Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 73: "¿el libro negro?" (parte dos)

Las lágrimas volvieron a abandonar mis ojos. Otra vez.

Gruñí con frustración, sintiendo la ardiente humillación de mi propia debilidad. ¿Cuántas veces más iba a llorar? ¿Cuántas veces más me permitiría este miserable espectáculo?

No podía seguir así.

Esto era una mierda. Una jodida mierda.

Mis lágrimas no lo traerían de vuelta. No harían que su pecho volviera a levantarse con un suspiro. No harían que sus ojos se abrieran de nuevo para encontrar los míos, llenos de esa calidez que solo él me ofrecía.

No harían que me sonriera con esa mezcla de diversión y devoción que tanto amaba.

No harían que sus manos buscaran las mías en la oscuridad de la noche.

No harían que me susurrara mi nombre con esa voz ronca antes de hacerme suya una vez más.

Nada de eso volvería a suceder.

Nada lo haría levantarse de esa cama.

Un sollozo ahogado escapó de mi garganta antes de que pudiera evitarlo.

Gruñí con impotencia, con rabia, y golpeé la pared con tanta fuerza que el dolor subió en un latigazo desde mis nudillos hasta mi codo. Pero no me importó.

De hecho, el dolor fue lo único que me hizo sentir un poco más viva en ese instante.

Apreté los dientes, dejando caer la cabeza hacia adelante, apoyando la frente contra la fría superficie de la pared. Mis hombros temblaban con la fuerza contenida de mis emociones.

No podía seguir así.

No podía quedarme aquí, de rodillas, consumida por el dolor, mientras los malnacidos que me hicieron esto seguían respirando.

No.

No iba a permitirlo.

Respiré hondo, cerrando los ojos con fuerza.

En mi mente resonaron las palabras de Garret.

Aquel día, cuando me advirtió que ellos sabían.

Que harían lo posible para hacerme flaquear.

Que aprovecharían cualquier oportunidad para destruirme.

Lo único que amaban más que el poder eran a sí mismos.

Si eso era cierto… lo usaría a mi favor.

Mataría a Hades.

Y con eso, rompería a Lucifer.

Lo haría pedazos. Así como él me rompió a mí cuando lo maté a él.

La idea tomó forma en mi mente como una brasa encendida, alimentada por la furia, la pérdida y el hambre de venganza que me consumía.

No era suficiente con matarlo.

No.

Tenía que hacerle sentir lo que yo sentía ahora.

Tenía que verlo arder en la misma desesperación que me devoraba desde dentro.

Tenía que escuchar sus gritos, ver el dolor en sus ojos, sentir su alma romperse en mil pedazos.

Solo entonces, tal vez, sentiría algo parecido a satisfacción.

Tal vez.

(...)

No sé cuánto tiempo estuve en el baño.

El agua caliente golpeaba mi piel, pero yo no la sentía. Solo me quedé ahí, con la mirada fija en la nada, mientras mis pensamientos giraban en espiral en mi cabeza.

Cuando finalmente salí, mi cuerpo aún estaba húmedo. El agua chorreaba por mi cabello y dejaba un rastro en el suelo a cada paso que daba.

Estaba descalza.

No me molesté en secarme del todo.

Entré en el clóset y dejé caer la toalla de mi cuerpo sin pensarlo demasiado.

Mis movimientos eran automáticos, carentes de emoción.

Busqué ropa interior y me la puse con la misma indiferencia con la que respiraba. Luego, elegí una camisa y pantalones cómodos. No me importó si combinaban.

Cuando salí del clóset, la parte superior de mi camisa ya estaba empapada por la humedad de mi cabello.

Solté un largo suspiro y pasé los dedos por mis sienes, sintiendo el peso del cansancio hundirse en mis hombros.

Pero entonces mis ojos se posaron en la cama.

Y mi corazón se detuvo.

Mis pasos me llevaron hasta él sin que yo siquiera fuera consciente de ello.

Me arrodillé en el suelo junto a la cama y tomé su mano entre las mías, acariciando el dorso con suavidad.

Estaba fría.

Demasiado fría.

Todo él estaba pálido.

Su piel había perdido la calidez que tanto me gustaba.

No había rastro de su sonrisa, ni de su expresión de burla cuando intentaba provocarme.

No había nada.

Mi corazón dolió como si alguien lo estuviera apretando con un puño de hierro.

Pero mi sonrisa no desapareció.

No podía permitirme perderla.

Manteniendo mi mirada fija en su mano, susurré con voz temblorosa:

—Juro que los haré pagar...

Apreté sus dedos con un poco más de fuerza.

—Pagarán por haberte arrebatado de mi lado.

Las lágrimas amenazaron con volver, pero las contuve con todo lo que tenía.

—No habrá dios, ni demonio que los salve de mí.

Un susurro de aire se sintió a mis espaldas.

No me molesté en girarme.

—¿Qué? —dije con sequedad.

—Linda… —me llamó Garret.

Cerré los ojos por un segundo.

Apreté los labios y acerqué la mano de Oshin a mis labios, besando el dorso con ternura antes de levantarme.

Solo entonces me giré para mirarlo.

Pero no estaba solo.

Fruncí el ceño al ver a la mujer que estaba a su lado.

Cabello de colores. Ojos lila. Vestimenta extraña.

Y una diadema con un cristal blanco en la frente.

Arqueé una ceja.

—¿Y esta de dónde salió?

Olfateé el aire y de inmediato hice una mueca de disgusto.

—Ugh… ¿a qué huele? Me va a apestar el cuarto.

Le lancé una mirada de advertencia a Garret.

—Salgamos de aquí. No quiero que su aroma se quede impregnado.

Chasquee los dedos con la intención de sacarnos de la habitación.

Pero nada pasó.

Parpadeé.

Garret me miró fijamente antes de hablar con calma.

—No sé si te diste cuenta, pero no lograste usar tus poderes.

Lo miré con fingida sorpresa y llevé una mano a mi pecho.

—Oh… ¿en serio? Fíjate que no me di cuenta.

Solté una risa sarcástica y volví a mirarlo con frialdad.

—Por supuesto que me di cuenta, maldición. ¿Crees que si pudiera usar mis poderes el amor de mi vida estaría muerto en nuestra cama?




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