Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 80: "...un paso en falso" (parte Dos)

Una pésima forma de terminar el mes. Todas las semanas de este mes han sido un completo desastre. He tenido la sensación de que, por cada paso que doy para arreglar algo, surge otro problema que desbarata todo lo que había conseguido. Es como si estuviera atrapada en un ciclo interminable de caos. Como lo del bebé de Ai, por ejemplo. Después de tanto esfuerzo, logré conseguir que naciera, aunque no ahora ni en esta línea temporal. Pero, al menos, tendrá esa vida que perdió. Al menos eso era lo que pensaba, hasta que ocurrió lo de Oshin.

Ai estaba en la sala, acostada sobre el pecho de Riu. Estaba tranquila, hablando con él, mientras él la abrazaba con ternura y jugueteaba con su cabello, como si todo estuviera bien en el mundo. Pero yo no podía verlo así, como si todo fuera perfecto. Había demasiadas emociones dentro de mí, demasiados recuerdos que no podía dejar de procesar.

—Fumiko— me llamó Ai, pero yo la ignoré, como he estado haciendo todo este tiempo. La culpa me carcome y me tortura constantemente, como una presencia que no me deja en paz. Cada vez que veo esos ojos de Ai, siento que me reprocha algo que ni siquiera sé si está en mis manos cambiar. Tal vez es solo algo en mi cabeza, pero no puedo evitarlo. El sentimiento de impotencia y remordimiento me ahoga.

Seguí subiendo las escaleras con Roderick en mis brazos. Él me observaba en silencio, sus ojos fijos en mi rostro, como si estuviera analizando cada movimiento, cada cambio en mi expresión. Sentía su mirada y no podía escapar de ella. Intentaba esconder mi angustia, pero él parecía saberlo todo, como si pudiera leer mis pensamientos.

—Bonita...— me llamó Riu, desde el fondo, con esa voz suave que siempre tenía para mí. El sonido de su voz me atravesó, y de inmediato tragué en seco, como si esas seis letras pudieran destrozarme. Me negaba a mirarlo, pero no pude evitar que una parte de mí, la más vulnerable, quisiera correr hacia él y derramar toda la tristeza que había acumulado durante semanas. Sabía que si lo miraba a los ojos, me desmoronaría. Era como un edificio frágil, a punto de colapsar con un solo soplo.

A pesar de todo, aunque me hace falta mi mejor amigo más que nunca, sé que Ai lo necesita más que yo. Ella ha sufrido tanto, ha pasado por cosas que ni siquiera puedo entender, y yo, que me he dejado arrastrar por mi egoísmo, tengo que ponerlo todo en su lugar. Ya he sido demasiado egoísta, y no quiero que esa actitud me destruya. Nada terminó bien cuando actué solo para mí. Así que decidí que dejaría de ser egoísta, por ahora, al menos.

Caminé directamente hacia el cuarto de Roderick, pasando junto a la puerta de Oshin. No me sentía lo suficientemente fuerte como para entrar allí, especialmente con Roderick en mis brazos. Él tenía esos ojos miel que tanto me recordaban a su padre, y verlos en su rostro me golpeaba como un martillo. El dolor era tan fuerte, que me sentía como si fuera a derrumbarme en cualquier momento. Si entraba allí, sabía que perdería toda la compostura. Me derrumbaría, sin lugar a dudas. Me desmoronaría como un castillo de arena arrasado por la marea, y toda mi fachada de fortaleza caería de inmediato.

Lo que menos quería en ese momento era que Roderick comenzara a llorar de nuevo. Apenas había dejado de hacerlo, y ya no soportaba la idea de verlo sufrir más.

Entré en su cuarto y lo dejé en el suelo, asegurándome de cerrar la puerta con suavidad. Él se acercó rápidamente a su canasto de juguetes, buscando algo con emoción. Sacó unos soldaditos pequeños, de color verde, y vino hacia mí, mostrándome tres en particular.

—Son los favoritos de mi papá—, dijo con una sonrisa inocente. Mi corazón se contrajo al instante. Había algo en sus palabras que me atravesó. No pude evitar sentir una punzada en el pecho al ver cómo él me ofrecía esos pequeños soldaditos, como si tuviera la esperanza de que yo los cuidara tanto como su papá lo haría. Me extendió los juguetes, con una mirada llena de confianza y cariño.

—Quiero que te los quedes— agregó, con una sinceridad que no pude ignorar. Una sonrisa sincera apareció en mi rostro, pero a la vez, sentí una mezcla de emoción y tristeza. Este niño, tan pequeño y vulnerable, era capaz de desarmar cada parte de mí que intentaba mantener en pie. Esa parte que quería aparentar fortaleza, pero que no podía evitar quebrarse ante su ternura.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas sin previo aviso. Me puse de cuclillas frente a él, sin poder detener el temblor que recorría mi cuerpo.

—¿Estás seguro? Seguramente tú quieres conservarlos... ¿No?— le pregunté, tomando sus pequeñas manos sin tocar los juguetes. Él negó con la cabeza con firmeza.

—Quiero que los conserves tú— dijo, su mirada tan seria y decidida como si entendiera que, tal vez, esos soldaditos significaban algo más que un simple juego. Me sentí abrumada por su generosidad, su deseo de que yo los tuviera. Asentí, con una sonrisa que trataba de ocultar mi dolor, y tomé los tres soldaditos en mis manos.

Los besé en la mejilla con todo el cariño que sentía por él, como si pudiera transmitirle todo el amor que no sabía cómo expresar de otra manera.

—Eres un lindo niño. Pase lo que pase, jamás cambies— murmuré, con voz baja, casi inaudible, pero llena de cariño. Él sonrió, moviendo la cabeza, con esa determinación que lo hacía parecer mucho más sabio de lo que su edad indicaba.

—Jamás— afirmó, sin vacilar, y eso me dio algo de paz, aunque fuera solo por un momento.

Después de eso, nos tiramos al suelo con todos los juguetes de Roderick. Él me mostró todo lo que tenía, mientras yo me dejaba llevar por la alegría que él emanaba. Nos reímos, jugamos durante un buen rato, y finalmente, nos quedamos dormidos juntos, en el suelo, con él abrazado a mi pecho. Fue un descanso, aunque fugaz, del torbellino de emociones que llevaba dentro. Solo deseaba que, por un momento, todo pudiera quedarse en calma.




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