Dolía. Cada parte de su piel. No había un sólo centímetro que no doliera. Picaba. No había manera de rascarse, o de al menos sosegar un poco el sufrimiento que le causaban aquellas heridas. Sus manos encadenadas a la pared aún goteaban sangre y liquido amarillo que corría por sus brazos hasta su cuerpo, dónde se mezclaba con el resto de los surcos que brotaban de sus heridas. 2 meses. Dos meses tenía en ese infierno. Las criaturas en las otras celdas reían sin parar. Se burlaban de él. Otras, tal vez menos idiotas, trataban de consolarlo. O tal vez de callarlo. Porque, si su espíritu estaba tan roto como su piel, sus labios intentarían recobrar las fuerzas con melodías suaves o simples versos. Pero cada verso que salía de su boca era una tortura para las criaturas oscuras a su alrededor. Algunas preferían mutilarse las orejas antes que oír su voz dolida recitando citas y versos. Y sus lágrimas incendiaban la piel de esas criaturas. Vampiros, demonios, nahuales, doppelgangers, entidades y anomalías se retorcían de dolor y gritaban de agonía al unísono cada vez que una lágrima caía de sus ojos. Y, aunque no debía, él los compadecía por eso.
Sus ojos estaban rojos hacía semanas, víctima de los vasos rotos a fuerza de golpes en su cara. Sus dedos ya no tenían uñas, su piel estaba resquebrajada en varias zonas, muchas de sus heridas sin tratar y mal cicatrizadas, y sus labios estaban agrietados de la deshidratación severa que sufría. Si había comido y bebido agua dos veces esa semana, era demasiado, según sus captores. Ya no le quedaban fuerzas, pero su espíritu se rehusaba a descansar. Anhelaba ya cerrar los ojos y despertar junto a los que se fueron antes, y sin embargo no sucedía, cada día volvía a la misma rutina. Despertar con los gritos de sus secuestradores, ser arrastrado fuera de la celda, ser torturado y humillado durante varias horas con breves descansos, luego ser arrojado con brusquedad a la celda y encadenado de nuevo a la pared. “Los Cazadores del Sacrilegio” así se hacían llamar los que secuestraron a un chico de 17 años y lo encerraron en una cárcel de criaturas sobrenaturales sólo por saber demasiado. Igual, su condición era complicada, no había cómo negarlo.
Un día, las criaturas estaban, por decirlo de algún modo, agitadas. El Regente anterior había muerto unos días antes y ya habían escogido a un nuevo Regente, quien vendría a conocer la cárcel ese día. Ya estaban pensando cómo molestarlo, cómo exigirle que los liberara, cómo hacerlo enloquecer. Él sólo escuchaba desde su celda. No le quedaba más.
Timoteo, con 54 años, había sido escogido como Regente. Apenas lo sopesaba. Sabía la gran responsabilidad en sus hombros y los beneficios de ella, pero era un hombre de una buen corazón y de moral incorrupta. Él sólo quería remediar los desastres hechos por sus antecesores. Cuando le hablaron de la prisión de criaturas y su contenido, pensó en silencio que tal vez era un error. Pero debía verlo con sus propios ojos. Los guardias y carceleros lo llevaron por los pasillos de la cárcel, mostrándole a las criaturas y sus habilidades, así como su riesgo. Fue entonces cuando pasó.
—Oiga Eminencia, todos acá queremos pedirle algo.— gritó un vampiro de apariencia poco amistosa, su mano sobresaliendo por la ventanilla de la puerta para llamar la atención del Regente y de los que con él estaban.
—Sabes muy bien que no tienes derecho a pedir nada. Ninguno de ustedes.— exclamó uno de los guardias, amenazando cortar la mano del vampiro con su espada.
—Si no nos escuchan, armaremos revuelo y lo mataremos nosotros mismos.— dijo otra voz, ésta vez femenina, de otro punto del pasillo, seguida de varias voces que concuerdaban.
—¿A quién?— preguntó el Regente confundido.
—Se sabe que si armamos revuelo, posiblemente nos maten, pero ya tomamos una decisión. Preferimos morir de una estocada que seguir agonizando lentamente con él aquí.— exclamó otra voz, casi una mezcla entre gruñido y habla.
—Y sin embargo, tenemos la decencia de debatirlo con vos, nueva Eminencia, con la esperanza de que usted tenga carne y no piedra en el pecho como su antecesor.— indica otra voz femenina en otro punto del pasillo.
—¿Qué es lo que piden?— pregunta el Regente ya con la curiosidad desbordada.
—Que se lo lleven. O lo maten de una buena vez. Pero saquénlo. Ya no lo soportamos.— indica una entidad, fuera de su celda pero aún encadenado a ella.
—¿A quién?—
—Al niño que tienen en la última celda de éste pasillo.— indica el vampiro, señalando el sitio.
Los guardias intentaron persuadir al Regente de no acercarse a esa celda dado que mientras más lejos estaba la celda de la entrada, más peligrosa era la criatura en ella. El Regente decidió ignorar esos avisos y fue directamente a ver a la criatura a la que todos pedían fuera trasladada. Y su sorpresa no cabía en su ser cuando se enteró de que esa criatura era tan humano como él y como cualquiera de los que con él venían. Encadenado a la pared, sus heridas abiertas y algunas aún sangrantes, su mirada perdida en el suelo y la piel de sus piernas desgarradas, allí estaba él.
—¿Qué... Qué está pasando aquí?— exclamó el Regente, sin saber siquiera cómo reaccionar ante lo que veía. Uno de los guardias suspiró.
—Preséntate ante el nuevo Regente, Adeleine.— dijo el guardia, el desprecio siendo más que notorio en su voz.
—Déjalo en paz que no puede hablar. Le quemaron la lengua hace dos días cuando las criaturas se quejaron de su voz.— dijo otro guardia, más joven, acercándose con cautela al joven encadenado.— ¿Adeleine? ¿Puedes oírme? Soy yo, Nathanael. Saluda al Regente por favor.—
El joven levantó la mirada, sus ojos de iris azules, pero rojos como sangre y su cara cubierta de moretones. Pero, su mirada firme, inquebrantable y altiva estaba clavada en el Regente. Y allí Timoteo pensó lo que posiblemente cambió el curso de toda ésta historia.