"...mirando a la ventana, perdiéndose en el cielo. Una hermosa gitana se esta convirtiendo en hielo"
Fumiko Ibars
Mi pecho subía y bajaba de manera descontrolada, como si mi cuerpo intentara respirar en un espacio reducido, mientras las espesas lágrimas acumuladas en mis ojos se deslizaban por mis mejillas, dejando un rastro frío y salado. No podía entender lo que estaba sucediendo, lo que había presenciado, lo que había sentido, y mucho menos cómo había llegado a este punto. Cada uno de esos pensamientos me golpeaba con fuerza, empujándome más hacia el abismo de la desesperación.
Un gruñido de enojo puro salió de mi garganta, el sonido crudo y visceral de un dolor que se filtraba desde lo más profundo de mi ser. Con furia descontrolada, caí de rodillas en la tierra, sintiendo el peso de la impotencia arrastrándome hacia el suelo. Sin pensarlo, elevé una enorme raíz de la tierra, una extensión del bosque que parecía vibrar bajo mi energía, y la enterré con fuerza en el pecho de Lucifer. Sus garras seguían enterradas en el abdomen de Oshin, quien temblaba y se mantenía erguido solo por la fuerza de su voluntad. Lo tomaba del hombro con un agarre casi desesperado, evitando que cayera.
Cuando atravesé a Lucifer con la raíz, la expresión en su rostro cambió solo por un momento, antes de que soltase a Oshin. Él cayó a la tierra con un ruido sordo, y una risa burlona y cargada de diversión se escapó de los labios de Lucifer. Esa sonrisa, esa mueca llena de desdén, me arrancó lo último de mi dignidad. Su cuerpo comenzó a desintegrarse rápidamente, una espesa masa negra como la brea que se deshacía ante mis ojos.
—Ups —se burló, sin un ápice de emoción, mirándome con esos ojos vacíos, carentes de todo sentimiento—. Pronto no sera un títere, niña —dijo con una indiferencia aterradora, mientras su figura desaparecía por completo. La masa de oscuridad se deslizó por la raíz que había usado para atravesarlo, secando todo a su paso, hasta que la tierra quedó completamente árida, como si nada de esto hubiese ocurrido, como si todo fuera una pesadilla lejana. Pero no era un sueño. Era mi realidad.
Caí de rodillas, incapaz de apartar la mirada, mientras las lágrimas seguían cayendo sin cesar. No podía creer lo que acababa de pasar. No podía dejar de pensar que estaba atrapada en una pesadilla, que todo esto tenía que ser algún tipo de cruel broma.
Arrastrándome por la tierra, me acerqué a Oshin. Mis piernas y brazos temblaban bajo el peso de lo que estaba presenciando, pero no podía dejarlo. Tenía que estar allí. Mis ojos seguían nublados por las lágrimas, pero no me importó. Necesitaba verlo, necesitaba estar a su lado. Tenía que ser mentira. Todo debía ser una mentira.
Cuando llegué a él, la escena frente a mí me rompió en mil pedazos. Oshin tenía una enorme herida en el abdomen, justo donde las garras de Lucifer habían quedado clavadas. Su sangre fluía a raudales, manchando el suelo, su ropa y ahora la mía, al estar tan cerca de él. El impacto de esa visión me hizo negar de manera descontrolada, incapaz de aceptar lo que veía.
—Estarás bien, sí, sí, lo prometo, te curaré y estarás bien... —murmuré, mi voz quebrada, desquiciada por la impotencia. Lo tenía entre mis piernas, sosteniéndolo con lo poco que me quedaba de fuerzas, mientras intentaba usar mis poderes para curarlo. Mi mente estaba en caos, mi corazón en pedazos, y sin embargo, mi cuerpo seguía funcionando por puro instinto. Tenía que salvarlo. Tenía que hacerlo. No podía permitir que se desvaneciera ante mis ojos.
—Pe- que... ña —murmuró él, su voz rota, apenas audible entre los sollozos. La herida no sanaba. No se cerraba. No disminuía. Cada segundo perdía más sangre, y el pálido color de su rostro me decía lo que no quería oír. Algo más lo estaba afectando, algo que no era solo la herida.
—No, no... —rogué, mi voz temblando, mientras llevaba mis manos a su abdomen, presionando con fuerza para intentar detener la hemorragia—. Rocky, ve por ayuda —le pedí a mi espectro, sin siquiera mirarlo. Estaba demasiado centrada en Oshin, en intentar curarlo antes de que fuera demasiado tarde. Mis manos no dejaban de sangrar, y sus ojos perdían cada vez más el brillo.
—Fu- Fumiko... —me llamó Oshin, su voz quebrada, su aliento entrecortado. El sonido de su nombre en sus labios, herido, me desgarró aún más. Negué, subiendo una de mis manos a su rostro, tocando su mejilla bañada en sangre. Con la otra, seguí presionando su abdomen, buscando inútilmente hacer desaparecer la herida.
—Silencio, no hables —dije entre sollozos, un grito ahogado atrapado en mi garganta. Mis lágrimas caían sobre su rostro, mezclándose con la sangre. No podía dejar que me hablara así. No podía aceptar que todo estaba por terminar. No podía.
—No- no ha- habrá luego —murmuró con la voz cargada de dolor, y eso fue lo último que me rompió por completo. Me negué, cerrando los ojos, hundiéndome en la oscuridad de esa desesperación, mientras un sollozo largo y desgarrador escapaba de mis labios. Me acerqué, uniendo nuestras frentes, buscando sentirlo cerca, aferrándome a su vida que se escapaba de entre mis dedos.
Subió una de sus manos hasta la mía, tocando suavemente mi mejilla, como si intentara consolarme, aunque la vida se le escapaba a cada segundo.
#14555 en Fantasía
#4778 en Personajes sobrenaturales
amor lobos mitades, fumiko amor fantasia, reencuentros dolor final abierto
Editado: 15.07.2026