Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 54: "un deseo" (parte dos)

El sonido del portón cerrándose fue un eco bajo, profundo, como un latido primordial sellando la transición. El zumbido de la energía, mientras la puerta volvía a cerrarse, resonó por el aire, y con ello, una sensación de que todo estaba en su lugar, que el paso entre los mundos ya estaba sellado, al menos por ahora.

El lugar era irreal, sobrecogedor, como si cada elemento, cada rincón de este plano estuviera esperando que algo sucediera, que alguien como yo cruzara su umbral, que el destino de todo el universo tomara un giro inesperado. Y mientras el viento suave de ese mundo susurraba a mi alrededor, supe que estaba en el lugar correcto, en el momento justo, y que las puertas que había cruzado me llevarían a donde nunca había imaginado.

Todo en si era un espectáculo en sí mismo. Todo estaba bañado en tonos blancos y celestes, con enormes columnas color crema que sostenían techos abovedados, decorados con detalles dorados. El suelo parecía hecho de mármol pulido, reflejando la luz de manera tenue, dándole al ambiente un aura etérea.

Seres alados iban y venían, algunos caminando, otros surcando el cielo con gracia. Eran figuras hermosas, de distintas tonalidades de piel, con ojos que brillaban en una gama de colores imposibles: lilas, rojos profundos, celestes radiantes, dorados como el sol. Sus cabellos variaban entre blancos, dorados, castaños y rubios ceniza. Eran criaturas hechas de luz y poder.

Los niños jugaban en el aire, riendo mientras se perseguían, descalzos, con túnicas de los mismos tres colores predominantes: blanco, crema y celeste. Todo parecía en armonía, como si el tiempo en este plano no tuviera la misma prisa que en el mundo humano.

Pero yo desentonaba.

Vestía pantalón azul, camisa negra y unos tenis oscuros. Sin alas en mi espalda, sin la vestimenta etérea que todos compartían, llamaba la atención inevitablemente. Sentía las miradas sobre mí mientras avanzaba con paso tranquilo, sin inmutarme por los susurros que me seguían.

Al llegar a la mayor de las columnas, dos guardias se interpusieron en mi camino.

—Identifíquese —exigió uno de ellos.

—Garret Luxverum.

El guardia asintió y el segundo desapareció en el interior. Sabía lo que vendría después.

Al poco tiempo, la confirmación llegó.

—El señor lo espera.

Asentí y avancé sin dudar.

El interior del recinto era igual de majestuoso, con una atmósfera solemne y una energía tan densa que podía sentirse en cada respiración. Allí, frente a un portal de luz que mostraba cualquier lugar del mundo humano, estaba Roger.

—Espero que tu visita tenga un fundamento de peso para que aparezcas aquí, Garret —dijo sin voltear a verme—. La última vez no quedamos en buenos términos.

Movió su mano, y el portal cambió de imagen.

—No te hagas. Sabes bien por qué estoy aquí.

Pero mis palabras se vieron interrumpidas cuando el portal mostró algo inesperado.

Fumiko… Ella estaba sentada en el suelo, recostada contra una puerta, con su rostro oculto entre sus rodillas.

Mi pecho se apretó.

"¿Que te paso, mi amor?", pensé, intrigado.

Roger observó la imagen con curiosidad.

—¿La portadora? —preguntó. Con un tono tranquilo, aunque sabía perfectamente por qué había venido. Lo de la esfera lo indicaba, era una advertencia silenciosa, como un susurro bajo a mí oído, una señal que no podía ignorar.

La esfera había flotado ante mí como un recordatorio de que mis acciones no pasarían desapercibidas. En un lugar como este, donde todo parecía estar impregnado de poder, donde la energía misma fluía a través de los aires, no podía simplemente actuar sin que algo sucediera. No en este reino, donde las reglas eran diferentes, y las consecuencias no eran solo físicas, sino también cósmicas.

Cada paso que daba en este suelo vibrante parecía resonar más allá de mi propia existencia. Como si cada movimiento mío fuera observado, como si la misma atmósfera estuviera esperando una señal para reaccionar. Y la esfera, suspendida en el aire, reflejaba ese mismo temor de lo desconocido. Era un recordatorio de que todo lo que hiciera aquí tendría repercusiones en otro lugar, que los hilos del destino se movían a un ritmo que solo los más poderosos podían comprender.

La esfera giraba lentamente en el aire, su resplandor pulsando con una suavidad inquietante, casi como si no quisiera ser notada, pero al mismo tiempo me decía que no podía hacer nada sin enfrentar las consecuencias. Aquí, cada acción era importante, cada palabra era escuchada por fuerzas que estaban más allá de lo que los mortales podían imaginar. No importaba cuán grande o pequeña fuera mi decisión, el poder de este lugar transformaría incluso el más pequeño de mis gestos en algo significativo.

Sabía perfectamente que podía vencerlo, desintegrarlo y arruinar lo que sea que tenía en mente, pero prefería ahorrarme dejar Dos líneas de vida sin guardián.

Además, esto no se trataba solamente de mí. Ya no

Avancé hacia el centro de este paisaje suspendido, la esfera guiando mi camino, como un ojo vigilante que no dejaba de observarme. La advertencia estaba clara.

Asentí.

—Quiere hablar contigo. En su vida humana confiaba más en ti que en Luna.

Él elevó una ceja y caminó hacia mí.

—¿Y qué quiere de mí?

—Averígualo tú mismo.

Saqué el cetro y conjuré una pequeña esfera de luz, ofreciéndosela.

—Cuando brille, déjala caer y aparecerá un portal.

Roger la tomó con expresión analítica.

—Sigo sin entender cómo puedes hacer estas cosas… pero supongo que es normal, considerando que tú me creaste.

Me encogí de hombros y Connor ladró.

—No apresures las cosas. Primero escúchala —traducí por él.

—Le entendí, creador —dijo con una sonrisa.

Sin más, me di la vuelta para salir, sintiendo que el ambiente a mi alrededor comenzaba a cambiar, el aire se volvía más denso, cargado de poder, como si todo en este lugar tuviera una vida propia, esperando que mis decisiones alteraran su curso. Pero no pasaría hoy.




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