Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 74: "jamas debí juntarlas" (parte uno)

"Burning in the flames of a broken heart,
Screaming revenge, but torn apart."

Fumiko Ibars

Mi ojo parecía tener un tic nervioso. El latido errático en mi párpado izquierdo me sacaba de quicio, pero no tanto como las palabras que acababa de escuchar.

Oshin estaba muerto.

Y no por un sacrificio noble, no por una batalla imposible de ganar… sino por una razón estúpida, inaceptable.

—¿Me estás queriendo decir que Oshin está muerto porque esta inservible de mierda no pudo cuidar un maldito libro con portada negra? —pregunté con una voz envenenada, sintiendo cómo la furia se acumulaba en mi pecho como un incendio sin control.

Mis dedos se cerraron con tanta fuerza que las uñas se hundieron en la carne de mis palmas.

Garret me miró con esa serenidad que siempre lograba hacerme perder aún más la paciencia.

—Es exactamente lo que dije.

Y lo dijo como si nada.

Como si no importara.

Como si Oshin no hubiera significado algo.

El odio me quemó la garganta y estalló en una carcajada. Un sonido agudo, casi histérico, que retumbó en la habitación como el eco de una locura contenida por demasiado tiempo.

Era absurdo.

Absurdo que Garret lo dijera con tanta indiferencia.

Absurdo que yo estuviera aquí, escuchándolo.

Absurdo que esa perra multicolor, la inútil de mierda que había permitido que se llevaran el libro, se quedara ahí, con esa expresión inmutable, como si nada de esto fuera su culpa.

No podía permitirlo.

—¿Y lo dices tan campante y tranquilo… como si estuviese bien? —murmuré, mirando al techo.

El aire me pesaba en los pulmones.

No estaba bien. Nada estaba bien.

Sentí un ardor en las palmas, pero no me importó. La presión de mis propias uñas clavadas en mi piel era un dolor mínimo comparado con el que ardía en mi pecho.

Lentamente, bajé la mirada hasta fijarla en la mujer de colores.

La primera en morir.

—Así que la primera que he de matar es a esta maldita, por inútil —gruñí con odio.

Mis ojos se clavaron en ella, esperando—no, deseando—ver algún atisbo de miedo. Quería que supiera que su vida pendía de un hilo, que si decía la palabra equivocada, si respiraba de la manera equivocada, si no encontraba una excusa convincente en los siguientes tres segundos, la haría pedazos.

Pero no.

Nada.

Ni un pestañeo, ni un gesto de pánico.

Imperturbable.

Como si no creyera que realmente lo haría.

—Tienes tres segundos para darme una razón válida para no matarte —susurré entre dientes, cada palabra impregnada de amenaza.

Garret pareció tensarse. Lo noté con el rabillo del ojo. No se movió ni dijo nada, pero su energía cambió. Tal vez sabía que, esta vez, no estaba jugando.

Ella, en cambio…

—Soy Lara —dijo con voz tranquila.

Reí de lado.

¿Se supone que eso debía importarme?

—¿Y qué demonios me importa eso?

—Soy la diosa de la magia y guardiana de la segunda línea —continuó, sin prestarme atención—. No fue mi intención que ellos tomaran el libro. Llegaron de la nada y mataron a algunos de mis soldados.

Soldados.

¿Y qué?

Oshin no era un simple soldado.

Oshin era…

No.

No me importaba.

Los tres segundos habían pasado.

Sin dudarlo, avancé y la tomé del cuello.

No esperé ninguna reacción de su parte, pero aún así me molestó que siguiera viéndose tan tranquila. La elevé apenas del suelo, apretando lo suficiente para hacerle entender que hablaba en serio.

Garret intentó moverse, pero con un chasquido de mis dedos lo paralicé.

Ahora no.

Ahora esto era entre ella y yo.

—También quiero venganza por mis hombres —susurró, con su voz aún firme.

Entonces, sus ojos cambiaron.

De un lila suave, casi inofensivo, a un rojo sangre profundo.

El aire en la habitación se volvió pesado.

Mi instinto gritó que algo se movía detrás de mí.

Por puro reflejo, creé un escudo en mi espalda.

El impacto fue brutal.

Un fuerte estruendo llenó la habitación cuando una mesa chocó contra mi barrera, partiéndose en mil pedazos.

Gruñí.

No me gustaba esto.

No me gustaba que esta perra creyera que podía desafiarme.

No me gustaba que aún respirara.

Apreté más mi agarre en su cuello.

—¿Por qué no evitaste que huyeran con esa mierda? —me quejé, sintiendo la rabia arder en mi garganta.

Ella entrecerró un ojo, pero en sus labios apareció una sonrisa ladina.

¿Por qué sonreía?

—¿Y quién dijo que no lo intenté? —gruñó.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Hades tiene una herida en su pierna derecha, la cual no sanará pronto ni con magia… la hice con Nesley.

El nombre no significaba nada para mí.

Pero el hecho de que lo mencionara con tanta seguridad, sí.

Mi agarre se aflojó apenas.

—¿Qué mierda es Nesley?

Lara rió.

Y antes de que pudiera reaccionar, desapareció de mi agarre y reapareció unos pasos más atrás.

Chasqueó los dedos y, de inmediato, sentí cómo el hechizo que mantenía paralizado a Garret se rompía.

La muy perra era rápida.

Y, en términos de magia… mejor que yo.

Maldición.

Con un movimiento de su mano, una espada apareció en su palma.

No era cualquier espada.

Había algo en ella. Algo extraño.

Las líneas brillantes en su filo parecían moverse, como si estuvieran vivas.

—Esta es Nesley, mi arma mágica —explicó, sin dejar de mirar el arma—. Fue creada a partir del árbol mágico central de mi línea y forjada a más de cien mil grados centígrados en las llamas del purgatorio y entre los siete infiernos.

Pasó los dedos por el filo con una reverencia casi… religiosa.

—Además, contiene sangre de sirena en su hoja… lo que hace que cualquier herida provocada por ella sea imposible de curar con magia.

Eso… eso sí me interesaba.




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