Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 60: "¿q-qui-quie-quieres se-..." (parte uno)

"Pon tu mano entre la mia y veras que en la distancia siempre saldra el sol"

Oshin Itreque

Mi corazón latía descontroladamente. Había pasado días junto a Ai, planeando todo esto, y ahora que finalmente llegaba el momento de la verdad, sentía como si un peso invisible me aplastara el pecho. Cada vez que intentaba abrir la boca para decirle lo que sentía, algo me detenía. Las palabras no salían, como si mi mente estuviera completamente vacía y, a la vez, demasiado llena de pensamientos que no lograban ordenar.

Mi cara nunca había estado tan roja como hoy. No solo por el nerviosismo, sino porque, al mirarme en el reflejo del agua, me di cuenta de lo ridículo que debía verme. ¿Quién pensaría que yo, el que jamás en la vida había cocinado ni un simple huevo duro, estaría aquí? Había pasado los últimos días aprendiendo a cocinar desde lo más básico hasta llegar a preparar pollo a la plancha en menos de 48 horas. Pero no me sentía seguro de nada. Tenía miedo de que todo fuera un desastre, de que la comida estuviera asquerosa, o peor aún, de que todo lo que había hecho no fuera suficiente para ella.

Nunca me había esforzado por sacar mi lado cursi, pero con ella… con ella todo salía tan naturalmente. Había organizado todo este lugar, había preparado todo con tanto cuidado, y al final me sorprendía a mí mismo. Si alguien me hubiera dicho que estaría en este punto hace unos años, me habría reído en su cara. Hubiera pensado que estaba loco, incluso me habría burlado de él por ser tan empalagoso. Si alguien me hubiera hablado de cosas como estos momentos tan románticos y tan cursis, lo habría tildado de loco y me habría alejado. Pero ahora, en este preciso momento, estaba dispuesto a ser ese idiota. Porque ella lo valía, y nunca lo había sentido tan claro en mi vida.

Cuando la comida estuvo lista, un pequeño alivio recorrió mi cuerpo al darme cuenta de que no había sido un desastre total. Para mi suerte, había sido comestible, incluso buena. De alguna manera, me sentí orgulloso de haberlo logrado, aunque sabía que no era la gran cosa. Lo que realmente importaba era que ella estuviera feliz, que todo estuviera bien, que pudiera disfrutar del momento sin que nada se interpusiera. Mientras hablábamos, mis nervios poco a poco se iban desvaneciendo. Poco a poco, empezaba a sentirme más relajado, hasta que logré mirarla a los ojos sin pensar que mi corazón se iba a escapar de mi pecho por el calor que sentía en la cara.

Después de comer, nos acomodamos entre los cojines, como si todo fuera perfecto. Estábamos hablando de cosas triviales, pero para mí, cada palabra de ella era como una melodía. Nos mirábamos, reíamos, y aunque hablábamos de tonterías, lo disfrutaba. Me sentía en paz, algo que no había sentido en mucho tiempo.

Su cabello multicolor se movía suavemente con el viento del bosque, y me sentí tan afortunado al tenerla ahí, frente a mí. La luz de la luna bañaba su rostro, haciéndola brillar aún más, si eso era posible. No pude evitar quedarme hipnotizado por sus ojos celestes, tan claros y profundos, y por el cambio que había experimentado en ella. Ya no parecía tan apagada, tan llena de oscuridad, como antes. Había algo diferente, algo radiante. Y eso me emocionaba tanto que temí que mi corazón no fuera a aguantar el ritmo frenético con el que latía.

Las horas pasaron volando. El cielo comenzó a oscurecer, y las farolas del lugar se encendieron lentamente, como si todo estuviera en perfecta sincronía. Ella se recostó sobre mi pecho, y yo acariciaba su cabeza mientras jugaba con su cabello. Ese gesto tan sencillo me llenaba de tranquilidad. El aroma a libros nuevos, a campo de flores, a chocolate… todo eso estaba en ella. Todo eso era ella. Y podía sentir cómo me envolvía, cómo me calmaba y cómo, al mismo tiempo, me mantenía completamente alerta. Era una sensación extraña, pero maravillosa.

Toda la tarde me pasé luchando contra mí mismo. Contra mis miedos, contra mi cobardía. No lograba entender por qué no podía decirle lo que sentía. ¡Lo había practicado toda la mañana frente al espejo! Había ensayado cada palabra, cada gesto, y ahora, cuando finalmente tenía la oportunidad, me estaba quedando mudo. ¿Por qué no podía hacerlo? Me molestaba enormemente no ser capaz de articular ni una palabra, a pesar de saber lo que quería decir. Era tan frustrante.

—El cielo está hermoso—dijo ella en voz baja, interrumpiendo mis pensamientos. La miré, y la vi fijamente observando las estrellas a través de las hojas de los árboles. Su rostro, iluminado por la luz de la luna, brillaba como nunca. Sus ojos celestes brillaban con una intensidad que me dejó sin aliento. Me di cuenta de que ella no necesitaba mirar las estrellas; ella era la estrella, la más brillante de todas.

—Sí, lo es—respondí sin mirar el cielo, porque en ese momento no necesitaba ver más allá de ella. No había nada más hermoso que ella. Sólo ella. Y quien dijera lo contrario, que se preparara para perder algunos dientes. Ella se giró hacia mí y sonrió.

—Ni siquiera miraste el cielo—se quejó, riendo suavemente. Sonreí de vuelta, acariciando su mejilla con suavidad.

—Tengo lo más hermoso del mundo frente a mí. No necesito más cielo si tú estás conmigo, dándole estrellas a mi oscuridad.—le dije, y me sorprendí a mí mismo con lo cursi que sonaban mis palabras. Pero no me importaba. Con ella, todo lo que salía de mi boca parecía ser perfecto. Ella sonrió, y su rostro se sonrojó un poco.




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