Apartada Para El Alpha ( I I Libro )

Epílogo (parte uno)

"¿Se cierran ciclos o se abren nuevos?, esos son los caminos de la vida y el destino y solo ellos marcaran como continua esta historia."

El silencio reinaba en la sala, pesado y profundo, mientras los dioses observaban en completo desconcierto la escena ante ellos. La chica, ahora en brazos del creador, estaba completamente inconsciente, su cuerpo rodeado de una energía vibrante que parecía ser la única presencia tangible en el aire. La confusión era palpable, tanto en los ojos de los dioses como en el semblante del propio creador, quien se mantenía firme, pero claramente desconcertado por lo que acababa de suceder.

—Eso explica por qué tiene dones de ángel —murmuró el creador, su mirada fija en la joven en sus brazos, ahora transformada. Su cabellera, antes oscura, ahora brillaba con un rubio casi blanco, resplandeciente como la luz del amanecer, y en su espalda, dos enormes alas blancas se desplegaban con una suavidad que parecía desafiar la gravedad.

—¿Qué significa esto? —preguntó el Dios, mirando a su alrededor, esperando alguna respuesta. Todos los ojos se volvieron hacia él, buscando alguna explicación, alguna pieza de este rompecabezas tan desconcertante.

—Yo no tuve nada que ver —dijo dios, levantando las manos en señal de inocencia, pero su tono era tenso, como si las implicaciones de lo que ocurría lo afectaran más de lo que deseaba admitir—. El tamaño de sus alas solo indica que es una princesa del olimpo... —agregó, como si las palabras estuvieran saliendo de su boca sin su consentimiento. Era cierto. La presencia de esas alas no dejaba lugar a dudas sobre su origen celestial.

Los otros dioses miraban a la chica con incredulidad, preguntándose cómo algo tan grande podía estar sucediendo ante sus ojos. La diosa de la sangre, Rubi, fue la primera en romper el silencio, su curiosidad insaciable evidente en su mirada.

—¿Eso es posible? —preguntó, sus ojos escudriñando los rasgos de la chica. —¿Puede alguien de su linaje sufrir un cambio tan grande?

La diosa de la magia, Lara, pensó en voz alta, su mente trabajando rápidamente para buscar alguna explicación lógica.

—Solo podría ser hija de una princesa del olímpo... —sugirió, pero su voz se desvaneció antes de que pudiera dar una respuesta más concreta. Al mencionar el linaje de las princesas ángel, todos los dioses se sintieron tensos. Especialmente el dios, cuya hija había sido la única princesa ángel en los campos olímpicos, una guerrera que había huido de su hogar.

—Tal vez el cambio en las líneas rompió algún hechizo en ella y liberó su magia de ángel... —dijo el dios, buscando una explicación que calmara su propia inquietud. Sin embargo, sus palabras parecían más una conjetura que una certeza. En el fondo, algo en él no terminaba de encajar, pero no podía identificar qué era.

—Sea lo que sea, no digan nada de esto —dijo finalmente el creador, con una decisión tajante en su voz. Los dioses lo miraron en silencio, conscientes de la gravedad de la situación. —Las puertas permanecerán cerradas hasta que el cambio esté completo y ella esté estable. Solo entonces podremos saber con certeza lo que está sucediendo —explicó, su voz grave. Los dioses asintieron en silencio, respetando su decisión, y comenzaron a retirarse, regresando a sus respectivas líneas.

Mientras el creador observaba la figura inconsciente de la chica en sus brazos, no pudo evitar un suspiro de pesadez.

—Hay más cosas en ti de las que preví —murmuró para sí mismo, mirando con un cariño casi palpable las facciones de la joven. —Lo siento por los problemas que te he causado... —añadió, sus palabras impregnadas de una mezcla de arrepentimiento y comprensión.

Con una delicadeza que contrastaba con su inmenso poder, el creador se teletransportó hacia la sexta línea, un lugar que ahora parecía ser el hogar de la joven. Allí, la dejó descansar en una cama, mientras él se retiraba por un momento, buscando una forma de ocultar sus alas y darle algo de estabilidad en este nuevo mundo, un mundo que ya no era solo suyo, sino también de ella.

Las alas de la chica desaparecieron por sí solas, como si el hechizo que las había invocado se hubiera desvanecido junto con su inconsciencia. Ella se acomodó en la cama, aparentemente tranquila, como si aún estuviera dormida, sin saber lo que había cambiado en su interior.

El creador salió del cuarto, dejando que ella descansara, pero su mente estaba agitada. Pensaba en cómo indagar más en la chica, cómo desentrañar el misterio que la rodeaba. Ella era un enigma, un rompecabezas en el que él tenía piezas pero no podía completar.

Mientras tanto, en las líneas, los cambios seguían ocurriendo. Eran como ajustes invisibles, como la instalación de un programa en una computadora, donde los datos se alineaban de manera precisa, retrocediendo en el tiempo, pero sin olvidar el dolor ni los sacrificios que habían ocurrido. La tragedia que la portadora había deseado evitar comenzaba a deshacerse, como una película rebobinada, en un esfuerzo por restaurar el equilibrio.




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