tan evidente. La había perdido por completo, y esto solo me lo confirmaba.
Lo sospeché desde lo de Marlin, pero que ella no me hubiera pedido romper nuestro lazo me dio esperanza, pensando que mis ideas tal vez eran erróneas. Sin embargo, algo dentro de mí siempre sospechó que algo no estaba bien.
Aparté la mirada de ella, no podía soportarlo. No quería aceptar lo que estaba claro, lo que ya había sospechado durante tanto tiempo: la había perdido. La certeza de que nunca volveríamos a ser los mismos me desgarraba, pero era lo que me estaba diciendo todo lo que veía, todo lo que sentía.
Lo había sospechado desde aquel incidente con Marlin. A pesar de que ella nunca me había pedido que rompiéramos nuestro lazo, mi corazón siempre temió que las cosas cambiarían, que mi presencia ya no sería suficiente para ella. Ahora todo estaba más claro, más nítido que nunca. Algo dentro de mí, aunque no lo aceptara, siempre había temido llegar a este momento.
La mano de mi padre apoyada en mi hombro me hizo abrir los ojos para mirarlo. Elevó su otra mano hacia mi rostro y limpió mi mejilla. Abrí los ojos de par en par al darme cuenta de que estaba llorando. Sonrió un poco, acariciando con su pulgar mi mejilla.
La mano de mi padre descansó en mi hombro, obligándome a abrir los ojos. Lo miré, y él, con gesto tranquilo, elevó su otra mano para acariciar mi mejilla. Al contacto de su dedo sobre mi piel, una lágrima escapó sin previo aviso. No quería que me viera así, no quería que nadie viera lo débil que me había vuelto. Pero era inevitable. Estaba llorando, y no podía controlarlo.
Me sonrió de manera suave, casi comprensiva, mientras me acariciaba la mejilla. Intenté apartar la mirada, no quería que él lo notara, no quería que supiera cuán perdido me sentía. Limpié mis ojos con el dorso de mi mano, tratando de ocultar las lágrimas, pero no pude evitar que más se desbordaran. Me aparté de él con fuerza, quitando su mano de mi hombro, como si su toque fuera un recordatorio de lo roto que estaba por dentro.
Ese hombre se agachó un poco para llegar a la altura de ella y le dijo algo al oído. Ella sonrió un poco y asintió, soltando su mano. Él se separó de ella y desapareció, como lo hace ella a veces.
Al verla, sentí un vacío abismal. Ella ya no miraba al mundo como antes, ya no tenía ese brillo en los ojos, esa chispa especial que sólo tenía cuando estábamos juntos. Y al darme cuenta de eso, el dolor se intensificó. Ya no era yo quien causaba esa luz, esa alegría en su vida. Ya no era yo su refugio, su fuente de paz. Me sentí tan pequeño, tan inútil, al darme cuenta de lo poco que importaba mi presencia en su vida ahora.
Mi pequeña observó a la multitud de manera seria, ya sin ese brillo que tenía cuando estaba con él, ese brillo que tenía antes de irse ese día. Me sentí tan miserable al darme cuenta de que yo ya no provocaba ese bello brillo soñador en su mirada. Aunque provocara las más tiernas de sus sonrisas, no valían nada sin ese brillo tierno en sus ojos.
Un gruñido salió de mi garganta, involuntario. Ella se volteó rápidamente, sus ojos buscando los míos. Fue entonces cuando noté que mis mejillas estaban mojadas, que las lágrimas seguían cayendo sin que pudiera detenerlas. Su expresión cambió de inmediato, de esa seriedad a una expresión preocupada, como si le doliera ver mi sufrimiento. Y eso, de alguna manera, me hizo sentir aún peor.
Dai, en algún rincón perdido de mi mente, se sentía triste. Le di la espalda a todos, avergonzado de mi propia debilidad, y me dirigí hacia la casa. No quería que nadie me viera así, no quería que se dieran cuenta de lo roto que estaba por dentro. La rabia y la tristeza se mezclaban, pero lo que más dolía era el vacío que dejaba su ausencia.
Aparté la mirada, avergonzado, y le di la espalda a todos, entrando a la casa.
— ¡Oshi! — gritó ella, preocupada, siguiéndome, pero la ignoré cuando vi lo que había dentro de la casa. Mi corazón se heló al ver a mi hermana al pie de las escaleras, inconsciente, con su camisa rasgada en el abdomen y cubierta de sangre. Roderick estaba junto a ella, con sus pequeñas manos llenas de sangre, igual que su ropa. Su brazo derecho tenía una herida, y sus mejillas estaban marcadas por lágrimas y sangre.
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Editado: 15.07.2026