—¡Se ven tan tiernos así! —chilló la voz de Garret desde la puerta. Su tono era juguetón, pero había una evidente preocupación en su voz.
Estos últimos días había desarrollado la costumbre de quedarme dormida en el cuarto de Roderick después de jugar con él. Siempre terminábamos juntos, él acurrucado en mi regazo, y yo sin fuerzas para regresar a mi cuarto. Abrí los ojos lentamente, bostezando mientras intentaba orientarme en la penumbra de la habitación. Lo primero que hice fue acomodar a Roderick para que no se despertara, colocándolo suavemente sobre mi regazo, dándole la suficiente comodidad para que siguiera durmiendo.
—Hola, Garret —murmuré, aún medio adormilada—. ¿Alguna noticia?
Él negó con la cabeza, acercándose con cautela y dejando escapar un suspiro de frustración.
—Han pasado dos semanas y no ha ocurrido nada relevante. Aunque esa sensación de molestia sigue ahí… es como un nudo en el estómago que no se va. Y cada vez es más latente, más insoportable —respondió, con una expresión que reflejaba el agotamiento emocional que arrastraba consigo.
—No he encontrado nada nuevo, pero sí he hablado con Luna y Rubí —añadió Garret, su mirada fija en el suelo por un momento, como si pensara que aquello podría aliviar un poco la carga.
Yo seguía mirando a Roderick, sin querer que se despertara. Sabía que Garret estaba preocupado, pero en ese momento, lo único que me importaba era que el pequeño siguiera descansando tranquilo.
—¿Qué te dijeron? —pregunté, chasqueando los dedos mientras me apresuraba a cambiar a Roderick por su típica pijama de dinosaurio verde. Siempre me había hecho sonreír ese pijama, tan sencillo y a la vez tan especial para él.
—Bueno, mientras yo estoy aquí, intentando no volverme loca con esta sensación en mi pecho, él ha estado paseándose por las líneas buscando algo, alguna pista sobre esos gemelos malditos, tratando de anticipar lo que viene —dijo Garret, su tono grave y serio. Se pasó una mano por el cabello, mirando el suelo como si las respuestas estuvieran allí.
Me quedó claro que Garret estaba tan agotado como yo. Llevábamos días lidiando con esa incertidumbre, esa sensación de que todo se estaba desmoronando y no podíamos hacer nada para evitarlo.
—Y Rubí me dijo que hay mucho movimiento entre los ‘exiliados’ de su raza —continuó Garret—. Mencionó que probablemente se trate de Lucifer. A veces, por la aura que cubre las calles, se siente su presencia. Eso no me gusta, es como si todo estuviera cambiando a su alrededor, pero no sabíamos si esa era la señal de algo peor o solo el preludio de algo aún más grande.
Gruñí mientras levantaba a Roderick en mis brazos con cuidado, como si el peso de la preocupación fuera algo físico que ahora compartiera con él. Mi mente ya se había sumido en pensamientos oscuros.
—Esos malditos se están tardando demasiado. Ya no puedo seguir esperando sin hacer nada. No me gusta nada de esto —gruñí, apretando los dientes mientras mis dedos se aferraban a la pequeña figura de Roderick. Mi frustración era palpable.
Garret, al ver la intensidad en mi expresión, se tomó un momento antes de hablar. Cuando lo hizo, su tono fue más calmado, pero aún así firme.
—Después de ver lo que puedes hacer… tiene sentido que te sientas así. Entiendo que no puedes quedarte quieta. Pero, por favor, no te desesperes. La situación está complicada, pero dar un paso en falso puede arruinarlo todo. Tenemos que ser pacientes —dijo Garret, suspendido en el aire mientras adoptaba una postura relajada, como si fuera un maestro de meditación, con una pierna cruzada sobre la otra y las manos descansando sobre su nuca. Aunque su exterior estaba tranquilo, sabía que dentro de él el caos se estaba desbordando igual que en mí.
Miré a Roderick mientras lo acostaba en su cama, cubriéndolo con su manta de dinosaurios, como si pudiera protegerlo de todos los miedos que se acumulaban dentro de mí. Quería mantenerlo a salvo, a toda costa. Sabía que si algo le pasaba a él, no podría perdonármelo.
—Quiero acabar con esto de una vez por todas —me quejé, pasando una mano por mi rostro con frustración—. Cada vez me estoy encariñando más con este mocoso, y eso solo me está haciendo más difícil evitar a Riu y Ai. Me están volviendo loca, Garret, y lo peor es que el maldito señor Mael sigue presionando para que me haga cargo de la manada como la Luna que soy. Las peleas entre él y Estrella están sacándome de quicio. Mi paciencia está llegando a su límite.
Garret se quedó en silencio por un momento, procesando todo lo que acababa de decir. Lo que me molestaba no era solo la situación con Roderick, sino todo el caos que se había generado alrededor de mi vida desde que todo comenzó. La manada estaba al borde del colapso, y la presión que sentía de todos lados solo me estaba aplastando más.
—Conociendo a esta familia como la conozco, sé que les falta Oshin para poder separarse y unirse de nuevo. Oshin era el núcleo, el alpha de todo esto. Ahora, sin él, la manada está en desorden, no saben qué hacer, y eso me pone aún más nerviosa —agregué, apretando los puños y mirando al vacío. Garret levantó la vista y abrió los ojos, mirándome en silencio.
—Supongo que era de esperarse. El alpha era el centro de todo esto, su presencia mantenía el equilibrio. Al no estar él, todo se descontrola. Pierde el orden, el control, y lo peor, el sentido. Es una bomba de tiempo, y todos estamos esperando que explote —murmuró Garret, con una mirada seria, reconociendo que las cosas se estaban saliendo de control. Suspíré profundamente, sintiendo el peso de sus palabras.
—Solo espero que sea pronto —dije, con una voz quebrada por la frustración—. No voy a poder soportar mucho más tiempo aquí. Y no solo porque no quiera seguir lidiando con todo esto, sino porque en dos semanas es mi cumpleaños, y él no estará aquí para cumplir su promesa. Eso es lo que más me duele. Me siento tan vacía por dentro, como si todo lo que he estado construyendo se estuviera desmoronando, y ni siquiera puedo detenerlo.
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Editado: 15.07.2026