"A veces, el dolor es tan profundo que preferiríamos escapar de todo, pero lo único que nos queda es enfrentarlo, aunque eso signifique perder una parte de nosotros mismos."
Fumiko Ibars
Mi cuerpo estaba levantado, moviéndose levemente de un lado a otro. A pesar de todo el cansancio, mi mente no se detenía. Podía sentir cómo mi cuerpo, pesado como plomo, apenas lograba mantenerse en pie. Pero la angustia era más fuerte que el sueño que me reclamaba. Mis pensamientos se disparaban a mil por hora y mi corazón latía tan fuerte que era todo lo que escuchaba. Con cada latido, parecía que algo dentro de mí se rompía aún más.
Abrí los ojos, pero la luz que entraba por la ventana los quemaba, así que los cerré de inmediato. La oscuridad era lo único que me ofrecía algo de calma, un respiro para el caos que sentía dentro de mí. La pesadez de todo lo que había pasado en estos días era tan abrumadora que ni siquiera podía distinguir si estaba despierta o soñando.
—Vuelve a dormir —dijo una voz tranquila y suave. Reconocí la voz de Riu al instante, esa voz que, en el fondo, siempre me daba cierta paz, aunque ahora no lograba consolarme del todo. Mi cuerpo pesaba más que nunca, como si un millón de toneladas estuvieran sobre mis hombros, y mi cabeza, enloquecida de dolor, parecía estallar en mil pedazos. Y, lo peor de todo, mi corazón, ese pedazo de mí que alguna vez estuvo entero, ahora estaba hecho pedazos.
—Vamos de regreso a la casa... Bonita, todo estará bien —aseguró con una pequeña sonrisa, aunque sabía que ni él ni yo creíamos realmente en esas palabras.
—Sí, se que lo estará —murmuré, más dormida que despierta. La sensación de perder el control de mi propio cuerpo era tan abrumadora que caí rápidamente en la inconsciencia. Pero esa no era la paz que esperaba, sólo una falsa calma en la que la tormenta seguía rugiendo.
(...)
Un peso junto a mí me hizo despertar de golpe, y la sensación de mareo me envolvió inmediatamente. El mundo parecía girar alrededor mío y, por un momento, todo se volvió borroso, como si estuviera atrapada en una niebla espesa que no me dejaba respirar con claridad.
—Mierda —me quejé, frotándome la cabeza. El dolor de cabeza era insoportable. Había pasado la noche entre lágrimas, entre recuerdos de lo que perdí, entre pensamientos que no podía detener. El clima de ayer no había sido el mejor para mí, y todo se había acumulado, destrozándome poco a poco.
—Cálmate, bonita —me habló la voz de Riu nuevamente, con un tono tan calmado que me hizo sentir aún más vulnerable. Me levanté de golpe de la cama, sintiendo que la cercanía de él quemaba, como si algo dentro de mí se desbordara y no pudiera controlarlo. No era solo el dolor físico lo que me afectaba, sino también ese torbellino de emociones que me arrastraban a lugares oscuros. Riu suspiró pesadamente y se levantó también, viniendo hacia mí, pero no podía mirarlo. Sentía que, si lo hacía, algo dentro de mí se rompería aún más.
—¿Qué ocurre?, ¿hice algo mal? —preguntó él con tono dolido, y el dolor en su voz me atravesó. Negué rápidamente, incapaz de verbalizar lo que estaba sucediendo dentro de mí.
—¿Entonces por qué te alejas de mí? —se quejó, la tristeza evidente en su voz, y esa pregunta me destrozó aún más. Bajé la mirada, sintiendo cómo mi pecho se comprimía con la presión de todo lo que no podía decir.
"No puedo decirte que la culpa me carcome... Aunque haya pasado ya tiempo", pensé, observando el suelo sin atreverme a levantar la mirada.
—No quería poner a alguien más en peligro por mi culpa... —murmuré, apenas audiblemente, dando una pequeña porción de verdad, pero sentía que ni yo misma podía creer en esas palabras. Apreté los puños con molestia, luchando contra la oleada de emociones que me ahogaban—. No podía dejar que alguien más saliera lastimado por mí —dije, con la voz quebrada, como si cada palabra estuviera arrancando algo de mi alma.
—Bonita —murmuró él con tanto cuidado que me hizo sentir aún más frágil, más expuesta. Negué, incapaz de enfrentarme a la vulnerabilidad que él esperaba de mí.
—Déjame sola, voy a tomar un baño —dije, evitando mirarlo. No quería ver su rostro, no quería enfrentar la tristeza en sus ojos. El silencio llenó el espacio entre nosotros mientras sentía sus pasos a mi alrededor. Era como si el aire se hubiera vuelto más denso, más difícil de respirar. Pero no me atreví a levantar la mirada, no quería que él viera lo rota que me sentía por dentro.
Él llegó frente a mí, y de repente, sentí sus labios en mi cabeza, como un toque cálido y lleno de ternura. Luego, sus manos tomaron mis hombros, y la tensión recorrió todo mi cuerpo, como si la cercanía de él me quemara. Algo dentro de mí quería ceder, quería dejarme llevar por la sensación de seguridad que él me ofrecía, pero al mismo tiempo, algo me retenía. Algo que no podía superar.
—Deja de alejarte de mí, soy tu maldito mejor amigo desde niños... No me alejes de ti, bonita, no me hagas eso —me rogó, y escucharlo así, con la voz rota, fue lo que finalmente me hizo cerrar los ojos con fuerza, mientras trataba de contener las lágrimas.
Solo cerré los ojos, deseando que el dolor se fuera, que las sombras que me acechaban se desvanecieran. Pero no podía, no podía dejarlo ir.
Después de unos segundos que parecieron una eternidad, se separó de mí, y el sonido de sus pasos alejándose me desgarró aún más. Se fue, dejándome sola, completamente sola con mis pensamientos y mi dolor.
—Lo siento, mi dragón —murmuré, sollozando. Dragón le decía yo a él por el significado de su nombre, algo que hacía mucho había dejado de decirle. Pero en ese momento, esa palabra fue como una daga en el pecho, destrozándome aún más, terminando de romper lo que quedaba de mí.
Sabía que me estaba perdiendo en todo esto, que estaba dejando que mi dolor me consumiera, pero no veía otra salida. No quería seguir haciendo daño a quienes me rodeaban, pero tampoco podía dejar de sentir lo que sentía. Después de todo, tal vez ya no había vuelta atrás.
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Editado: 15.07.2026