Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Caputulo 59: "antes de la tormenta, calma" (parte Dos)

Oshin, con su cara sonrojada y una sonrisa bellísima en sus carnosos labios húmedos, me miraba con una mezcla de nerviosismo y dulzura que me derretía por dentro.

Sus ojos, de un tono miel profundo, brillaban con una suavidad que me hacía perderme en ellos, y su expresión, a pesar de la tensión que evidentemente sentía, era tan malditamente tierna que no podía evitar sentir un calorcito en el pecho. Aquella mirada que reflejaba una vulnerabilidad que sólo él parecía mostrarme, me inquietaba y me emocionaba a la vez.

Estaba al otro lado de la mesa, en el pequeño rincón del bosque donde habíamos decidido almorzar, lejos de la casa. Un lugar que hasta ese momento no había imaginado jamás, pero que ahora se extendía ante mí como el escenario de una película cursi, la más romántica que pudiera haber imaginado. Bajo la sombra de un árbol enorme, el aire fresco del bosque acariciaba mi piel, y el susurro de las hojas movidas por la brisa formaba la banda sonora perfecta de aquel momento.

La mesa, redonda y sencilla, parecía sacada de un sueño. No era la típica mesa formal con sillas perfectamente alineadas. No, allí había algo más. Las sillas estaban pegadas, casi como si Oshin quisiera estar cerca de mí, sin dejar espacio para la distancia, y esa pequeña imperfección solo aumentó la sensación de intimidad. La mesa estaba cubierta con un mantel color beige que daba un toque suave y cálido al entorno, y sobre ella descansaban cubiertos dorados que brillaban con la luz que se filtraba entre las ramas de los árboles. En el centro, los platillos eran una mezcla de colores y olores exquisitos. Mi estómago comenzó a rugir, recordándome que no había desayunado, pero mi mente seguía ocupada en otra cosa. Las flores pequeñas, con sus cinco pétalos delicados, de colores rojos, rosados, naranjas y blancos, formaban un pequeño jardín en el centro de la mesa, dando vida a un paisaje que parecía sacado de un cuento de hadas.

Pero lo que realmente me sorprendió fueron las pequeñas farolas en forma de copos de nieve, colgadas entre las ramas de los árboles. Eran un detalle que, en ese momento, supe que Oshin había pensado para la posibilidad de que la tarde se alargara hasta la noche. La suavidad de la luz que emanaban creaba un ambiente encantado, como si estuviéramos en un lugar alejado del mundo, solo nosotros dos, perdidos en nuestro propio espacio. También había tiras de colores pasteles que contrastaban con el verde profundo del bosque, adornando el aire con suavidad. Todo esto, unido a la manta que estaba tendida sobre el suelo, rodeada de cojines y flores, me hizo sentir como si estuviera dentro de un sueño. Cada rincón parecía pensado para hacernos sentir bien, para disfrutar del momento.

Miré a Oshin, algo extrañada pero profundamente emocionada. ¿Había olvidado algo importante? Mi mente daba vueltas tratando de recordar qué podría haber sido. La escena que tenía frente a mí era tan perfecta que sentí una ligera presión en el pecho, una mezcla de nervios y emoción que me hizo dudar de si había cometido algún error. Oshin había puesto tanto de sí mismo en crear este momento que no podía evitar preguntarme si yo había hecho lo suficiente, si había preparado algo que estuviera a la altura de todo lo que él había hecho por mí.

Me sentí algo mal por no poder recordar lo que probablemente debía recordar, y mi mirada se encontró con la suya. Su rostro seguía ruborizado, sus mejillas con ese tono cálido que le daba un toque adorable, a pesar de que su físico imponente y su postura confiada solían sugerir otra cosa. Sus ojos brillaban con una luz tan cálida que me sentí incapaz de apartar la vista de él. El cabello algo largo, de un color amarillo castaño que caía sobre su rostro, le daba un aire de misterio que me tenía completamente cautivada. Para mí, era la octava maravilla del mundo.

— Yo... lo siento... te juro que no sé qué he olvidado... — murmuré, sin apartar mi vista de él, idiotizada por su cercanía. Me sentía como si estuviera flotando, como si el suelo bajo mis pies hubiera desaparecido. No entendía por qué me sentía tan perdida, pero en ese momento todo lo que podía hacer era mirarlo. — Sea lo que sea que olvide, yo... — El sonido de su risa, suave y tierna, me detuvo. No sabía qué estaba pasando, pero me sentía como una tonta.

— No olvidaste nada... — dijo él, con la voz temblorosa. Su respiración parecía entrecortada, como si estuviera tratando de calmarse. Suspiró y me miró con esos ojos que parecían un mar de emociones. Su rostro estaba lleno de una mezcla de nerviosismo y algo que no podía identificar, pero que me hacía querer abrazarlo. — Carajo, Oshin, ¿lo estuviste practicando? — murmuró para sí mismo, haciéndome sonrojar. Mi mente se nubló aún más al ver cómo luchaba contra su propia ansiedad.

El suspiro que escapó de él fue tan sonoro que me hizo sentir una calidez extraña en el pecho. Era como si, en ese instante, las palabras sobraran, y todo lo que realmente importaba era el espacio entre nosotros, la manera en que se miraban nuestras almas a través de una mirada. No quería invadir su privacidad, no me gustaba hurgar en las mentes de las personas, pero la curiosidad me consumía por dentro. Aun así, me contuve y no pregunté nada más. Lo observé en silencio, intentando adivinar lo que pasaba por su cabeza.

— ¿Quieres comer? — preguntó, sus palabras llenas de una dulzura que me hizo sonreír. — Lo preparé yo... Bueno, es la primera vez que cocino, así que espero que sea comible. — bromeó, provocando que una risa suave escapara de mis labios.

— Seguramente está delicioso — respondí, asintiendo con una sonrisa sincera. — Acepto tu oferta... — No pude evitar reír por dentro al pensar lo adorable que era verlo tan nervioso por algo tan sencillo. El aroma que llegaba a mí me estaba enloqueciendo y, al recordar que no había desayunado, me sentí aún más agradecida.

Oshin rodeó la mesa y me abrió la silla, como todo un caballero. Luego se sentó a mi lado, y nuestras rodillas se encontraron de manera accidental, lo que hizo que su rostro se enrojeciera aún más. Reí con ternura, completamente embelesada por su vergüenza, y me incliné hacia él, besando fugazmente sus labios. El calor de su piel me envolvió y su sonrisa, amplia y sincera, iluminó aún más mi corazón.




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