Apocalyptic days

LA SALIDA

Takashi tira de Luna con fuerza. Ella casi tropieza, pero logra mantener el equilibrio. Los gritos de esas cosas reverberan en las paredes del edificio como un eco de muerte.

—¡Vamos, vamos, vamos! —gruñe Takashi entre dientes.

Empujan la puerta principal con todas sus fuerzas. La luz del sol los golpea como un muro. Takashi parpadea un segundo, adaptándose, y escanea la calle de izquierda a derecha.

A la derecha: nada. Silencio.

A la izquierda: tres de esas cosas arrastrándose por la acera, como si buscaran algo en el suelo.

—A la derecha —susurra Takashi—. No corramos. Camina rápido pero sin hacer ruido.

Luna asiente con la mandíbula apretada. El bate tiembla ligeramente en sus manos.

Avanzan pegados a la pared del edificio. El sol de la mañana les calienta la espalda, pero el aire tiene un olor dulzón y desagradable, como carne podrida mezclada con algo químico.

Takashi no puede evitar mirar hacia la dirección de la explosión. A lo lejos, una columna de humo negro se eleva contra un cielo completamente despejado. El horizonte parece enfermo.

—Takashi… —susurra Luna, tirando suavemente de su chaqueta—. ¿Viste eso? El humo…

—Sí. Fue anoche. No tengo idea de qué pasó, pero debe ser el motivo por el que hay menos de esas cosas cerca del edificio. Deben haberse ido hacia allá.

—¿Y si es un refugio? ¿Y si hay sobrevivientes?

Takashi la mira de reojo.

—O es una trampa. No nos acerquemos por ahora. Primero necesitamos un lugar seguro fuera del edificio.

Caminan dos cuadras sin incidentes. La ciudad es un cementerio silencioso. Coches abandonados en medio de la calle. Vidrios rotos en las aceras. Una puerta de tienda abiertada de par en par, con las luces aún encendidas parpadeando.

Luna se detiene frente a un supermercado pequeño.

—Takashi… debería haber comida ahí dentro.

—No.

—Pero mi bolso solo tiene agua y un par de latas. Si vamos a estar mucho tiempo…

—Luna, te dije que no.

Ella lo mira con esos ojos que siempre le desarma. Takashi suspira.

—Está bien. Pero entramos, tomamos lo que podamos cargar y salimos en menos de cinco minutos. Si escuchamos algo, corremos. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Takashi se acerca a la puerta. El interior está oscuro. Las repisas tiradas. Productos regados por el suelo. Huele a plástico y a algo más que no quiere identificar.

—Espera aquí —dice Takashi.

—No me dejes sola.

—Solo será un momento.

Entra con el arma en ambas manos. Pisa con cuidado sobre los productos caídos. Un crujido. Se detiene. Escucha. Nada.

Llega a la sección de alimentos enlatados. Hay bastante todavía. La gente debió huir antes de poder saquear. Llena su bolso rápidamente: atún, frijoles, sopa enlatada, botellas de agua.

Entonces lo ve.

En el suelo, detrás del mostrador, hay un cuerpo. Pero no es una de esas cosas. Es una persona. Un hombre de mediana edad con un charco de sangre seco a su alrededor. Tiene una herida profunda en el cuello, como si algo le hubiera arrancado un pedazo.

Takashi se agacha lentamente. El hombre tiene una billetera en el bolsillo. La saca. Dentro hay una foto de una familia: el hombre, una mujer y dos niños. También hay un carné de identidad.

Roberto Mejía. 47 años.

Takashi guarda la billetera. No sabe por qué lo hace. Quizás para que alguien supiera quién fue. Quizás para recordarse a sí mismo que esos monstruos solían tener nombre.

Se levanta y vuelve a llenar el bolso con lo que puede cargar. No hay tiempo para más.

Sale del supermercado.

—¿Estás bien? —pregunta Luna con voz preocupada al ver su cara.

—Hay un muerto ahí dentro. Pero ya no es una de esas cosas. Solo un hombre.

Luna baja la mirada.

—Vámonos.

Caminan otras tres cuadras. Takashi lleva el bolso pesado sobre un hombro y el arma en la otra mano. Luna va justo detrás de él, con el bate listo.

El silencio de la ciudad es lo que más inquieta. No hay pájaros. No hay motores. No hay nada. Solo el viento de vez en cuando y el crujido de sus propios pies sobre el asfalto.

Luego escuchan algo diferente.

Un sonido gutural. Bajo. Como un gruñido pero más prolongado. Viene de una calle lateral.

Takasi levanta el puño. Luna se detiene inmediatamente.

Se asoma despacio por la esquina.

Una de esas cosas está agachada sobre algo en el suelo. Está comiendo. El sonido es húmedo y desagradable. Takashi reconoce el uniforme. Era un policía.

—Es solo una —susurra—. Podemos rodearlo por la otra calle.

Pero entonces la cosa se detiene. Levanta la cabeza lentamente. Y en lugar de volver a su comida, se gira hacia donde están Takashi y Luna.

Como si los hubiera olido.

—¿Me escuchó? —susurra Luna con los ojos muy abiertos.

—No lo sé. Pero se está levantando. Vámonos. Ahora.

Retroceden con cuidado. Pero al dar la vuelta, Takashi pisa algo.

Un vidrio.

El sonido es pequeño. Casi imperceptible.

Pero la cosa empieza a correr.

Takashi se gira. No es como las otras que ha visto. Esta se mueve con una velocidad que no debería ser posible. Sus piernas se mueven con un ritmo enfermizo, como si las articulaciones trabajaran al revés.

—¡CORRE! —grita Takashi.

Esta vez no hay tiempo para caminar rápido. Corren a toda velocidad. El bolso de Takashi golpea contra su espalda con cada paso. Luna corre justo detrás de él.

Takashi mira hacia atrás. La cosa los está alcanzando. Está a veinte metros. Quince. Diez.

—¡Dobla a la derecha! —grita Takashi.

Giran la esquina. Takashi ve una comisaría pequeña al final de la calle. Las puertas de cristal están intactas.

—¡Allá!

Corren con todo lo que tienen. Los pulmones arden. Las piernas piden misericordia.

Llegan a la puerta. Takashi la empuja. Cerrada con llave.

—¡No! —exclama Luna.

Takashi no piensa. Levanta el arma y dispara contra el cristal. El vidrio se hace añicos hacia adentro.



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En el texto hay: zombies, apocalipsis, enfermedades

Editado: 03.07.2026

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