La encontré en la misma posición.
Tirada en el suelo, con el rostro escondido entre sus brazos, su cuerpo sacudido por el llanto.
Cada sollozo me golpeaba como una maldita daga en el pecho. Nunca había visto a Fumiko así… rota.
Por más que lo intentara, por más que buscara algo que decir, nada podría aliviar ese dolor. Su dolor. El que la estaba consumiendo desde adentro.
Y eso me estaba matando.
Avancé con lentitud, sin hacer ruido, acercándome a ella con la única intención de abrazarla.
Pero antes de que mis brazos pudieran rodearla, su voz me detuvo.
—No me toques.
Fue un gruñido bajo, rasposo, con el tono quebrado de alguien que ha llorado tanto que apenas puede seguir respirando.
Mis manos quedaron a centímetros de su espalda, inmóviles. Por un instante pensé en ignorarla, en sujetarla de todos modos, en sostenerla para que dejara de derrumbarse.
Pero no lo hice.
Simplemente me quedé allí, de pie, mirándola desde arriba con una opresión en el pecho que amenazaba con ahogarme.
—Linda, cálmate… —murmuré con suavidad, más como un ruego que como una orden.
Ella dejó escapar una risa vacía, amarga, antes de soltar con odio:
—Cállate. Eres un imbécil.
La punzada que sentí en el pecho fue mucho más fuerte que cualquier golpe físico.
Apreté la mandíbula con fuerza, tratando de soportarlo, pero ella no terminó ahí.
—Tú… —su voz se quebró en un murmullo ahogado— Tú dejaste que lo mataran.
Mis ojos se abrieron con incredulidad.
No.
No podía estar diciéndome esto.
—¿Qué…?
Mi voz salió en un susurro, pero ella no me miró.
Seguía con la frente apoyada contra la base de la cama, los puños cerrados con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
Su llanto no se detenía.
—Yo no hice eso. —Mi respuesta salió rápida, automática, casi a la defensiva—. Fumiko, no puedo creer que me estés diciendo esto. ¿Me estás echando la culpa de algo en lo que no tuve nada que ver?
Me puse de pie, con el corazón latiéndome con fuerza, pasándome las manos por el rostro en un intento frustrado de mantener la calma.
—Esto tiene que ser una puta broma.
Gruñí por lo bajo, sintiendo cómo la rabia se mezclaba con la impotencia.
Y entonces, ella se movió.
Se levantó con torpeza, tambaleando ligeramente, pero sin voltearse a verme. Se quedó allí, de espaldas, y su voz salió llena de veneno.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó, con un tono amargo—. ¿Por qué dejaste que todo esto pasara?, ¿Por qué permitiste que lo amara de esta manera?, ¿Por qué no hiciste nada para alejarme de él y hacer que fuera tuya, como se supone que debía ser?, ¿Por qué, ¡maldita sea!?
Se estremeció con cada palabra, y entonces, su grito desgarró el silencio:
—¿¡Por qué!?
Cerré los ojos con fuerza.
Sentía que el aire me faltaba.
Pero cuando hablé, mi voz salió rota, suave, apenas un murmullo.
—Porque lo amas.
Ella apretó más los puños.
Yo bajé la mirada al suelo, sintiendo mis ojos empañarse de lágrimas que no podía controlar.
—Porque eras feliz con él. —Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta—. Porque eso era razón suficiente para mí. Para dejarte con él.
Mis labios se torcieron en una sonrisa triste.
—Porque él también te amaba.
Respiré hondo, obligándome a continuar.
—Porque yo jamás significaría para ti ni una pizca de lo que él significó.
Mis manos temblaron.
—Yo renuncié a ti cuando entendí la manera en que se aman.
Una lágrima caliente resbaló por mi mejilla. No la limpié.
—Porque yo ya no tenía lugar en tu corazón.
Fumiko se quedó en silencio, sin moverse.
—Agradezco las veces que lo intentaste… pero siempre supe que nunca pasaría. —Reí con amargura, sacudiendo la cabeza—. Dejé de ser un maldito masoquista. Dejé de rogar por un poco de tu amor.
Limpié mis ojos rápidamente y respiré hondo.
—Bueno… creo que yo no debería estar aquí.
Di un paso atrás.
—Cuídate mucho, linda.
Me di la vuelta, listo para desaparecer.
Pero antes de que pudiera hacerlo, su voz sonó en un susurro:
—Lo siento.
Me detuve.
No la miré.
—No tienes que disculparte. —Mi voz salió baja, sin resentimiento—. El corazón no se manda.
Dejé escapar un suspiro.
—Y te aseguro que su amor iba más allá de una estúpida conexión de mates.
Silencio.
—Eso me lo aseguró Luna.
Y con esas últimas palabras, me teletransporté.
Aparecí en el centro de la Línea Cero, sintiendo cómo mi corazón se desgarraba en mi pecho.
El dolor era insoportable.
Espesas lágrimas rodaban por mis mejillas, quemándome la piel con cada recorrido.
Gruñí en señal de frustración y pasé una mano por mi rostro, limpiándome la humedad, pero el ardor seguía ahí. Como si una garra invisible estuviera dentro de mi pecho, apretando y desgarrándome desde adentro.
Respiré hondo, tratando de calmarme.
No podía dejar que esto me afectara ahora.
Saqué el cetro llave.
Lara tiene respuestas.
Ella es la única que puede decirme qué mierda pasó.
Me acerqué lentamente a la segunda puerta y la abrí con la llave.
El portal se cerró con un golpe seco tras de mí en cuanto crucé.
Y entonces, el paisaje cambió.
Línea Mágica.
Admito que Lara siempre ha tenido un gusto exótico. Su línea era la más llamativa de todas, con colores vibrantes que se mezclaban en armonía, creando un espectáculo visual único.
Había pequeños lagos de agua azul brillante, donde sirenas de colores conversaban con criaturas terrestres.
En el cielo, enormes lynwyrms—tigres alados—volaban junto a sus crías, mientras dragones de distintas formas y tonalidades planeaban a lo lejos.
Todo era… magnífico.
Pero yo no estaba aquí para admirar la belleza de este lugar.
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Editado: 15.07.2026