Miguel Ángel estaba en la ciudad del Reginato. Parecía ser voluntario entre los paramédicos de la ciudad. Y se veía bastante feliz. Pero un día llamaron que atendieran a una señora que padecía un grave ataque de esquizofrenia. No lo era. La señora estaba poseída por un Heraldo del Inframundo.
—¡Qué difícil se volvió encontrarte Adeleine!— le gritó el demonio y los compañeros de Miguel Ángel se miraron las caras, aterrados.
—Ésto ya no es con nosotros, vámonos.— dijo uno de los mayores y los demás asintieron.
—Tienen razón, ésto no es con ustedes, ¡Ésto es con él!— diciendo ésto se arrojó sobre Miguel Ángel, pero éste lo repelió fácilmente.
—(Y Rafaá me guardará en cada día de mi vida, y bajo la sombra de sus alas estaré seguro)— recitó en voz baja, en hebreo y el demonio comenzó a reír. Lo tomó del cuello y lo levantó del suelo.
—¿Tan lejos de los tuyos y piensas que aún estás bajo su cobertura? Ellos te llaman traidor, han quemado el estandarte de tú linaje por tú cobardía. ¿Y aún así los sigues cuidando?—
—¿Y a tí qué te hace creer que yo necesito de ellos para entrar en comunión?— le dijo y acto seguido el demonio lanzó un alarido de dolor. La mano que sujetaba el cuello de Miguel Ángel empezó a derretirse.
En eso, llegaron varios exorcistas y vieron lo ocurrido. Comenzaron a hacer sus rituales y lograron liberar a la señora. Ya para entonces, Miguel Ángel había huido. Corrió por toda la ciudad, intentando despistar a unos Cazadores que ya lo empezaban a seguir. Marcó un número de teléfono, pero no le contestaron. Entonces, sólo optó por dejar un mensaje.
“—Papá, creo que me descubrieron. Si me atrapan, estoy perdido. Perdóname ¿Sí? No debí apartarme por algo tan estúpido. Ojalá pueda volver a verte y ésto solo sea un mal rato. Y si no, quiero que vivas. No voy a morir protegiéndote sólo para que tú te dejes morir. Hazlo por mí. Si muero, vive por mí.—”
Envió el mensaje y destruyó el teléfono. Intentó esconderse, pero los Cazadores lo rodearon. Así fue como llegó a la cárcel del Reginato.
Miguel Ángel abrió los ojos ya en la sala de torturas del Reginato, atado de pies y manos, cubierto de su propia sangre, con varios Cazadores a su alrededor dándole golpes y escupidas.
—Sigo sin entender porqué los proteges aún. Te han abandonado aquí. Negociamos información a cambio de tú vida ¿Y sabes qué dijeron? “No daremos siquiera un céntimo por un traidor.” así que sólo tú puedes garantizar salir con vida de aquí. Danos la ubicación del Pergamino y cómo usarlo, dinos dónde encontrar a las dos piezas del linaje puro del Gran Maestro y te dejaremos vivir.—
—Antes la muerte que entregar ese poder en sus manos.— respondió él, la voz temblorosa de dolor.
—¿Eso es lo único que sabes decir? ¡Me traes harto!— gritó Jonas, el Regente anterior a Timoteo. Y diciendo ésto, le pegó la punta de un hierro rojo ardiente del pecho.
Aunque lo intentó, no pudo evitar soltar un alarido que resonó por toda la sala, mientras sus captores reían a carcajadas.
—Nadie va a salvarte, niño. Nadie dará nada por mantenerte con vida. Ya nadie te espera. Ya nadie te busca. Trabaja con nosotros. Al menos para nosotros sirves de algo. Para ellos, eres peor que un desecho. Tú eres un deshonor para tú linaje. A tí te repudia el Portador, la Familia Real viva y la Sagrada, y hasta el Gran Maestro y el Creador se han olvidado de ti. Mejor te sale hablar. O morir.—
—Entonces mátame. Por muy traidor que me consideren, no diré palabra alguna. Y mi lealtad es para con la Familia Real. Nada más. Y mi honor está restaurado con cada golpe que recibí por su protección.—
—Entonces, morirás entre laureles que sólo tú crees que existen.—
—Busca el Índice, encuéntralo pero no leas ni el Libro ni mucho menos el Pergamino. Enciérralos si es posible, dónde nadie acceda a ellos. Recuerda que, por ley, sólo la Familia Real los pueden leer. Yo... Quisiera contarte todo, pero es demasiado. Lo siento. De veras.— diciendo ésto, comenzó a brotarle más y más sangre de la boca, tanta qué hasta salpicó a Timoteo.
Nathanael corrió y lo apartó de allí.
—Tenga cuidado Eminencia, la sangre de Miguel Ángel suele arder al contacto directo con la piel.— le dijo mientras los rociadores enjuagaban la sangre que brotaba de él.
Timoteo quedó totalmente empapado de agua bendita, pero no le importó. Se acercó a Miguel Ángel y vió que ya no respiraba. Eso lo desesperó. Trató de moverlo, de despertarlo y no pudo. El brillo de sus ojos había desaparecido. Ni siquiera su corazón latía ya. Al momento, una de las criaturas empezó a reír a carcajadas.
—¡El único que podía salvar ésta generación, el único que tenía el poder de mantener a raya a los Principados y lo han dejado morir! ¡El único que podía continuar el linaje de la Familia Real y le han dejado morir como un perro!— exclamó entre risas.— Lo han vuelto a hacer. ¡Dejaron morir a otro de sus hijos entre torturas y abandono! Me pregunto, ¿Cómo se verá la cara del Creador cuando Su Eminencia le rinda cuentas al respecto?—
—(¡¡Ya cállate!!)— bramó el mismo vampiro de antes, pero al minuto siguiente el cuerpo del demonio apareció todo destrozado en el suelo.
El vampiro llegó a la puerta de la celda, clavó los ojos en el cuerpo sin vida en los brazos de Timoteo y suspiró.
—(Al menos no murió solo.)— dijo el vampiro, negando con la cabeza y caminando de regreso a su piso, entristecido sin darlo a entender.
El silencio se apoderó del piso. Nathanael lloraba con las manos de Miguel Ángel entre las suyas.
—Lo intenté... Te juro que lo intenté... Yo... Quisiera haber podido hacer más.—
—Hijo mío... Guarda calma. No está muerto aún.—
—¿Qué? Su Eminencia, ¿Qué está diciendo?—
—Parece que nuestro querido íntegro tiene habilidades más allá de las que conocemos. Su espíritu se aferró a su cuerpo y su escencia está por aquí cerca, esperando que su cuerpo se regenere para regresar. Debe de estar hablando con el antiguo Emperador Vampiro. Vamos, hay que llevarlo para que esas heridas queden bien curadas y no se infecten por cerrarse sin una buena limpieza y atención.—