Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Capitulo 91: "el cambio" (parte dos)

—Muy bien, Rodic.— Festejé con él cuando me leía las palabras. Aprendía rápido y Oshin lo había inscrito en el kínder de aquí antes de todo lo que había ocurrido. Verlo tan concentrado en sus libros me hacía sentir un nudo en el corazón. Había crecido tanto en tan poco tiempo, y no podía evitar sentir un dolor profundo por todo lo que había perdido.

—Quisiela que mi papá me escuchala —dijo en voz baja, mirando el libro en sus manos con nostalgia. Sus ojos brillaban, pero no era la misma chispa que antes, esa luz pura y alegre que lo caracterizaba. La felicidad en su tono no llegaba a sus ojos.

Me acerqué a él y me agaché frente a él para tomar su rostro con delicadeza. Se sentía tan frágil, tan vulnerable en ese momento. Secué sus lágrimas con los pulgares, intentando que no se sintiera solo en ese instante.

—Seguro que estaría muy emocionado, igual que yo —le dije con voz suave, tratando de darle algo de consuelo. Él sonrió un poco, pero fue una sonrisa débil, forzada. Asintió lentamente, pero en sus ojos seguía esa sombra de tristeza.

Han pasado cinco días desde que Oshin cumplió un mes de muerto. El tiempo había pasado rápido, pero a la vez se sentía eterno. Garret estaba haciendo los preparativos para el cambio, para todo lo que estaba por venir, mientras yo pasaba el mayor tiempo posible con Roderick, tratando de ser su apoyo, aunque a veces sentía que ni yo misma me sostenía.

Roderick secó sus ojos con cuidado, como si no quisiera dejar que yo lo viera débil, con su libro aún presionado contra su pecho. Me sonrió entusiasmado, como si nada estuviera mal, pero esa sonrisa no era la misma. Era un reflejo de lo que sentía por dentro, una máscara puesta para no preocuparme.

—Segulo que sí —dijo con más emoción, como si estuviera tratando de convencerse a sí mismo de que todo estaría bien. Luego, como si la necesidad de contacto fuera más fuerte que el miedo, me abrazó con fuerza, escondiéndose entre el hueco de mi cara y mi hombro. Estaba tan pequeño, tan frágil en sus brazos.

—Glacias por estal aquí conmigo —dijo, y pude sentir el peso de sus palabras. Besé su cabeza, acaricié su espalda con ternura, tratando de transmitirle todo el amor que tenía para él.

—No hay de qué, Rodic —dije, con la voz entrecortada. Un nudo se formó en mi garganta mientras me separaba de él. Mi corazón se partía al verlo tan vulnerable, tan necesitado de apoyo—. Sabes, tengo algo que hacer hoy y no regresaré hasta tarde... —dije sonriéndole, aunque esa sonrisa me costó mucho. Acaricié su mejilla con suavidad, tratando de ocultar mi dolor.

—¿Volvelás, cielto? —preguntó, mirándome fijamente, buscando una respuesta que le diera tranquilidad. Tragué en seco, sintiendo que una presión en el pecho me dificultaba respirar. Asentí lentamente, aunque en mi mente me repetía una y otra vez que mentía.

"Mentirosa, mentirosa, mentirosa" me regañaba a mí misma una y otra vez. La culpa me comía por dentro, pero no podía decirle la verdad. Él merecía algo de esperanza, algo de seguridad, aunque yo misma no la tuviera.

Él asintió, aceptando mi respuesta, aunque no podía esconder el temor en sus ojos.

—Bien, ve con cuidado, mamá —dijo, con una dulzura tan pura que mi corazón se contrajo de inmediato. Mis ojos se inundaron de lágrimas, y me sentí incapaz de contenerlas.

—Oh, ¿dije algo malo? —preguntó, curioso, viendo cómo las lágrimas comenzaban a caer. Negué rápidamente, tratando de sonreírle, aunque mi rostro temblaba de la emoción contenida.

—Claro que no, Roderick —murmuré, abrazándolo con fuerza. Quería que supiera lo mucho que lo amaba, lo importante que era para mí—. Te amo mucho, niño... Siempre te recordaré, eso te lo aseguro —decía, sin darme cuenta de cómo mis palabras lo confundían aún más de lo que ya estaba. Las lágrimas caían con más fuerza, pero no podía detenerlas.

—Júlalo —murmuró, desconcertándome aún más. Él quería algo más, una promesa más sólida, más real. Pero, ¿cómo podía prometerle algo cuando sabía que iba a tener que dejarlo? Asentí lentamente.

—Te lo juro, pequeño Itreque —dije, sincera, mirando sus ojos con todo el amor que sentía en ese momento. Me separé de él y le besé la mejilla con entusiasmo, tratando de mostrarle algo de alegría, aunque por dentro me estaba desmoronando—. Juguemos un rato mientras me voy, ¿vale? —pregunté con una sonrisa forzada, pero él parecía no darse cuenta. Tomándolo de los hombros, lo animé a seguir adelante.

—Va —afirmó, sin dudarlo—. Trae los soldaditos para que juguemos a la guerra —pidió, con esa energía que aún mantenía en su interior. Asentí, intentando seguir el ritmo de su inocencia.

—Claro, ya regreso —dije, levantándome del suelo con lentitud. Mi cuerpo se sentía pesado, pero tenía que hacerlo. Tenía que mantener la normalidad, aunque mi alma gritara por dentro. Caminé hacia la puerta, pero algo me detuvo.

—Roderick —lo llamé, con la voz quebrada. Él me miró con esos ojos llenos de curiosidad y amor.

—¿Sí? —me contestó, mirando cómo mis lágrimas seguían cayendo.

—¿Podrías llamarme así el resto del día? —pregunté, con la esperanza de escuchar ese nombre, "mamá", al menos una vez más.

Él me miró, confundido, sin entender del todo lo que le pedía.

—¿Así como? —dijo, sin saber a qué me refería.

—"Mamá" —aclaré, dándole un poco más de claridad. Él sonrió ampliamente, su rostro se iluminó con una sonrisa sincera, y asintió con entusiasmo.

—Clalo, ahola ve por los soldaditos, mamá —dijo. Sonreí, con el corazón latiendo rápido en el pecho. Abrí la puerta para ir a buscar los soldados de Oshin, mientras mis ojos se desbordaban en lágrimas. Sabía que este momento no duraría mucho más.

—Deberías quedarte —habló alguien detrás de mí, y di un respingo. Miré mal a Garret, mientras me secaba las mejillas rápidamente.

—Me asustaste —me quejé, el susto aún en el cuerpo.

—Deberías quedarte aquí con él —repitió, con voz seria, pero entendía su preocupación. Negué rápidamente, sabiendo lo que debía hacer.




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