Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 67: "gitana congelada" (parte Dos)

—De- de nue- vo te ha- ha- hago llora- rar, per... perdo... do... do...name, pe... peque...ña— susurró contra mis labios, cada palabra más dolorosa que la anterior y más pausada de la siguiente sílaba, su voz quebrada por el dolor y la debilidad, sus palabras llenas de un pesar que me atravesaba el alma. Sentí sus manos temblorosas intentando aferrarse a mí, pero se deslizaban como si la vida se le escapara entre los dedos. Negué, besándolo con urgencia, mi rostro cubierto de lágrimas que se confundían con la suya, mientras le sonreía de manera forzada, un gesto sin alegría, porque no quería que muriera. No podía soportarlo.

—Eso no importa, Oshin —dije, mi voz rasposa, luchando por mantener la calma. Besé el dorso de su mano, sintiendo el sabor metálico de su sangre que se había mezclado con la mía. Ese sabor rancio, como si la muerte ya estuviera presente en nuestras venas, me invadió y me asfixió. En ese instante, todo se desvaneció, todo excepto él. Rocky corría hacia nosotros, a su lado Ai, su rostro pálido y marcado por el miedo, la desesperación.

—¡Hermano! —gritó Ai, su voz rota, haciendo eco en el espacio vacío que se había formado entre nosotros. No me atrevía a mirarla, porque si lo hacía, vería la misma destrucción en sus ojos que sentía en los míos.

—Te- te a- amo, pe- peque- queña —murmuró Oshin, sus palabras apenas un suspiro, pero un suspiro tan profundo que me atravesó el corazón. Su mano cayó de la mía, y por un segundo pensé que ya lo había perdido, que se había ido. Pero no, no podía ser. No podía. No quería que se fuera.

Negué con la cabeza, tomándola con más fuerza, negándome a soltarla. Sentía cómo las lágrimas caían sin control, como ríos interminables que no podían calmar el dolor que me envolvía. Un desgarrador grito se escapó de mi boca cuando nuestras frentes se unieron. El sonido de mi propio dolor rasgó mi garganta, un grito tan fuerte y desgarrado que sentí como si mi cuerpo mismo se deshiciera en pedazos. Pero nada, nada comparaba con lo que sentía en mi corazón, con la agonía que me consumía. Lo coloqué sobre mis piernas, negándome a separarme de él. Mi pecho se llenó de una desesperación profunda mientras lo abrazaba con fuerza.

—No, no, no, no, no —susurraba, temblando de miedo, meciéndome con él en mis piernas. —Por favor, no... —rogué, mi voz quebrada, incapaz de aceptar lo que estaba sucediendo. Cada palabra era un ruego, un grito mudo al universo para que me devolviera lo que más amaba. Pero no había respuesta, solo silencio.

—Oshin —gritó Ai, su llanto quebrando el aire como un susurro dolido. Bajó de Rocky rápidamente, corrió hacia nosotros, su rostro una tormenta de lágrimas, de impotencia. Pero yo no podía mirarla. No podía soportar ver a los demás sufrir, ver cómo la vida se les escapaba.

Oshin...

Los ojos miel de Oshin estaban apagados, vacíos, como si ya no estuviera allí. Su rostro, antes tan lleno de vida, ahora estaba marcado por la muerte que lo reclamaba. Su cuerpo, cubierto de su propia sangre, era un reflejo de la batalla que había perdido. Sus mejillas, donde antes brillaban las lágrimas, ahora solo contenían la sangre que se deslizaba lentamente hacia su cuello, mezclándose con la oscuridad que se cernía sobre él.

Yo... estaba cubierta de su sangre. Mi cuerpo, mi rostro, todo en mí se mezclaba con él, con su dolor. Pero no me importaba. En ese instante, nada importaba más que mantenerlo cerca, que seguir sintiéndolo, aunque ya no pudiera salvarlo.

Aferrada a su cuerpo sin vida, sentía como si mi alma se estuviera desintegrando. Mi ser entero se desvanecía con cada lágrima que caía, con cada respiración que me costaba más mantenerme. Grité, lloré sin cesar, un llanto que parecía no tener fin, un grito silencioso por la pérdida que me estaba desbordando.

De repente, comenzó a llover. La lluvia, fría, implacable, caía del cielo como si el universo mismo estuviera llorando conmigo. Mis manos temblaban, pero no soltaban su cuerpo. No podía. No me atrevería a soltarlo. Me aferraba a él con la mínima esperanza de que, tal vez, en algún lugar, el amor que sentía por él pudiera traerlo de vuelta. Pero todo se desvanecía. Todo se estaba perdiendo.

Gruñí con impotencia, un rugido profundo que hizo temblar el suelo bajo mis pies. El odio creció dentro de mí, y con él, la rabia que sentía hacia aquellos que nos habían hecho esto. Connor apareció frente a mí, su grito de auxilio resonando en mis oídos, pero lo ignoré. No podía permitirme mirar a nadie más. Sólo podía ver a Oshin.

—Esos malditos... —gruñí con odio, mi cuerpo tenso, mi alma enloquecida. Mientras la lluvia arrastraba la brea negra y la sangre, mis dientes tiritaron de frío, pero me negaba a soltarlo. —Me las pagarán caro... —murmuré, con voz llena de furia. Solté su mano, temblando, y cerré sus ojos, que aún permanecían semi-abiertos, mirando al vacío. —Esto no se quedará así... —sollozé, dejando caer mi cabeza sobre su pecho, el dolor punzante que me atravesaba como una espada afilada.

—Fumiko... —me llamó Ai, su voz quebrada por el llanto. Se acercó a mí, pero yo seguía abrazando a Oshin, sin querer soltarlo. No podía. No tenía fuerzas para hacerlo.

—Ai —gritaron, y reconocí la voz de Riu a lo lejos. Sus ojos se abrieron de par en par al verme, pero no se detuvo. Corrió hacia nosotros, aumentando su paso con cada segundo que pasaba. Se arrojó junto a Ai, abrazándola, mientras ella comenzaba a llorar con más fuerza, ocultando su rostro en el pecho de Riu.

"¿De qué me sirve tener poderes sin límites si no puedo salvar a la gente que quiero?" pensé, con frustración, la impotencia inundando cada rincón de mi ser. Besé la mejilla de Oshin, su piel ahora fría, su cuerpo tan pálido que parecía no ser real. La lluvia seguía cayendo implacable, no dando tregua a nuestro dolor.

—Perdóname tú a mí, Oshin. Te juro que quería quedarme a tu lado, ahora sí y para siempre. Pero una vez más, el universo me muestra que no podemos estar juntos... Perdón... —rogué en silencio, mi voz quebrada por la tristeza.




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