Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 68: "gitana congelada" (parte tres) Publicado (925 Palabras)

La lluvia caía con una intensidad implacable, y cada gota parecía una punzada que me atravesaba, empapándome de un dolor que no podía describir. Mis pensamientos, que antes eran claros, ahora se entrelazaban en un caos indescriptible. Riu intentó acercarse, pero lo alejé de mí con una brusquedad que me sorprendió.

—No me toques —dije, mi voz rasposa, como si mi garganta estuviera llena de cristales rotos. Me abrazaba a mí misma, buscando consuelo en el vacío, en la distancia. Lo sentí alejarse, su expresión llena de dolor, como si mi rechazo le perforara el corazón.

—Ya no tengo nada que hacer aquí— pensé en voz alta, como si eso pudiera aliviar el peso que aplastaba mi pecho.

Las palabras de Oshin volvieron a mi mente, un eco lejano que me quemaba por dentro. "Cuida de Roderick por mí..."

Recordé su petición, y aunque la rabia y la tristeza me quemaban por dentro, aparté la mirada de Riu. Me levanté lentamente, mis músculos gruñendo por el dolor, mi cuerpo temblando bajo el peso de lo que acababa de perder. El frío me calaba los huesos, y mi pecho se encogía, como si todo mi ser intentara arrancarse del dolor, como una hoja arrugada a punto de desintegrarse. Mis dientes castañearon por el frío, y me tambaleé peligrosamente, amenazando con caerme, pero me forcé a mantenerme firme. Miraba al suelo, evitando cualquier contacto visual.

Un sollozo se escapó de mi boca, fuerte y desgarrado, y mis piernas cedieron por completo, dejándome caer al suelo. Antes de que la tierra pudiera tragármelo todo, sentí los brazos de Garret rodeándome, sosteniéndome con fuerza. Me abrazó con una calidez que no podía alcanzar, pero no pude dejar de luchar.

Quería alejarlo, quería que me dejara estar sola, aferrarme al último vestigio de Oshin. Quería que el aroma de su piel, la sensación de su cuerpo, permaneciera en mí. Pero Garret no me dejó ir. Me apretó más fuerte, evitando que me separara de él. Un llanto furioso se desbordó de mi garganta, y las gotas de lluvia se mezclaron con mis lágrimas. Mi garganta ardía, dolía de tanto gritar, pero no podía detenerme. No podía callar.

Mirarlo en brazos de Ai, tan pálido, tan inmóvil... Saber que nunca más podría ver esos ojos miel que tantas veces me habían dado esperanza, me quemaba el alma. Cada vez que cerraba los ojos, su rostro se aparecía, y cada vez, el dolor era más insoportable.

—¡Garret! —grité, apretando sus brazos con desesperación. —¡Oshin me dejó!, ¡Es mi culpa! —mi voz era un grito roto, una súplica perdida en medio de la tormenta. Mis manos golpeaban su pecho una y otra vez, pero él no me soltaba, no me dejaba escapar.

Estaba llorando también, su dolor era tan palpable como el mío, pero no podía soportarlo. No podía compartir mi dolor con él. No podía.

—Haz que regrese a mí, Garret —le rogué entre sollozos, zarandeándolo débilmente, mi cuerpo temblando por completo. Él no me soltaba, pero sus palabras fueron una sentencia que me rompió más de lo que ya estaba.

—No puedo hacer eso, Fumiko... —su voz era sutil, pero sus ojos mostraban el mismo dolor que los míos. No lo entendía. Quería que hiciera algo. Quería que me devolviera a Oshin, que rompiera la realidad y trajera de vuelta lo que ya no podía ser.

No podía aceptar esas palabras. Mi mente se negaba. Empujé sus brazos con todas mis fuerzas y me abracé a mí misma, negando la verdad que se cernía sobre mí.

—¡Es mentira!, ¡Mentira!, ¡No lo acepto! —grité, mis palabras desbordándose como agua de un río que ya no podía contenerse. —¡Me niego! —mis palabras se mezclaban con el sonido de la lluvia, un trueno retumbó entre las mueves con fuerza, como si el cielo estuviera llorando por mí.

—¡Fumiko, basta! —me regañó Ai, su voz rota por el llanto, abrazando a Oshin con fuerza. Sentí la presión de las lágrimas en mis ojos, pero los apreté con fuerza, negándome a que me vieran vulnerable. La rabia me consumía por completo.

—¡Oshin, mentiroso! —grité, mi voz quebrada, pero llena de furia. Mi alma se sentía tan vacía, tan rota, y el vacío me devoraba. —¡Mentiroso, mentiroso, mentiroso! —me quejaba una y otra vez, mis palabras eran una especie de maldición contra él cargadas de un dolor despiadado que me nublaba.

“Tienes que cuidar de Roderick, no yo…” Mi mente se repetía la última promesa que me había pedido hacer, pero su ausencia solo me dejaba un dolor irreparable.

“Me prometiste que iríamos juntos a París, en mi cumpleaños… Juntos…” Las palabras se entrelazaban con las lágrimas que no cesaban de caer.

Caí de rodillas al suelo nuevamente, mis manos aferrándose a mi propio ser, rasguñándome la cintura sin darme cuenta.

—Me... mentiroso —susurré por última vez, mi voz desgarrada, mi alma quebrada. —También te amo, Oshin… —murmuré, sin fuerza, dejando caer mi cabeza al suelo, permitiendo que las lágrimas se desbordaran sin control.

Me sentía vacía. La tristeza se apoderaba de cada rincón de mi ser, y mi alma se sentía congelada, como si todo lo que alguna vez fue cálido se hubiera desvanecido. Cada sollozo era una punzada en el pecho, y cada grito, una rendija más que se abría en mi ser.

Esto no quedaría así. No lo permitiría. Lucifer me pagaría, él sentiría la misma tortura que ahora consumía mi alma. Haría que todo lo que me había quitado, me lo devolviera, incluso si eso significaba mi propia destrucción. Pero lo haría. Porque no podía quedarme de brazos cruzados. No podría vivir con este vacío por siempre.

Nada quedaría intacto después de esto.




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