Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 86: "todo acaba" (parte tres)

—¡Suéltalo! —me gruñó Lucifer, la voz rasposa de furia, los ojos como brasas ardiendo en su rostro. Los lobos que habían estado rodeándome, avanzando hacia mí con sus ojos brillantes como lunas llenas, se detuvieron de repente. Sus miradas se quedaron clavadas en mí, observándonos, observándome con una mezcla de desconcierto y miedo. No era por la amenaza de Lucifer, sino por el caos palpable que yo irradiaba, una fuerza oscura que les helaba la sangre.

—¡Ahora! —ordenó Lucifer, su tono grave y autoritario como una condena. La presión de su voz me atravesó, pero la respuesta que le di fue una risa amarga, sin gracia, cargada de furia contenida.

—¿Y qué pasa si no me apetece? —gruñí, mi voz rasgando mi garganta mientras mis manos ardían de nuevo, el mismo picor que me había dominado la vez que aquellos malditos llegaron a la manada, destruyéndolo todo. El recuerdo me quemó, pero esta vez algo dentro de mí se rompió aún más. Mis manos palpitaban, me exigían algo más, algo mucho más grande. Mi mente, ya quebrada, se tornó aún más oscura, imparable.

Hades sollozó, su llanto llegaba a mis oídos como un eco lejano. Giré hacia él, y sonreí como una psicópata, una sonrisa fría, macabra.

—¡Oooh! Lo siento... está llorando —me burlé, mi voz rebosante de una emoción oscura y retorcida—. ¿Qué se siente, maldito? —le grité a Lucifer, mi cuerpo temblando de rabia y venganza. No podía parar.

—Dices que yo destruiré el mundo... —dijo Lucifer, su tono cargado de ironía, pero algo en su mirada me hizo fijarme en él. Mis ojos se clavaron en su rostro, expectante, esperando lo que iba a decir. Algo dentro de mí, un retazo de esperanza rota, seguía esperando una respuesta. Esperaba que su mirada cambiara, que no fuera tan fría, tan vacía.

—¡Tú vas a destruir el mundo! —me gritó, y en ese momento, algo dentro de mí explotó. Mis ojos ardieron como si llamas puras se encendieran en mi interior, mi mandíbula se apretó tan fuerte que mis dientes parecían estar a punto de romperse. Mis manos empezaron a temblar, y entonces las lágrimas brotaron de mis ojos, sin permiso, sin control. ¿Por qué no podía detenerme?

—¿Qué destruiré el mundo?, ¿Qué destruiré el mundo? —me quejé, sintiendo cómo las lágrimas hacían que mis mejillas se calentaran, cómo mi boca me dolía por la presión. ¡Todo mi cuerpo dolía! La angustia me aplastaba, me devoraba. Mi mente era un laberinto de confusión. Todo había perdido su sentido.

—¡Él era mi mundo! —grité, el dolor y la rabia saliendo de lo más profundo de mi ser. Aflojé el agarre en el cuello de Hades solo para tomar con rapidez su brazo, evitando que escapara. Mis uñas se clavaron en su piel, dejando marcas rojas y profundas, mientras lo sujetaba con toda mi fuerza. No lo iba a dejar escapar. No lo permitiría. —¡Él era mi maldito mundo y tú me lo quitaste!, Ahora tú sabrás lo que es perderlo todo... lo que es perderlo ante tus ojos, sin poder hacer nada.

Mis palabras eran un susurro amargo, cargadas de dolor. Mi pecho se oprimía, mi respiración se hacía más y más errática, más frenética. Las lágrimas caían sin cesar, ardiendo sobre mi piel como si fueran ácido, arrasando con todo. Hades sollozaba en mi brazo, incapaz de moverse, pero yo no podía detenerme. Lucifer solo miraba, y su rostro mostraba algo que no quería reconocer: la desesperación. No era sólo odio lo que veía en sus ojos, era un miedo profundo, una incomodidad palpable.

—No le hagas nada, por favor —rogó Lucifer, acercándose a mí. Vi su figura acercarse lentamente, sus manos levantadas, como si quisiera evitarme. Y aunque su rostro mostraba súplica, yo no podía oírlo, no podía sentirlo. Ya estaba demasiado lejos de la humanidad, de la lógica. Hice un lazo invisible, atrapando sus manos, atándolas con un poder que parecía venir de una fuerza que ni siquiera entendía. Era como si algo dentro de mí lo retuviera, lo hiciera pequeño. El maldito no podía acercarse.

Mis uñas crecieron de manera descomunal, y con una fuerza impía, las pasé por la garganta de Hades. La piel se desgarró con un sonido sordo, sin compasión. El miedo de Hades era palpable, pero yo ya no sentía nada. Nada más que un vacío abismal que me devoraba. Lucifer gritaba, luchando por soltarse, pero nada de eso importaba. Yo lo veía, y sentía que cada instante me acercaba más a mi perdición.

—Ahora míralo. Verás en primera fila lo que es ver escapar la vida de alguien que amas... frente a ti. Sabiendo que no puedes hacer nada. Sabiendo que todo es culpa tuya. Todo. —Hablaba, mi voz quebrada, cargada de dolor. Lucifer apartó la mirada de Hades, quien ya apenas se movía en mis brazos. Entonces, con un golpe telequinético, lo forcé a mirarme, y lo hizo. Sus ojos se encontraron con los míos, llenos de odio, pero también llenos de algo que no pude descifrar.

—Es horrible, ¿verdad? —murmuré, mi voz rota. Solté a Hades, dejándolo caer de rodillas al suelo. Él no se movió. No respiraba. Solo miraba los ojos de su hermano, mientras las lágrimas corrían por su rostro.

—Es como si te arrancaran una parte de ti... como si te mataran. Te dejan vacío... —dije en voz baja, mis palabras un susurro de desesperación. El cuerpo de Hades cayó finalmente, de cara al suelo. Estaba muerto. Lucifer se retorció en su lugar, su cuerpo tenso, y su grito de desesperación rasgó el aire. No podía ver lo que veía, no podía sentir lo que yo sentía, pero el sonido de su dolor era suficiente.

—Conozco perfectamente ese sentimiento, pero, para tu maldita suerte, no tendrás que vivir con esa sensación de vacío el resto de tu miserable vida... No como yo tengo que hacerlo ahora. —Me acerqué a Lucifer, mi respiración acelerada, mi corazón palpitando desbocado. Tomé su cabeza con una mano, y el toque de mi piel sobre la suya pareció quemarme.

—Dejaría que vivieras para que sintieras lo que yo siento... lo que sentiré el resto de mi repugnante existencia. Pero no puedo darme ese lujo. —dije sin mirarlo, mis ojos observando a los lobos que seguían detrás de mí, mirándome sin comprender lo que estaba ocurriendo.




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