"Soy demonio de mis propios demonios."
Fumiko Ibars
Entré a la cabaña con la esperanza de que ellos se unieran pronto. El aire frío de la noche había comenzado a calar mi piel, y la pequeña cabaña parecía un refugio acogedor. La madera crujió bajo mis pies mientras avanzaba, el olor a pino y tierra mojada llenaba el espacio, y las luces tenues de unas velas encendidas iluminaban las paredes cubiertas de madera envejecida. El interior estaba decorado de manera rústica pero cálida, con alfombras de lana y cojines dispersos por los sofás. La chimenea en una esquina hacía crepitar el fuego, lanzando destellos de luz danzante que se reflejaban en las viejas paredes de troncos. En una mesa de madera había una jarra de agua y unos vasos, junto a un par de platos vacíos. Parecía que el lugar había sido diseñado para ser una especie de refugio, apartado del resto del mundo.
Sin embargo, antes de que pudiera acomodarme, algo me sorprendió. Connor, como si me hubiera sentido a kilómetros de distancia, se lanzó sobre mí con una rapidez sorprendente, derrapando en el suelo y tumbándome al instante. La caída fue abrupta, y me vi de espaldas, sorprendida por su entusiasmo, mientras su lengua enorme y húmeda recorría mi rostro con una efusión que parecía no tener fin. Estaba tan emocionado que no podía dejar de lamerme la cara con energía, como si no me hubiese visto en años.
— Yo también te extrañé —dije, riendo entrecortadamente mientras intentaba rascarle la cabeza para que dejara de insistir con esa extraña manera de mostrar cariño. Aunque no me causaba asco, prefería no estar toda mojada con su baba. Finalmente, logré que se apartara un poco, pero seguía mirándome con esos ojos brillantes de emoción.
— ¿Es el mismo can que fue contigo? —preguntó una voz profunda y poderosa que reconocí al instante como la de Dios. La incredulidad en su tono era evidente, observando a Connor con una mezcla de sorpresa y algo de desconcierto.
— Sí —respondió Garret, sonriendo de forma indulgente mientras sus ojos se posaban en el perro—. Con ella es totalmente diferente, ya que es su dueña, su amiga, su todo —añadió con un tono cargado de orgullo.
— Es entendible —dijo el bello moreno con una sonrisa ligeramente burlona, mientras sus ojos azules brillaban al observar la escena. Parecía disfrutar del caos que siempre generaba Connor. Después de unos segundos, se aclaró la garganta, haciendo que todos nos calmáramos un poco—. ¿Para qué solicitaste mi presencia? —preguntó, mirando hacia abajo, donde Connor aún se encontraba moviendo la cola sobre mí. Me dejé caer por completo al suelo, de espaldas sobre la alfombra gris, y miré a Garret antes de responder.
La habitación, aunque pequeña, se sentía cálida y segura. Las vigas del techo eran de un tono marrón oscuro, contrastando con las paredes cubiertas de una pintura de tonos tierra. A un lado, junto a la chimenea, había una pequeña mesa de madera de roble, con sillas de respaldo alto dispuestas alrededor. Un par de ventanales permitían ver el paisaje nevado, con árboles cubiertos de escarcha, apenas iluminados por la luna. La cabaña parecía tener una atmósfera mágica, un refugio en medio del caos que había dejado el mundo exterior.
— Lamento la posición —dije, un tanto avergonzada, ya que la situación era bastante incómoda, pero Garret negó con la cabeza, restando importancia—. Quiero que me regreses al bebé de Ai Veronika Itreque Melgur.
Su rostro se suavizó al escuchar mi solicitud. Durante unos momentos, Garret dejó escapar una leve risa, pero pronto se desvaneció cuando se dio cuenta de que hablaba en serio.
— Puedo hacer eso —dijo él, asintiendo levemente—. Es una manera de agradecerte por haber vencido a aquellos demonios y evitar que crearan esa grieta en el mundo —agregó, su tono más serio ahora. Le sonreí de manera ligera.
— No fue nada —respondí restándole importancia, usando mi poder de levitación para apartar a Connor de encima de mí. Me puse de pie, y él quedó mirando indignado, tendido en el suelo.
— Linda, dile del cambio que harás después —dijo Garret, adoptando un tono más serio. Lo miré, suspiré y asentí, sabiendo que tenía que explicar todo lo que estaba por venir.
— ¿Qué cambio? —preguntó el moreno, frunciendo el ceño con algo de confusión.
Miré a Garret antes de responder, con una expresión grave.
— Cambiaré la línea de tiempo y me eliminaré de ella, como si jamás hubiese nacido —expliqué, mirando a Dios, que observaba atentamente, con sus ojos celestes.
La palabra "nunca existí" resonó en mi mente mientras lo decía, algo que parecía demasiado drástico incluso para mí, pero sabía que era necesario.
— ¿Eliminarte? —preguntó, desconcertado, pero yo seguí sin apartar la mirada.
— Así es —continué—. Lo haré de manera que ni siquiera el recuerdo de mi existencia quede. Pero hay algo más: para que el niño Roderick pueda nacer nuevamente en este mundo, lo haré en la nueva pareja de su padre. No solo eso, voy a mantener el equilibrio entre las cinco líneas del tiempo para que puedan seguir entrelazándose, evitando que alguna de ellas se extinga —agregué, intentando explicar lo necesario, para que pudieran entender el plan completo.
— ¿Extinción? —preguntó el bello moreno, frunciendo aún más el ceño, claramente sin entender del todo lo que implicaba.
Asentí con la cabeza, manteniendo mi expresión seria.
— Con cada generación que pasa, los seres sobrenaturales pierden su fuerza y se vuelven más humanos. Por eso quería devolverlos a sus líneas originales. Pero, como ustedes no me dejaron hacerlo, no me quedó otra opción que esperarla. Yo ya no puedo mantener ese equilibrio, ya que el poder necesario para sostenerlo es mucho —explicó Garret, mirando al moreno con una mirada que transmitía pesar.
— ¿No era por los híbridos? —preguntó Dios, mirando a Garret con una mezcla de asombro, fascinación y algo de culpa en su tono.
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Editado: 15.07.2026