"Bórrame la memoria, bórrame de nuestra historia. Olvídame que puedes, cura tus heridas..."
Fumiko Ibars
Me aferraba a su pecho con fuerza, sintiendo el latido pausado de su corazón bajo mi mejilla. Su respiración, lenta y profunda, subía y bajaba con un ritmo que en otro momento habría sido tranquilizador, pero ahora solo lograba hacerme sentir más vulnerable. Ambos llorábamos en silencio; él, por tristeza, y yo, por una mezcla sofocante de emoción e impotencia.
"Eres un injusto..." pensé con el rostro oculto en su pecho, sintiendo cómo su calor me envolvía.
"¿Cómo esperas que te deje si me dices estas cosas? Eres un maldito injusto..."
Una parte de mí quería gritarle, zarandearlo, pedirle que dejara de hacerme esto, que dejara de confundirme, que dejara de torturarme, pero la otra simplemente deseaba quedarse ahí para siempre, sumergida en la sensación de que aún me pertenecía.
Su mano acarició mi cabeza con delicadeza, un gesto que hizo que mi cuerpo se estremeciera. Lentamente, elevó mi rostro con cuidado, obligándome a mirarlo. Mis ojos se encontraron con los suyos, enrojecidos por el llanto, esa mirada miel que siempre había sido cálida y llena de vida ahora lucía apagada. No me gustaba verlo así. Me dolía de una forma que no podía explicar.
—Te amo, pequeña —susurró con la voz rota.
Su confesión se hundió en lo más profundo de mi pecho, dejándome sin aire por un momento. Quise responder, decirle que yo también lo amaba con la misma intensidad, pero mis labios temblaron y mis pensamientos se volvieron un caos. En su mirada había tanto dolor que una ola de culpa me azotó de golpe. Pero aun así, no podía dar marcha atrás. No iba a cambiar de opinión.
Nuestros rostros quedaron tan cerca que nuestras respiraciones se mezclaron. Sentí la presión en mi pecho hacerse insoportable, un vacío que amenazaba con romperme desde dentro. Suspiré, sintiéndome al borde de la desesperación. Y antes de que pudiera detenerme, cerré los ojos y besé sus labios.
Quería recordar su sabor para siempre.
El beso fue lento, dulce y desgarrador al mismo tiempo. Era como si ambos intentáramos grabarnos el uno en el otro antes de que todo se desmoronara. Nuestros labios encajaban a la perfección, como si fueran hechos para estar juntos. En ese instante, lo supe: lo amaba demasiado. Más de lo que jamás había imaginado.
Nos separamos por la falta de aire, pero mantuvimos nuestras frentes unidas. Yo temblaba levemente, con los ojos ardiendo por las lágrimas contenidas.
—Te amo más, Oshin… —murmuré con la voz entrecortada—. Lo hago demasiado y de una manera tan intensa que asustaría a cualquiera…
Mi confesión quedó suspendida entre nosotros. Él besó la punta de mi nariz con ternura antes de sentarse, dejándome en su regazo. Yo le sonreí con tristeza, acariciando su rostro con los dedos temblorosos.
—Tu padre se asombró cuando vio lo desesperada que estaba por aferrarme a ti aquella vez que nos separó… —susurré, recordando aquel momento con una mezcla de melancolía y cariño—. Era tanto lo que sentía por ti, incluso siendo solo una niña, que cualquiera se habría sorprendido.
Él deslizó su mano por mi mejilla con cuidado, su tacto era cálido, reconfortante. Cerré los ojos, disfrutando esa caricia por unos segundos antes de tomar su mano entre las mías para mantenerla ahí.
"Pero nunca saldrá bien…" pensé para mí misma. "Haré todo lo que esté en mis manos para que tengas una vida feliz… sin mí."
Abrí los ojos y lo miré con una sonrisa que ocultaba el peso de mis pensamientos.
—Eres lo más importante para mí… Tú y Roderick son lo que más amo en este mundo —dijo, entrelazando nuestras manos con fuerza.
Sonreí un poco, pero bajé la mirada hacia nuestras manos, tratando de ocultar la tristeza que se colaba en mi expresión.
—Os… —susurré, pero en ese instante, un grito nos interrumpió.
—¡Papá, mi tía despertó! —La voz de Roderick rompió el momento como un trueno.
Volteé a verlo y lo vi correr hacia nosotros desde dentro de la casa.
—Vamos —murmuré, intentando recomponerme.
—¿Pero qué ibas a decirme? —preguntó Oshin con el ceño fruncido.
Negué con la cabeza.
—No es nada —mentí.
No pareció muy convencido, pero no insistió. Se levantó del suelo y, aún con nuestras manos entrelazadas, caminamos hacia la casa.
Al acercarnos a Roderick, él se apresuró a entrar. Lo seguimos hasta el interior, subiendo las escaleras hasta el segundo piso. La puerta del cuarto de Ai estaba abierta y, dentro, Riu la abrazaba con fuerza. Sus padres estaban frente a ella y Roderick a un lado, mirándola con preocupación.
Los ojos de Mael estaban apagados. Aunque trataba de aparentar que todo estaba bien, era evidente que algo en él se había roto. Me estremecí al darme cuenta de que yo era la razón de ese dolor. Ai estaba viva, pero había perdido a su bebé… Y era por mi culpa.
La culpa me golpeó como una ola violenta, oprimiéndome el pecho hasta hacerme difícil respirar.
Oshin soltó mi mano al fin y se acercó a su hermana, apartando a Riu para abrazarla él mismo.
—Hermanita… —susurró con la voz temblorosa antes de besar su cabeza y sus mejillas, repartiendo besos por todo su rostro como si quisiera asegurarse de que realmente estaba ahí.
—¡Déjame, baboso! —se quejó Ai entre risas.
—Me asusté tanto… Pensé que te perdía… —susurró él, estrujándola entre sus brazos.
—Estoy bien… —respondió Ai, pero su voz sonaba débil. No parecía convencida de sus propias palabras.
—No te escuchas muy segura, hija… ¿Estás segura de que realmente estás bien? —preguntó la señora Estrella con preocupación.
Ai asintió con la mirada perdida.
Mael volteó a verme. Lo supe porque sentí su mirada clavada en mí como un peso insoportable. Pero no tuve el valor de mirarlo de vuelta.
—Fumiko… —me llamó Riu con suavidad.
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Editado: 15.07.2026