"Podria decir que te llevare, podria decir lo que hare, pero en el fondo todo lo que deseo es romperte "
Fumiko sentía que el peso del mundo caía sobre sus hombros. Una tormenta rugía en su mente, llena de culpas y arrepentimientos, asfixiándola con pensamientos de lo que pudo haber hecho diferente. Se repetía una y otra vez que debía encontrar una manera de corregir su error, de reparar el daño causado, pero en el fondo sabía que no había vuelta atrás. El dolor se instalaba en su pecho como un veneno lento, cada latido era una punzada recordándole la magnitud de su equivocación.
Mientras tanto, Ai cargaba un vacío inexplicable, una tristeza que la consumía desde adentro. Pero no podía mostrarlo, no podía permitir que su familia viera lo rota que estaba. Así que sonreía, fingiendo con la naturalidad de quien ha perfeccionado el arte de ocultar el dolor. Riu, por su parte, podía sentirlo. La conexión que compartían como mates le permitía leer su angustia como si fuera su propia piel, pero no diría nada, no aún. Sabía que Ai no querría hablar frente a los demás y él respetaría su esfuerzo por mantener la fachada, aunque por dentro le doliera verla fingir. Así que solo la sostuvo contra su pecho, dejando que su calor la envolviera mientras ella sonreía para los demás.
Mael, por otro lado, volvía al cuarto de su hija tras su conversación con Fumiko. Sabía que ella se culpaba por la pérdida de su nieto, y aunque él no la culpaba, temía lo que esa culpa pudiera hacerle. Había algo en la forma en que hablaba, en la forma en que su mirada se apagaba, que lo inquietaba profundamente. No quería ni imaginar que aquella niña —porque para él siempre sería una niña— tomara una decisión de la que no pudiera regresar.
Sin embargo, algo dentro de él se tranquilizó al ver la cadena de acero dorado colgando del cuello de esa niña cuando entraron al cuarto. Un símbolo de reconciliación, quizás. Quería creer que eso significaba que las cosas iban a estar bien, pero no podía confiarse. En su experiencia, cuando el aire se sentía demasiado quieto, era porque la tormenta apenas se estaba preparando para azotar con más fuerza.
Oshin, en cambio, no estaba atrapado en esas sombras. Estaba feliz. Feliz de ver a su hermana bien, feliz de ver a su hijo sano. Aunque eso no evitaba que se enfrascara en una pelea con Riu por quién debía estar más cerca de Ai. Era infantil, sí, pero era su manera de demostrar que estaba ahí para ella, que nada había cambiado. Ai reía al verlos discutir, pero su risa no llegaba a sus ojos.
Por su parte, Fumiko intentaba mantener la calma en medio del terremoto de emociones que la sacudía. Se esforzaba por echar raíces en el suelo roto bajo sus pies, pero todo dentro de ella se desmoronaba.
Sabía que el amor no era suficiente para salvarla, no esta vez. Se sentía derrotada, una perdedora en la batalla contra su propio destino.
Había tomado una decisión hace tiempo, la decisión de elegir su bienestar por encima de cualquier amor, por encima de cualquier deseo de quedarse con él. Pero cada vez que veía al niño de ojos miel, el peso de lo que había perdido se hacía insoportable. Oportunidades robadas, sueños deshechos por fuerzas fuera de su control. Y ahora, estar aquí, en este lugar, solo la estaba destruyendo poco a poco.
En el inframundo.
Los gemelos, Hades y Lucifer, observaban la escena con fastidio. Su plan había fallado, y eso los irritaba.
Hades estaba furioso. Sus deseos de eliminarla crecían con cada segundo que pasaba. Quería salir del inframundo, encargarse del asunto con sus propias manos. Siempre había sido impulsivo, un ser que debía ser domado y complacido para evitar que se descontrolara.
Lucifer, en cambio, era más calculador. También ardía en deseos de destruirla, pero sabía que la precipitación no les daría la victoria. Tenían que pensar, tenían que ser estratégicos.
—Tenemos que traerla a nuestra madriguera de conejo... —murmuró Lucifer con frialdad, usando su término favorito para referirse al inframundo.
—Pero primero tenemos que romperla… —gruñó Hades entre dientes, su voz impregnada de furia. Su impaciencia casi lo hacía temblar de anticipación.
Lucifer dejó escapar una sonrisa torcida mientras lanzaba al aire una pequeña esfera de oscuridad, atrapándola antes de que tocara el suelo una y otra vez. Observó a su hermano con interés.
—Podría ser un avance… —susurró, analizando la idea.
—Alrededor de una bola de demonios bailando… —musitó Hades con una sonrisa macabra, disfrutando la imagen mental.
—Profundo, profundo en la interminable oscuridad… —añadió con satisfacción, como un niño jugando con un nuevo juguete.
De pronto, Lucifer detuvo su juego con la esfera y su sonrisa se ensanchó.
—Lo tengo...
Hades se giró hacia él, emocionado.
—¿Qué tienes?
Lucifer rió suavemente, disfrutando de la expectación de su hermano. Miró sus ojos verdes oscuros, los únicos de su color en toda su raza. Por eso siempre hacía todo lo posible por concederle lo que quería. Le encantaba verlos brillar con emoción.
—La manera de romperla… la forma en que caerá.
Hades se estremeció de placer ante la idea.
—¿Estás seguro de que funcionará?
Lucifer asintió con confianza.
—¿Qué haría si pierde a alguien aún más importante que el engendro que iba a tener la chica?
Hades casi se estremeció de emoción.
—Romperse… —susurró con deleite.
Lucifer sonrió con suficiencia.
—Exacto, hermano. Así todo será más fácil.
Los gemelos del inframundo eran la imagen perfecta de la destrucción en equilibrio.
Hades era el caos sin control.
Lucifer la mente maestra que lo guiaba.
Se complementaban, pero también se destruían mutuamente, y sus enemigos aún no sabían si eso era una debilidad o una fortaleza.
Por otro lado, Garret estaba con Connor en la cabaña, sintiéndose completamente derrotado. Había peleado contra sus propios sentimientos, pero ya no podía engañarse. La amaba. Y sabía que ese amor no cambiaría nada. No importaba cuánto la deseara, cuánto estuviera dispuesto a dar por ella… el corazón de Fumiko no le pertenecía.
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Editado: 15.07.2026