Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 69:"todo me trae al inicio"

"Vivir sin ti yo no lo llamaría vivir; castigo si, vivir no."

Fumiko Ibars

Mi corazón parecía estar hecho de cristal roto, y mi alma… vacía, como una casa deshabitada, sin ecos ni vida. El frío que me rodeaba no era solo el viento helado que azotaba mi cuerpo, sino algo mucho más profundo, que se filtraba desde el interior y me congelaba por completo. Las gotas de lluvia golpeaban mi piel con la misma indiferencia con la que la vida me había golpeado, y aunque mi cuerpo temblaba bajo la presión del frío, era solo una molestia menor. Nada más me importaba. Nada, salvo lo que acababa de suceder.

Garret trató de acercarse, pero yo lo rechacé sin pensarlo. No quería que nadie estuviera cerca de mí. No merecía la compasión de nadie, no merecía el consuelo de nadie. No después de lo que había perdido. Y lo sabía. Él no podía entenderlo, nadie podía.

A lo lejos, vi la mansión, esa casa que en otro tiempo me traía una sensación de seguridad. Ahora solo era una prisión de recuerdos amargos. Y más allá, vi a su padre, el de Oshin, parado bajo una sombrilla, esperando noticias con una desesperación tan palpable que casi podía oír su sufrimiento a través de la distancia. Viéndolo, mi mente volvió a las palabras de Oshin, esas malditas palabras que no dejaban de resonar en mi cabeza, como un eco cruel, una condena que no podía quitarme.

“Cuida de Roderick por mí…”

¿Y ahora qué? ¿Cómo iba a cumplir esa promesa si ni siquiera podía mantenerme en pie? Si me sentía como un cadáver viviente, vacía de todo, incluso de esperanza. Mis pies me llevaban, sin voluntad, como un marioneta que se mueve por inercia. Al pasar junto a Mael, escuché su grito desgarrador, ese grito que seguramente se había escapado en el momento en que supo la verdad, que ya le habían dicho lo que no quería aceptar. Pero yo no podía detenerme, no podía quedarme a consolar a nadie más. Ni siquiera a mí misma.

Subí las escaleras con paso lento, como si cada peldaño fuera una carga aún más pesada que el anterior. Mi mente seguía nublada, mi cuerpo estaba debilitado, hasta que llegué a la puerta de Roderick. Lo encontré en el suelo, tan pequeño, tan inocente, jugando con sus carritos y muñecas como si nada de lo que había sucedido hubiera tocado su mundo. Sus ojos, esos ojos color miel que eran tan parecidos a los de Oshin, se alzaron hacia mí al instante, llenos de curiosidad y amor incondicional.

—Fumiko, ¿estás bien?— me preguntó, y su voz, suave y preocupada, se clavó como una daga en mi pecho. Su ternura era como un grito mudo que me dejaba sin palabras. Yo solo podía caminar hacia él, como un zombi, y cuando llegué hasta él, me tiré al suelo, abrazándolo con una desesperación que nunca creí que podría sentir. Lo apreté contra mi pecho, mis lágrimas cayendo sin control.

—Perdóname, perdóname…— murmuraba entre sollozos, sin poder dejar de llorar. No sabía si él entendería, pero en ese momento, todo lo que quería era aferrarme a él, sentirlo cerca. Era lo único que me quedaba, su pequeño cuerpo cálido, que se mantenía cerca de mí sin preguntar por qué, solo ofreciendo su consuelo inocente.

—Todo estará bien— susurró él, y esas palabras, tan simples, tan sinceras, me destrozaron aún más.

¿Cómo iba a estar bien? ¿Cómo podía estar bien después de todo? Pero yo solo lo abrazaba, sin poder responderle. Mi mente se inundaba de pensamientos oscuros. ¿Cómo le explicas a un niño que su padre ya no está? ¿Cómo le dices que ahora es huérfano, que nunca más verá a la persona que más ama en el mundo?

No podía decírselo. No podía ser yo quien lo destruyera con esa realidad cruel. Pero al mismo tiempo, sabía que lo estaba haciendo, de alguna manera. La culpa me devoraba por dentro, y me sentía como un monstruo. Había matado a su madre, y ahora, por mi culpa, su padre también estaba muerto. ¿Cómo podría mirarlo a los ojos después de todo esto?

Su pequeña manita acarició mi mejilla, secando mis lágrimas con ternura.

—Tus ojos están más oscuros— dijo, su voz llena de preocupación. Sonreí, una sonrisa rota, incapaz de ocultar el dolor en mis ojos. Tomé su mano, la llevé a mi rostro y la besé con suavidad. —Si sigues con esa ropa te vas a resfriar— me regañó, y me hizo reír un poco entre sollozos, su inocencia aún tan intacta que me dolió aún más.

—Ve a cambiarte, por favor— me pidió, y aunque su tono era de preocupación, su mirada estaba llena de esperanza. Asentí en silencio, sin fuerzas para decir una palabra más, y me levanté, dejándolo allí, jugando solo en el suelo.

—Nos vemos en un rato— murmuré con voz rasposa, mis lágrimas secándose por fin, aunque el dolor seguía siendo palpable en cada rincón de mi ser. Roderick me sonrió ampliamente, como si nada hubiera cambiado, como si su mundo todavía estuviera entero.

Caminé hacia la puerta del cuarto de Oshin, mis pasos pesados como si el mundo entero estuviera sobre mis hombros. Cuando llegué al pomo de la puerta, me detuve, sin la fuerza para abrirla. ¿Cómo iba a enfrentar la realidad que me esperaba dentro? ¿Cómo iba a enfrentar la imagen de Oshin, tan lleno de vida antes, ahora tirado en la cama como si fuera solo un cuerpo vacío?

La garganta me ardía y el sabor amargo se apoderó de mi boca. Si seguía llorando, si no dejaba de sentir esta desesperación, me deshidrataría, me perdería por completo. Pero no podía evitarlo. El dolor era demasiado grande, demasiado real. Respire profundamente, y finalmente, abrí la puerta.

La visión que se presentó ante mí me golpeó con la fuerza de un rayo. Oshin estaba allí, acostado en la cama, pálido, inmóvil, como si estuviera simplemente dormido. Su ropa estaba limpia, como si aún hubiera esperanza, pero su rostro estaba tan pálido, tan frío, que parecía que la vida se había escapado de él. El cuarto estaba frío, demasiado frío, y su esencia ya no llenaba el aire.




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