Apocrifus: Legado, Balanza y Destino

Capítulo 2:

—¿Ustedes creen que de verdad nos haga caso?— pregunta Miguel Ángel a las criaturas que lo rodean.

—A éste sí deberías decirle quién eres. O dejar que le digamos nosotros.—

—Eso ni pensarlo. Al que diga algo le dedico un bellísimo salmo.—

—Deberías dejar que te ayudemos, señorito. No puedes permanecer aquí más tiempo.— dijo una figura femenina apareciendo junto a él en la celda.

—Lady Freya, ya hablamos de ésto antes. No puedo permitir que se enteren de mi proceder y terminar peor que ésto. Me tomarán como si fuera un árbol y sacarán cada gota de mi sangre que sea posible. Y no me van a dejar morir nunca. Harán hasta lo imposible para mantenerme con vida y seguir extrayendo sangre de mí. No quiero eso... Y no es tanto por lo que voy a sufrir yo, sino que el para qué usarán esa sangre.—

—Serían tiempos oscuros para los nuestros.— respondió una figura pequeñita alada, una hadita de menos de 15 centímetros, con grilletes en sus pies.

—Exacto.—

—¿Y porque no les dices dónde está el Pergamino? De todos modos morirán apenas lo abran cualquiera de ellos.—

—Si, pero aparte de morir van a liberar a los Heraldos de la muerte que ese pergamino selló.— respondió él, algo disgustado con su interlocutor.— A veces pienso que te encanta ver el mundo arder, Diómines.—

—¿Qué te puedo decir? La humanidad no ha hecho más que lastimar a los míos y cazarnos como si fuesemos mounstros cuando lo único que queríamos es lo mismo que ellos: vivir sin miedo.—

—Desgraciadamente, esa es la razón por la que todos nosotros estamos aquí. Por el miedo de unos cuántos.— indica Miguel Ángel algo resignado.

—No cariño, tú estás aquí porque ellos desean tú poder y lo que sabes. Pero no vale la pena seguir protegiéndolos, ¿Verdad que lo sabes? El único allá afuera que te busca, que te venera a morir es tu padre y si no te encuentra simplemente te olvidará. ¿Vale la pena morir torturado por ellos?—

—¡Sacrid, basta!— gritó la hadita empujando a la súcubo que tenía al lado.

—Creo que esa decisión es mía, señorita Sacrid. No se trata únicamente de quiénes nos han hecho daño y quiénes no, quiénes lo merezcan o no. Se trata de que si yo abro la boca, van a pagar todos. Incluso los suyos.—

—¡Ja! ¡¿Más de los que han muerto ya por tus lágrimas?!— gritó una criatura, un doppelganger, desde la celda de enfrente.

—Ustedes se lo buscaron. Nadie los mandó a hacer llorar a mi niño.— grita Freya desde otro punto del pasillo.

En eso, un estruendo suena y las puertas comienzan a abrirse.

—Aquí vamos otra vez...— dice Miguel Ángel tras un suspiro.

Seis hombres entran a su celda sin mediar palabra. Las criaturas huyen a su presencia. Toman a Miguel Ángel a la fuerza, arrojándolo contra el suelo y las paredes en el proceso. Lo sacan de la celda y se lo llevan a rastras hasta otro salón, ubicado unos pisos más abajo.

Timoteo llega a su dormitorio cuando es casi media noche. Ya había olvidado lo que tenía pendiente de esa mañana por todos los asuntos del día. Se recuesta en su cama, cuando algo lo hace saltar de ella. Una mujer, de cabellos castaños con un manto cubriendo su cabeza, usaba una túnica blanca y sus labios rosas, lo miraba fijamente desde una esquina de la habitación.

(¿No se te olvidó algo?)— le pregunta en perfecto hebreo.

Timoteo abrió los ojos como platos. Ni siquiera sabía a qué se refería. La puerta suena en un golpeteo rápido y desesperado. La mujer baja la mirada y desaparece. Timoteo se levantó de un salto y corrió a abrir. Era Nathanael.

—Eminencia... Él... Él quiere verlo.— dijo casi sin aliento.

Y sólo entonces Timoteo recordó ese asunto que le descompuso el día. No tenía idea de cómo lo había olvidado. Ambos corrieron hasta la cárcel, dónde las criaturas unas exclamaban maldiciendo a los humanos, otras se reían de su idiotez y otros se reían, gritando que no sabían lo que habían hecho. Timoteo entró a la celda de Miguel Ángel, allí, un vampiro, más alto que cualquier humano visto en la tierra, de rasgos duros y cabellos y barba negra, ojos rojos que parecían brillar y destilar sangre y una mirada que podía fundir el hierro. Se quitó la capa que traía sobre los hombros y con ella arropó a Miguel Ángel tirado en el suelo sobre una sábana cubierta de sangre.

(Eres demasiado piadoso. Merecen la muerte y lo sabes.)— le dijo en rumano antiguo.

—Por favor, vuelva a su celda.— indicó Nathanael a punto de sacar su espada.

El vampiro le dedicó una mirada despectiva. Acarició la cara de Miguel Ángel y salió a paso firme de la celda, empujando al pobre Nathanael al suelo en el camino.

—En condiciones normales suele ser menos odioso.— indica Miguel Ángel desde el suelo y Nathanael se arrastra hasta él.

—¡Yo te hacía muerto! ¡Juro que lo traje lo más rápido que pude! Toma, bebe un poco. No le he puesto tanta sal, como me pediste.— dijo casi al borde de las lágrimas, mientras intentaba tomar las manos de Miguel Ángel y él se lo impedía.

—Nathan', si hubiera tiempo para eso ¿Te habría pedido que fueras a despertar a su Eminencia?— le dijo forzando una sonrisa.

—Entiendo.— pronunció Nathanael y salió de la celda casi corriendo.

Y finalmente el Regente podía ver qué tenía tan dolido a Nathanael. Miguel Ángel tenía la cara toda hinchada y morada, peor que cómo lo había visto en la mañana, su nariz, boca y oídos sangrando aún, su cuello con muchísimos moretones y la cosa tenía pinta de ponerse peor, pero la capa puesta por el vampiro no daba para ver más.

—¿Qué pasó?—

—Pues, ellos creyeron que están cerca de su destitución y encarcelamiento gracias a mí. Claro que no podían irse con las manos vacías.—

—Miguel Ángel, ¿Qué era eso que me mostraste? ¿Eres un Protector, es eso lo que pasa?— él asintió.— Pero si sólo tienes 17 años.—

—Lo soy desde que tenía 10. Y no cualquier Protector, un Capitán de la línea de los Adeleine, de la linea más...—



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En el texto hay: sabiduría, curación, humor y magia

Editado: 15.05.2026

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