Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 53: "un deseo" (parte uno)

"¿Estas loco como yo?
¿Has sufrido como yo?
¿Has comprado un champaña de 100 dólares como yo?

¿Solo para tirar al desagüe a ese hijo de puta como yo?"

Garret Exovarion Luxverum

Las calles de Grecia se extendían frente a mí, bañadas por la luz de un sol perezoso que se ocultaba tras el horizonte. Caminaba sin rumbo fijo, sintiendo el peso de mis propios pensamientos hundirme en una tormenta que no parecía tener final. Tanto tiempo esperándola… Tanto tiempo deseando que me mirara de la forma en que yo la miraba… ¿Para qué? Para que terminara enamorándose de otro.

El viento arrastraba consigo el aroma salino del mar, mezclado con el dulzor de las bugambilias que adornaban los balcones de piedra. Atenas, con su mezcla de antigüedad y modernidad, con sus calles empedradas y murales gastados por el tiempo, parecía un escenario ajeno a mi pesar. Mi pecho se sentía pesado, y aunque mis pasos avanzaban con firmeza, en mi interior todo parecía tambalearse.

No podía hacer nada… Por más que me doliera admitirlo, ella estaba completamente enamorada de ese alfa, y no tenía más opción que aceptarlo. No me quedaba otra salida más que resignarme, tragarme mi orgullo y pretender que no me afectaba, que no me carcomía por dentro la simple idea de verla en sus brazos, de saber que sus pensamientos no estaban conmigo.

Suspiré pesadamente, cerrando los ojos un instante, intentando calmar la sensación de opresión en mi pecho. El sonido de unas patas contra la piedra me sacó de mis pensamientos. Connor, el lobo que me había acompañado últimamente, caminaba a mi lado con el porte de un guardián fiel. Me ladró, llamando mi atención, y al voltear a verlo, lo hizo de nuevo, más insistente.

—Tienes razón… —murmuré, agachándome para posar mi mano sobre su cabeza.

El pelaje de Connor era grueso, oscuro como la noche, y su mirada inteligente reflejaba una lealtad inquebrantable. Desde que ella había comenzado a pasar más tiempo en la casa del alfa, él no se separaba de mí. Tal vez porque sabía que yo no lo admitiría en voz alta, pero sí en el silencio de mi soledad.

Me puse de pie con decisión y respiré hondo. Era hora de ir a donde realmente importaba.

—Vamos allá entonces.

Connor asintió con un leve gruñido, y en un parpadeo, ambos desaparecimos de aquel rincón de Grecia.

Cuando abrí los ojos, estábamos ante una de las cinco puertas de las Líneas, esas colosales estructuras que no solo separaban los planos de existencia, sino que parecían guardar todo el poder y el misterio de los mundos entre sus límites. La puerta que tenía frente a mí, la de los Olimpos, era una maravilla que parecía desafiar toda lógica y comprensión.

Era más que una simple puerta. Era un monumento vivo, forjado con la esencia misma de la creación, una estructura tan descomunal que su tamaño hacía que los cielos se sintieran diminutos a su alrededor. Su superficie estaba hecha de mármol blanco inmaculado, pero no de cualquier mármol: el que reflejaba la luz de una manera casi hipnótica, proyectando destellos de colores que se mezclaban como si la propia puerta estuviera naciendo de la luz misma. El mármol parecía moverse sutilmente, como si respirara, y cada grieta en su superficie estaba llena de destellos dorados que parecían latir al unísono con la energía que fluía en su interior.

En el centro de la puerta, un símbolo tallado en oro se extendía en intrincados patrones que se retorcían y brillaban con vida propia. Era como un ojo cósmico que observaba todo lo que se acercaba, reconociendo la presencia de quien osara desafiar su umbral. No era solo una marca, era un ser consciente, un guardián silencioso, esperando la señal para abrirse y permitir el paso. El aire a su alrededor vibraba con poder, tan denso que hasta el tiempo parecía ralentizarse al tocarlo.

Observé con detenimiento, sintiendo como la puerta emanaba una presión indescriptible, un poder tan palpable que casi podía tocarse. Era como si todo el cosmos estuviera contenido en esos muros, como si cada estrella, cada galaxia, y cada ser celeste estuviera atrapado dentro de ese vasto portón, aguardando la oportunidad de liberarse.

Chasqueé los dedos, y con un destello de luz, el cetro apareció en mi mano. Era mi llave, mi conexión con este otro plano. El cetro, un artefacto que desafiaba la comprensión de cualquier ser, era un objeto antiguo, forjado en un tiempo tan lejano que ni siquiera los recuerdos más antiguos de los celestiales podían remontarse a su origen. La madera que lo formaba era oscura como la medianoche, y sus inscripciones parecían moverse bajo la superficie, escribiendo palabras en lenguajes olvidados, indescifrables para mortales e inmortales por igual. La punta del cetro contenía un cristal que destellaba con una luz pulsante, reflejando la energía de los planos en una danza hipnótica. Cada vez que lo activaba, el cristal parecía latir, como si fuera una extensión de mi propio ser.

No cualquiera podía cruzar entre los mundos. Las puertas estaban selladas, protegidas por un antiguo hechizo que mantenía el equilibrio entre los planos. Los celestiales no podían acceder al mundo humano sin permiso, y los seres de otras dimensiones no debían interferir en el orden del otro lado. Solo unos pocos, aquellos con la llave adecuada, podían desafiar esa restricción sin causar caos. Yo había tomado esa decisión: las puertas permanecerían cerradas, y sólo al momento adecuado, cuando las estrellas alinearan sus destinos, se abrirían.

Al acercar el cetro al símbolo dorado en el centro de la puerta, una energía inmensa corrió a través de mi cuerpo. El zumbido que surgió del interior de la puerta era profundo, como el rugido de un antiguo monstruo despertando, y las líneas doradas en el mármol comenzaron a brillar intensamente. Poco a poco, el portón comenzó a abrirse, pero no de manera ordinaria. No. La puerta se desdoblaba como si fuera una criatura mística extendiendo sus alas, abriendo un espacio entre mundos, como si una capa del cielo fuera retirada para revelar lo que estaba más allá.




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