Apocrifus: Legado, Balanza y Destino

Capítulo 6:

Salomón acariciaba al leoncito en sus piernas, mientras éste se retorcía de dolor. Frente a ellos, Ananías y el médico intentaban detener la hemorragia que salía de Miguel Ángel. Cada herida estaba abierta de nuevo, sangrante, dejando estelas color vinotinto en su piel. Al mismo tiempo, el médico recogía pequeños objetos incrustados en las heridas. Primero, pedacitos de cuero, tal vez del látigo. Piedritas. Trocitos de hierro. Puntas afiladas de madera y hierro. Ananías tenía el corazón en la boca. La sangre seguía brotando y el color desaparecía de su piel. Y, sin embargo, sus piernas estaban completas de nuevo.

En un momento, su boca empezó a sangrar también y la máquina conectada a él empezó a pitar. Sus niveles de oxígeno empezaban a bajar a un ritmo rápido y sin control. Ananías y el médico lo sentaron en la camilla y él empezó a toser.

—Hay algo tapando su garganta.— exclama Ananías, ya aterrado de lo que pudiera ser.

El leoncito miró a Salomón.

—Vale. Yo lo haré.—

—Ten cuidado.— indicó el leoncito, aún gimiendo de dolor.

Salomón se acercó y puso la mano en el pecho de Miguel Ángel y con la otra sostuvo su cuello. Apretó y Miguel Ángel expulsó lo que no lo dejaba respirar. Salomón volvió a recostar a Miguel Ángel, apenas recuperando el aliento y tomó lo que había expulsado. Lo miró y lo envolvió en un pañuelo.

—Deberé mostrarle ésto al Regente.— indicó Salomón en un suspiro.

—Aun falta, espera.— Indicó el leoncito y los presentes palidecieron.

Tenía razón. Revisando las heridas, encontraron agujas y pepitas de hierro que en su momento pudieron estar ardiendo. Luego, de una abertura en su pecho, empezó a asomarse algo.

—¡Eso es! ¡Lleva eso con el Regente!— indicó el leoncito emocionado.— Con eso fuera de mi cuerpo ya estaría listo.—

El médico suspiró. Tenían casi dos horas en ese apogeo. Salomón se acercó y tomó lo que se asomaba. Era metálico, cubierto de sangre y en su superficie destacaban pequeños diamantes. Era una especie de llave de una caja de música, pequeña pero decorada con cuidado.

—¿Qué es... ¿Miguel Ángel?— preguntó Salomón y el leoncito negó con la cabeza.

—¿Me dan leche y pescadito?— preguntó sonriente.

Ananías negó con la cabeza. El médico empezó a vendar las heridas de Miguel Ángel, ya sereno, y Ananías fue por el pedido. Salomón seguía perplejo. Envolvió la llave en el mismo pañuelo y salió de la habitación.

—Oiga doctor.— dice el leoncito jalando el borde de la bata del doctor.

—¿Qué pasa?—

—¿Qué está haciendo?—

—Acabo de vendarte. Te estoy colocando medicamento para detener futuros sangrados y también solución. Está la bendijo el obispo hace un rato, mientras dormías. Ahora, ¿Está mal si pregunto qué fue todo eso?—

—Son impurezas doctor. Cosas que entraron en mi cuerpo por las heridas.— dijo tranquilamente, acurrucándose en el paño bajo la cama.

—Y lo dice con tanta calma...— murmura el doctor, mirando a un lado, en una tela extendida en una mesita, todos los objetos que habían salido de las heridas. Si muchos cálculos, pasaban los 20.

—Lo peor ya ha pasado doctor, ahora sólo queda la fiebre y me empezaré a recuperar.—

—¿Fiebre?—

—Si. Ya comenzó hace un rato. Mire mis orejas.— tenía Razón.— No es grave, sólo molesta. Para mí claro está.—

El doctor analizó un momento y suspiró.

—Y pensar que sólo cuentas con 17 años...— murmuró, con el corazón roto.

—Lo peor ya pasó doctor. Pierda cuidado.—

Y así, el doctor entendió que esa frase significaba mucho más de lo que creía. Tal vez, eso era lo que se decía a sí mismo para mantenerse en calma.

—Oye Micky, ¿Aún tienes miedo?— le preguntó y el leoncito lo miró directamente a los ojos.

En eso, Ananías entró con un cuenco en la mano.

—Mira, te he traído más para que puedas llenarte. Pero, deberías beber más agua y leche por tú propio bien.— indica Ananías dejando el cuenco en el piso y acariciando la cabeza del leoncito.

El leoncito empezó a comer sin decir una palabra. Del otro lado, Salomón esperaba su turno para hablar con el Regente. Y Timoteo, al verlo esperando, le dió un vuelco el corazón.

—Salomón, cuando vengas avísame inmediatamente. Los asuntos que tú traes no pueden esperar.— dijo y los demás presentes en la sala quedaron perplejos. Con una seña, Timoteo les pidió que salieran.— En breve los atenderé a todos, pero ahora necesito atender éste asunto.—

Los demás asintieron y salieron de la sala. Salomón se acercó con el pañuelo en la mano.

—Eminencia, al parecer ya toda la sangre impura ha salido de su cuerpo. Y en el proceso, ha arrojado varios objetos, pero éstos fueron los más llamativos.— dijo y abrió el pañuelo ante él. Timoteo palideció.— La roca tuve que sacarla ya que se quedó atorada en su garganta cuando la expulsaba. La hicieron tragársela, a mí parecer.—

—Salomón... Eso es una piedra de fuego perpetuo. No importa cuánta agua beba la persona, una vez dentro, nunca se apaga. Posiblemente, no se la dieron para torturarlo. Sino para mantenerlo herido y que no pudiera defenderse.— indicó Timoteo, con la mandíbula tensa.

—También expulsó ésto, Eminencia. Creo que es una llave, pero no me ha dicho qué abre.— indica y le entrega la llave. Timoteo sostuvo la llave en dos dedos.

—Creo saber qué abre, pero no puedo creer que se haya sometido a tal dolor por esconderla.— indicó Timoteo, algo disgustado.

—A juzgar por las cosas que ha hecho hasta ahora, lo creo capaz de eso y de más, Eminencia.—

—¿Cómo está él ahora?—

—Su cuerpo, débil pero comienza a mostrar mejoría. El leoncito si está inquieto.—

Timoteo sonrió con la frase. Guardó la llave en su bolsillo.

—Eminencia, puedo preguntar ¿Porqué el joven Príncipe está en ese estado?—

—Es bueno que lo preguntes. El Regente Jonás quería el conocimiento que Miguel Ángel posee. Y al no poder obtenerlo por las buenas, optó por hacerlo a las malas. Y los Cazadores del Sacrilegio se encargaron de seguir intentando día tras día durante los últimos dos meses.—



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En el texto hay: sabiduría, curación, humor y magia

Editado: 15.05.2026

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