— Pa... papi — murmuró al verme, con la voz quebrada. Fumiko entró corriendo a la casa, abriendo los ojos de par en par al ver lo mismo que yo.
— ¡Ai! — gritó, corriendo hacia ella y pasándome por un lado. Se tiró al suelo junto a ella, frente a Roderick. Me acerqué también. Fumiko subió su cuerpo a sus piernas, dejando la cabeza de mi hermana en su abdomen. Llevó sus manos a su abdomen y suspiró pesadamente.
Me coloqué junto a Roderick para quedarme frente a ellas, y él se lanzó a mí, ocultando su cara en mi pecho, aferrándose a mi camisa. Lo abracé, subiéndolo a mi regazo mientras las lágrimas se acumulaban en mis ojos. Los ojos de Fumiko se volvieron completamente blancos y sus manos brillaron. Dos lágrimas de color dorado se deslizaron por sus mejillas.
— Estará bien, solo... necesita descansar — dijo mi pequeña con un tono completamente neutro. Sus ojos regresaron lentamente a la normalidad. Me miró y luego bajó su vista a la espalda de Roderick. Suspiró y limpió sus mejillas de esas lágrimas doradas. — Está bien, Roderick, no llores más — pidió con su tono normal.
Él asintió sin separarse de mí, mirándome a los ojos mientras mordía su labio inferior.
— Creo... creo que debemos hablar, Oshi — dijo sin apartar su vista de mí.
Asentí, queriendo negarme hasta lo más profundo. No quería que me dijera lo que temía. No quería que fuera completamente cierto lo que me aterraba. Temía que me pidiera cumplir aquella promesa que le hice a mi hermana años atrás, una promesa que pensaba cumplir como recompensa por todas las anteriores que no logré cumplir.
Mis padres entraron a la casa. Mi papá tenía en brazos a Riu, inconsciente. Mi madre corrió hacia nosotros, llorando, acercándose a mi hermana.
— ¿Qué ocurrió? — preguntó ella.
— Lo llevaré a su habitación, ya regreso — dijo mi padre, subiendo las escaleras. Se detuvo de golpe y observó a mi pequeña un momento. Ella apartó la mirada de él, mirando a Ai. Él se quedó quieto, pensativo, y luego siguió subiendo.
— La llevaré arriba también — dijo Fumiko, y luego ambas desaparecieron. Me levanté del suelo, cargando a Roderick, quien seguía aferrado a mi camisa.
— Fumiko la sanó. Estará bien — murmuro él para sí mismo, aferrándose más a mí, enrollando sus manos en mi cuello mientras sollozaba de manera baja.
— Lo estará — murmuré, subiendo las escaleras.
— Iré a poner en orden a esa gente. Me avisas cualquier cosa, hijo — dijo mi madre en tono preocupado, limpiando sus ojos.
— Gracias, madre — respondí, y seguí avanzando hacia arriba. Pequeños murmullos dentro del cuarto de Ai, que estaba a unos pasos del inicio de las escaleras, llamaron mi atención.
— Gracias por contarme, niña — dijo mi padre, con la voz rota cargada de dolor.
— Yo lo arreglaré. No le digas nada de esto a ninguno... — dijo mi pequeña de forma seria. — Todo se arreglará, solo no... — se calló de golpe. La habitación quedó en total silencio por unos segundos, y luego la puerta se abrió, dejando ver a mi pequeña con expresión seria, observándome.
— ¿No te enseñaron a no escuchar conversaciones ajenas? — preguntó de manera fría. — Tenemos una conversación pendiente, Oshin. Cuando regrese, hablaremos — dijo, saliendo del cuarto seguida de Connor. Quién regreso a ese tamaño perruno común.
— ¿Te vas? — preguntó Roderick, mirándola. Ella lo observó y negó con la cabeza.
— Tengo algo que hacer — me miró. — Cuando regrese hablaremos, solo te pido que no armes ideas estúpidas en tu cabeza... — suspiró pesadamente. — Regresaré cuando termine, solo... espérame — murmuró, apartando su mirada de mí.
— Siempre lo haré — dije sonriendo un poco sintiendo un nudo ahogarme. Ella me miró y sonrió dulcemente.
— Nos vemos... — murmuró ella.
— Niña — la llamó mi padre. Ella volteó a verlo, asintió, y luego desapareció junto a Connor.
Si ella me pedía eso que temía, no tendría fuerzas para seguir. Tragué en seco, sintiendo que el nudo en mi garganta se hacía más y más grande, como si cada palabra que no me atreví a decir en su momento me pesara aún más. Di un paso, y luego otro, y otro, casi como si cada movimiento fuera una batalla contra el miedo que me estaba devorando por dentro. Avancé al cuarto de Roderick, mis pasos resonando de manera ensordecedora en mi mente.
Necesitaba concentrarme en algo, hacer algo, cualquier cosa que me apartara de esos pensamientos oscuros que no dejaban de acecharme. Tenía que curarlo, bañarlo… Algo que me recordara quién era, algo que me diera un respiro de este dolor que me quemaba el pecho.
La ansiedad me recorría como una corriente eléctrica. Mi respiración era irregular, mi corazón palpitaba de manera frenética, como si fuera a estallar en cualquier momento. Sentía una presión sobre mi pecho, como si el aire se volviera denso, como si cada aliento que tomara fuera más difícil que el anterior. Todo a mi alrededor parecía distorsionarse. Las paredes de la casa se volvían borrosas, y los sonidos se desvanecían, como si todo se estuviera desintegrando lentamente.
Era una sensación aterradora. La duda, la incertidumbre, las preguntas que se apilaban una sobre otra sin respuesta alguna.
¿Qué haría si ella me pedía que la dejara libre?, ¿Qué haría si me exigía algo que no podía darle, algo que me desgarraría por completo?
Mi mente no podía dejar de imaginarlo, de visualizar el dolor, el vacío que me quedaría si realmente sucedía. Algo tan sencillo, pero tan devastador, que me haría perder el rumbo. No podría vivir con la idea de perderla, de no tenerla a mi lado. La simple idea me paralizaba. Mi mente daba vueltas, pero mi cuerpo ya no respondía de la misma manera. Todo parecía volverse un vacío pesado, oscuro. Un agujero profundo en mi interior que se expandía con cada pensamiento aterrador.
La ansiedad y la duda me ahogaban desde dentro sin piedad. Todo se sentía tan caótico, tan abrumador, que mi cabeza daba vueltas sin control. Había momentos en los que parecía que el tiempo se detenía, y mi respiración se volvía más difícil. Mi visión se nublaba, el peso de las emociones aplastándome como una roca sobre mi pecho. En esos momentos, me sentía tan frágil, tan incapaz de sostenerme. El suelo bajo mis pies parecía volverse inestable, como si fuera a desmoronarse en cualquier instante.
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Editado: 15.07.2026