Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 82: "bum..." (parte uno)

"No hace falta nada más, ya se libre. Se feliz.
Ya da lo mismo aquí."

Fumiko Ibars

Los malditos días en el calendario seguían pasando como si nada, y con cada amanecer me sentía más atrapada en una espiral de desesperación que no parecía tener fin. Los minutos se alargaban y, sin embargo, la angustia no disminuía. Cada día se convertía en una carga, y aunque trataba de ignorarlo, la sensación que me invadía se intensificaba. Era como si un fuego comenzara a crecer dentro de mí, una llama que se iba expandiendo poco a poco, acercándome más a su centro, como si quisiera devorarme por completo. La presión era palpable, y cada vez me sentía más cerca de ser consumida.

Lo que no lograba entender, y lo que más me desconcertaba, era cómo podría calmar esas llamas antes de que se encendiera algo mucho peor. Eran llamas que quemaban sin consumir, un calor abrasador que me desgarraba por dentro, pero que al mismo tiempo no podía extinguir. Me sentía atrapada en un fuego que no se apagaba, una llama incontrolable que amenazaba con arrasarlo todo.

—Listo —le dije a Roderick cuando terminé de atarle el cordón de su zapato, mi voz un poco cansada pero intentando transmitirle calma. Él sonrió con una expresión que reflejaba una mezcla de satisfacción y alegría y saltó de la cama con energía.

—Muchas glacias, Fumiko —dijo, su voz llena de gratitud y una chispa de felicidad que, aunque pequeña, se sentía como un respiro en medio de la tormenta.

Cada vez era más evidente su tranquilidad, y me sorprendía lo rápido que su alegría se estaba recuperando. Sus ojos, antes apagados, ahora comenzaban a brillar con una luz que me hacía sentir que tal vez había esperanza para él, y por alguna razón, eso me tranquilizaba.

—Bien, ve a desayunar. Yo estaré por ahí —dije, sin mirarlo directamente. Él me miró, y antes de irse, tomó una de mis manos con suavidad. Con una mirada que transmitía cierta preocupación, me hizo agacharme, forzándome a mirarlo a la altura de sus ojos.

—¿De nuevo no desayunalás con nosotlos? —preguntó, su tono lleno de curiosidad y una pizca de tristeza.

Negué suavemente, sonriéndole, y al estar a su altura, él acarició mi rostro con ternura. Sus ojos miel brillaban con una suavidad que me hizo sentir una punzada en el pecho. Era difícil mantener esa distancia emocional que tanto necesitaba, pero había algo en él, en su mirada, que lo hacía casi imposible de evitar.

—¿Pol qué están más osculos desde... ese día? —preguntó con cautela, como si no quisiera invadir demasiado mi espacio emocional. El dolor en sus palabras me atravesó como una aguja. Me sonrojé ligeramente, pero logré sonreírle, aunque mi corazón estaba un poco más pesado.

—Para ser honesta, ni yo lo sé —respondí, mi sonrisa se hizo un poco más triste. Agradecía la calidez de su mano sobre mi rostro, era un consuelo pequeño pero significativo, algo que me mantenía anclada en la realidad.

"Mentirosa" me regañó mi conciencia. La respuesta real era que ya había perdido. El vacío dentro de mí era mucho más profundo de lo que estaba dispuesta a admitir, y aunque intentaba mantener la compostura, el dolor me desgarraba por dentro.

—¿Segula? —me preguntó, sin soltarme, con esa preocupación que me hacía sentir que tal vez él también estaba luchando con sus propios miedos. Asentí, tomando su manita y besando el dorso de su mano con una suavidad que no reflejaba la tormenta interna que estaba viviendo.

—Sí, ahora ve a desayunar. Nos vemos después —le dije, con una voz que trataba de sonar firme, aunque mi corazón temblaba de incertidumbre. Él asintió y, con un suspiro de resignación, se apartó.

—Está bien —se quejó. Me levanté del suelo con algo de esfuerzo, y ambos caminamos hacia la puerta. Lo dejé en el umbral del comedor, y él se fue a su lugar en la mesa, con una pequeña sonrisa todavía en su rostro. Pero yo sabía que no todo estaba bien. Algo dentro de mí lo sabía, aunque él no lo entendiera.

De repente, me llamaron. La voz de Mael me hizo tensarme.

—Niña —me dijo, su tono autoritario y frío me hizo girar hacia él, pero mi mirada fue de reojo, evitando el contacto directo. Mi actitud había cambiado tanto que ni yo misma me reconocía a veces. Ya no quedaba rastro de la persona que alguna vez fue amable y abierta. Ahora solo quedaba una sombra de lo que solía ser.

—¿Qué quiere? —respondí, mi voz fría y distante, como un muro que se había erguido entre nosotros. Mi actitud era siempre la misma con todos ahora, excepto con Roderick. Con él, no podía ser tan distante.

—¿Cuándo te harás cargo de la manada? —preguntó con su típica desconfianza. Reí un poco, con una risa que sonaba más amarga de lo que esperaba, y negué con la cabeza, cansada.

—No se preocupe, pronto dejará de preocuparse por eso... Me encargaré de algunas cosas que tengo pendientes, y todo estará como si yo nunca hubiese existido —le dije, mirando de reojo. Un escalofrío recorrió su cuerpo, y pude notar cómo su rostro se tensaba ante mis palabras.

—Sigo sin entender a qué te refieres con eso —murmuró entre dientes, visiblemente incómodo. Reí de nuevo, esta vez con una risa que no era de alegría, sino de desdén, y volví a mirarlo. Todos en la mesa tenían sus ojos fijos en mí, observándome, juzgándome.

—Y jamás lo entenderás —dije con firmeza, una sonrisa despectiva asomando en mi rostro. Di media vuelta, dándole la espalda a todos, y decidí que ya no tenía nada más que decirles.

—Buen provecho —dije, y salí de allí hacia el jardín. Me sentía como si un peso se hubiera levantado, pero también sentía un vacío que no podía llenar.

Llevaba puesta la cadena que Oshin me había regalado, esa cadena que se había convertido en una parte de mí. No me la quitaba nunca, como si con ella aún pudiera mantener un lazo, aunque solo fuera simbólico, con él. Pero a veces, incluso esa pequeña conexión me parecía insuficiente.




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