"Quiero ya no amarte y enterrar este dolor, quiero que mi corazom te olvide..."
Fumiko Ibars
Desperté con pesadez, sintiendo mi cuerpo agotado. La luz que se colaba a través de las rendijas de la ventana me quemaba los ojos, y un dolor punzante en mi cabeza me obligó a llevarme la mano a la frente. Mis dedos recorrieron mi rostro, buscando algún alivio. Estaba confundida, aturdida, y lo único que quería era volver a cerrar los ojos y descansar, pero algo dentro de mí me decía que no debía hacerlo.
Me tomé unos segundos más para recuperar el aliento, y cuando finalmente pude abrir los ojos, me di cuenta de que no estaba en mi habitación, sino en el cuarto de Oshin. Todo estaba en silencio, y solo el suave murmullo del viento entrando por la ventana me acompañaba. A pesar de mi confusión, no podía evitar preguntarme qué había sucedido.
De repente, un movimiento rápido me hizo abrir los ojos nuevamente. Cuando lo hice, vi a Roderick frente a mí, con una gran sonrisa en su rostro, aunque sus mejillas estaban empapadas por las lágrimas. Me sorprendió verlo tan cerca, pero lo que más me impactó fue la intensidad de su expresión.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz quebrada, como si no pudiera creer lo que veía. Sus ojos brillaban de emoción y preocupación al mismo tiempo.
Intenté sonreír, pero me salió una expresión algo forzada, aún con el peso de la confusión en mi mente.
—Claro que lo estoy. —respondí, intentando calmarlo. Pero apenas pude terminar la frase cuando Roderick se lanzó hacia mí, envolviéndome en un abrazo apresurado. Al principio me tensé, sintiendo una punzada de dolor por la posición en la que estaba, pero al final no pude evitar corresponderle. Sentí sus brazos apretándome con tanta fuerza, como si temiera que me desvaneciera de nuevo.
—Cleí que también te perdelía, como a mi papá... —dijo con voz quebrada, su llanto resonando en mi hombro. Sentí que mi pecho se apretaba al escuchar esas palabras, un nudo se formó en mi garganta, y una sensación agria me invadió. Las ganas de llorar aparecieron, pero no quería hacerlo, no podía hacerlo. No con él así, tan vulnerable. No con Roderick mostrándome ese miedo tan real, tan palpable.
Acaricié su cabeza con suavidad, intentando calmarlo. Quería decirle algo, pero no sabía qué. ¿Cómo decirle que todo estaría bien cuando ni siquiera yo sabía si eso era cierto?
—¿Qué te hizo pensar eso? —le pregunté, con un tono suave, tratando de desviar su atención hacia algo menos doloroso.
Roderick se separó ligeramente de mí, sus ojos aún rojos y enrojecidos por el llanto. Su expresión mostraba una mezcla de dolor y alivio, pero también de preocupación. En ese momento, Garret apareció en la puerta, su presencia imponente y silenciosa. Me miró con una mezcla de curiosidad y desdén, pero no dijo nada de inmediato.
—Dormiste casi dos semanas después de acabar con todos —comentó Garret con una voz seria, casi distante. Al principio no comprendí lo que estaba diciendo, pero al ver mi rostro confundido, él continuó. —Lo que hiciste fue… no fue algo fácil. Usaste demasiado de tus poderes. Además, eliminaste a dos demonios mientras experimentabas todas las emociones posibles: odio, ira, dolor. Y si a eso le sumas los golpes que recibiste y cómo te curaste sola... Es un milagro que sigas viva.
Mis ojos se abrieron ligeramente al escuchar sus palabras. Dos semanas. No podía creerlo. Sentí que mi cuerpo se volvía aún más pesado, como si el peso de todo lo que había pasado me cayera de golpe.
—¿Tanto? —pregunté, mi voz entrecortada, aún intentando procesar la magnitud de lo que había ocurrido. Roderick, que se había separado de mí para irse a acurrucar en mi regazo, me miró con tristeza. Sus ojos se cerraron lentamente mientras descansaba su cabeza en mi cintura, buscando algo de consuelo. No podía evitarlo. No quería que se sintiera solo.
Garret se acercó un poco más, observando cómo Roderick se acomodaba a mi lado, y suspiró pesadamente.
—Sí. Pasó aquí todo el tiempo, sin descansar. No ha podido dormir bien, preocupado porque no despertabas. Solo come cuando Ai lo obliga. Es como si no pudiera seguir adelante hasta asegurarse de que estés bien.
Las palabras de Garret me golpearon, y por un momento no supe qué responder. Me quedé mirando a Roderick, quien dormía plácidamente en mi regazo, su respiración tranquila ahora que parecía estar más relajado. No pude evitar sonreír con ternura mientras acariciaba su cabello, sintiendo una mezcla de tristeza y cariño hacia él.
—Sí, lo voy a extrañar —murmuré con sinceridad, sin poder ocultar el dolor en mi voz. Lo miré a los ojos y le pregunté: —¿Cuándo haremos el cambio? ¿Cuándo puedo empezar a moverme de nuevo?
Garret, con su habitual tono serio, me miró fijamente.
—Cuando estés en condiciones para hacerlo. Estás muy débil aún. No me importa lo que digas, estás lejos de estar lista.
—¿Cuándo estaré en condiciones? —pregunté, apremiante. La urgencia en mi voz no era solo por el cambio, sino por todo lo que había dejado atrás, todo lo que no podía controlar.
—Una semana mínimo —respondió sin darle muchas vueltas. La frustración me llenó, pero asentí, comprendiendo que no podía apresurar el proceso. Mi cuerpo necesitaba tiempo.
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Editado: 15.07.2026