Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 75: "jamas debí juntarlas" (parte Dos)

—También está el libro blanco —intervino Garret, con una voz grave que cortó la tensión del ambiente. Ambos, la chica multicolor y yo, lo miramos al mismo tiempo, sus palabras flotando en el aire con una carga de información que no esperaba. Garret no paró, y su tono se tornó más grave—. Ese está en los Olimpos, y es imposible que entren ahí. Lo que querían era el libro negro, para tener una ventaja sobre ti y encontrar la manera de anularte.

Una sonrisa se dibujó en mis labios, una sonrisa sarcástica, llena de desprecio y desdén. Lo miré fijamente, disfrutando del silencio que siguió a sus palabras. No necesitaba responder de inmediato, porque ya estaba formulando mi respuesta, cada palabra calculada con precisión. Me encogí de hombros de manera casual, dejando que mi mano descansara alrededor de mi cintura mientras la otra se elevaba en el aire, en un gesto de absoluta satisfacción.

—Qué pena —dije, con fingido pesar, queriendo que mis palabras calaran hondo—. Lo único que han logrado es enfurecer a una diosa de la magia que tiene a toda una línea poderosa bajo su mando… y a una semidiosa de la creación y destrucción que, además, posee magia de todo tipo...

Vi cómo la chica multicolor miraba hacia abajo, como si evaluara mis palabras, pero no sentí ningún temor. Todo lo contrario, un cosquilleo de poder creció dentro de mí. No era la primera vez que me enfrentaba a desafíos, y sabía muy bien cómo manejarlos.

Sonreí más ampliamente, mis ojos centelleando con la determinación de una tormenta en su punto máximo.

—Enséñame lo esencial de ese libro. Quiero saber cómo evitar su magia.

Lara, con su mirada llena de algo que podría haber sido respeto o simplemente el interés de alguien que sabe que lo que está a punto de hacer tiene una razón de ser, guardó su espada en su espalda. Luego, con un gesto deliberado y calculado, hizo una reverencia, inclinando la cabeza en una muestra de respeto, mientras sus labios se curvaban en una sonrisa macabra, como si ella misma disfrutara de la ironía de nuestra situación.

—Con gusto, Portadora —respondió ella con una suavidad que contrastaba con el peligro que emanaba de sus palabras.

Garret, al ver lo que estaba sucediendo, no pudo evitar sollozar con una exagerada dramatización. Podía escuchar el sonido del supuesto llanto, pero no me sorprendió en absoluto. Aquellos como él siempre se quejaban de las consecuencias de sus propias acciones, pero nunca aceptaban su responsabilidad.

—Jamás debí juntarlas —se quejó, su tono lleno de un sufrimiento fingido.

Reí en voz baja, casi burlándome, y asentí. No había nada que más me divirtiera que ver a alguien lamentarse por sus propias decisiones.

—Opino lo mismo, pero esto saldrá mucho mejor de lo que imaginé.

"Así tendré más armas para acabar con él bastardo" pensé para mí misma, sin dejar que esas palabras se me escaparan en voz alta, porque sabía que la lucha que se avecinaba sería mucho más profunda que lo que Garret podría imaginar.

Un grito penetrante rompió el silencio.

—¡Aaaaah!

Mi corazón dio un vuelco. El grito provenía del segundo piso, y no necesité pensarlo dos veces. Algo dentro de mí se tensó, la urgencia de la situación fue como un golpe directo en mi pecho. Corrí, despojando mi mente de cualquier distracción, como si mi cuerpo se moviera por instinto, sin que pudiera controlarlo.

Llegué al cuarto de Oshin en segundos, y lo que vi me arrancó un suspiro de dolor.

El suelo bajo mis pies pareció desvanecerse mientras lo veía.

Roderick estaba allí, llorando desesperadamente sobre el cuerpo de Oshin, sacudiéndolo con desesperación, buscando algo que no podía encontrar. La escena era insoportable, un dolor palpable que se filtraba en mi pecho. No importaba lo fuerte que tratara de ser, ver a Roderick en ese estado me quebró por dentro un poco más.

—Papi… papi, anda, alliba. Despielta… —su voz quebrada, llena de ruego, se clavó en mis oídos.

No podía dejarlo solo. No podía.

Corrí hacia él, sin pensarlo dos veces, y en cuanto lo vi, me lancé hacia él, envolviéndolo en mis brazos. Su pequeño cuerpo temblaba con cada sollozo que escapaba de su garganta. Lo abracé con fuerza, intentando que todo el miedo que sentía se disipara de alguna manera.

Pero el terror en sus ojos no se podía borrar.

—Fumiko… ¿mi papi? —su pregunta era como una daga. Mi corazón se rompió aún más al escucharla.

No podía responder. No había palabras que pudieran consolarlo. Así que lo apreté más fuerte, cubriéndole el rostro para que dejara de mirar a su padre, para que no tuviera que seguir presenciando ese sufrimiento. Mis ojos, sin embargo, se clavaron en Oshin, el hombre que había sido mi anhelo y mi pesadilla, tendido ahí, inerte, como si todo lo que habíamos vivido juntos fuera ahora solo un sueño lejano.

El aroma que siempre había reconocido en él, esa fragancia que solía marcar la diferencia entre estar perdida o a salvo, me golpeó de lleno. Y entonces sentí esa sensación en mi nuca. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Era un vacío que no podía llenar.

—Engendro —llamó Ai, su voz llena de dolor. Pero Roderick apartó el rostro de ella, como si no quisiera que nadie más lo tocara. Se ocultó aún más en mi pecho, su llanto había disminuido, pero no se había ido del todo.

Podía sentir la calidez de su pequeño cuerpo, esa calidez que de alguna manera me mantenía conectada con algo humano. A pesar de todo lo que había sucedido, no podía dejarlo ir. No podía.

Era la misma calidez que alguna vez me dio Oshin.

Esa calidez me envolvía ahora, un calor extraño que se sentía más como una condena que como un alivio.

Sentí cómo la calidez desaparecía de golpe, como si se hubiera evaporado en el aire, dejándome vacía, de nuevo.

Esa sensación de seguridad que me había dado Oshin, ese abrazo invisible que solía mantenerme en pie, se desvaneció sin previo aviso, y lo único que quedó fue el dolor.




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