—Se durmió… —afirmé, mirando a Roderick en mi pecho. Su pequeño cuerpo estaba relajado, acurrucado contra mí como un refugio en medio de la tormenta. Garret asintió, observando la escena con una calma que contrastaba con el torbellino de emociones que sentía en mi interior.
—Es hora —dijo, con una suavidad que parecía envolverme. Su voz era baja, casi como un susurro. Asentí, sin poder evitar una última mirada a Roderick. Con cuidado, lo acomodé en la cama, asegurándome de que estuviera cómodo. Le besé la mejilla, acariciando su rostro con ternura, como si quisiera grabar en mi memoria cada uno de sus rasgos. Esa sería la última vez que lo vería así, tan tranquilo, sin saber lo que venía.
—Te echaré mucho de menos, Rodic —dije, con nostalgia en la voz. El vacío se sentía en cada palabra. —Tengo que despedirme de ellos y pedir disculpas también —añadí, mientras lo arropaba con suavidad. Mis manos temblaban ligeramente, como si no pudiera aceptar la magnitud de lo que estaba a punto de hacer.
—Si es lo que quieres, vamos, pues —accedió Garret, con una mirada comprensiva. Le sonreí, aunque la tristeza que sentía era palpable. Asentí, tomando aire para reunir fuerzas.
—Vamos, abajo están todos… Incluso tu padre y hermano, vinieron a visitarte —afirmó, cumpliendo mi suposición.
Era como si la casa entera estuviera sumida en una quietud incómoda, a pesar de las voces que resonaban desde el piso inferior. A medida que nos acercábamos a la escalera, pude escuchar el murmullo de las conversaciones lejanas, los ecos de aquellos que habían estado presentes en cada momento crucial. Y ahí estaban, esperándonos, en la planta baja.
—Creí que era algo que solo sentía yo… —murmuré, acercándome a Garret. Él negó con la cabeza, mirando al frente.
—Llevan aquí una hora, pero no han querido subir a molestarte —aclaró, con una sonrisa algo triste. Era comprensible. Nadie quería interrumpir este momento, este adiós. Asentí con una ligera sonrisa, aunque el dolor no se desvanecía.
—Vamos ya, luego terminamos con esto —murmuré, abrazándome a mí misma, mirando el suelo. La gravedad de la situación me aplastaba, y ni siquiera Garret podía aliviar del todo el peso de mis pensamientos. Él se acercó y besó mi coronilla de manera tierna, un gesto reconfortante, pero insuficiente para calmar la tormenta interna.
—Vamos —dijo él, con una determinación tranquila. Le sonreí, agradecida, pero aún con el nudo en la garganta.
—Gracias por siempre estar… —dije, mirando sus ojos verdes, aquellos que cambiaban de celeste a verde con una facilidad que solo él entendía. Era extraño, pero esa era su forma de ser, única. Me sentí un poco tonta por distraerme con algo tan trivial, pero esos pequeños detalles me daban consuelo. —Y también lamento todo el daño que te he causado —añadí, con la voz quebrada. Él sonrió suavemente.
—No tienes que disculparte por nada, ni tampoco agradecer. Te prometí que estaría siempre. ¿Lo recuerdas? —dijo él, y sonreí un poco, asintiendo. Su presencia me daba seguridad, pero la realidad seguía golpeando con fuerza. —Ahora vamos abajo, para irnos antes de que pasen más cosas aquí —se burló, aliviando la tensión con su humor, aunque mi corazón seguía sin encontrar consuelo.
Salimos del cuarto dejando a Roderick dormido en la cama, envuelto en las sábanas como si fuera un pequeño refugio, ajeno a todo lo que estaba por suceder. Mientras bajábamos por las escaleras, el sonido de nuestros pasos resonaba en la casa. Era un sonido que solía ser tan cotidiano, pero hoy, parecía tan definitivo.
La casa, aunque grande, se sentía vacía. Las paredes, decoradas con antiguos retratos familiares, reflejaban una quietud rara, como si ellas mismas se sintieran parte de la despedida. Al fondo, el fuego en la chimenea chisporroteaba suavemente, creando sombras danzantes en las paredes. La luz tenue que entraba por las ventanas apenas iluminaba el salón. El aire estaba cargado de una sensación de despedida, como si todo en el lugar estuviera a punto de cambiar para siempre.
Mi papá y mi hermano estaban en el living, conversando con Estrella, Mael, Riu y Ai. Apenas me vieron, se levantaron de sus lugares. Estaba claro que todos habían estado esperando mi llegada, pero nadie había querido presionarme. Cuando Garret me abrazó por los hombros, les sonreí de forma tímida, sintiendo el peso de los ojos sobre mí.
—Hola —saludé en general, con la voz temblorosa. Me separé un poco de Garret para hacer una pequeña reverencia hacia ellos, mi mirada clavada en el suelo. El peso de la culpa y las palabras no dichas me ahogaban.
—Lamento todos los problemas que les causé a todos aquí: las discusiones con Oshin, los momentos incómodos cuando me veían pasar con Roderick, la pérdida de sus seres queridos y aún no reconocidos entre ustedes… Por todo —me disculpé, con la voz quebrada. Mi mirada pasó de uno a otro, sintiendo que el tiempo se deslizaba entre mis dedos. —Lamento haber causado el accidente y la muerte de mamá. Si yo no hubiera cubierto sus ojos, ella no habría perdido el control y no nos hubiéramos estrellado. También lamento las cosas hirientes que les dije en su momento y demás problemas entre todos… —mi voz se quebró por un instante, pero logré recomponerme, aunque mi corazón seguía pesando como una roca.
Hice una pausa, buscando el coraje para mirar a Riu. Mis ojos se encontraron con los suyos, y sentí que todo el dolor que había guardado durante tanto tiempo se desbordaba.
—Lamento haberte apartado, ignorar tus sentimientos cuando sabía que existían. Pero mi cabeza y corazón no podían sacarse a Oshin, así que me pareció más fácil ignorar lo que no quería reconocer. Pensé que así no dañaría nuestra amistad, pero al final, todo se dañó por mi culpa —dije, mirando con tristeza a Estrella. Las palabras salían solas, pero sabían que no había vuelta atrás. Miré a cada uno de ellos, esperando que al menos pudieran entender un poco lo que había pasado en mi interior.
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Editado: 15.07.2026