Es una madrugada fría en el Reginato. Ya han pasado tres días desde que Timoteo sacó a Miguel Ángel de la cárcel. Salomón estaba dormido, sosteniendo lo que creía era el leoncito, pero ya no estaba allí. Estaba exahusto. El día anterior, tocó luchar otra vez contra los Cazadores, quienes intentaban en vano llevarse a Miguel Ángel de la habitación. Ni siquiera lograron entrar. Salomón no lo permitió, pero quedó exhausto. Unas manos colocan una manta en sus hombros, haciéndolo acurrucarse. El ambiente había cambiado en la habitación. El frío de la madrugada en el Reginato había sido desplazado con un aire tibio, templado, algo cómodo y agradable. No sólo en la habitación. Timoteo también sintió el cambio. Y notó que no era algo común. Se levantó para averiguar qué ocurría. El aire en los pasillos era distinto. Todo parecía más liviano, más tranquilo. Los sacerdotes de guardia esa noche no entendían qué pasaba. Al ver al Regente de pie quisieron preguntar qué ocurría. Pero éste se limitó a decir que ya lo sabrían pronto. Llegó hasta la habitación y Salomón yacía dormido plácidamente con la manta en los hombros, frente a la cama vacía. Miguel Ángel estaba de pie frente al armario, buscando algo con qué vestirse dado que sólo traía un pantalón y su cuerpo lo cubrían vendas.
—¿Te despertó el frío?— preguntó Timoteo riendo.
—¿Me creería si dijera que sí?— dijo sonriente.
Timoteo se acercó a él y lo abrazó, acariciando su cabello rubio con ternura.
—No debió hacer eso.— dijo Miguel Ángel casi burlándose.
Timoteo se miro la mano. Estaba cubierta de aceite y escarcha dorada proveniente de su cabello.
—¿Y ésto?—
—Particularidades de andar conmigo.— dijo levantando los hombros.— Es aceite de unción. Aunque es la primera vez que sale tanto. Ahora Eminencia ¿Qué puedo usar que no ofenda a nadie y no me quede como saco de papas?—
Timoteo río en voz baja con la frase. Ya se le había olvidado cómo era la personalidad del muchacho frente a él. Aunque no lo conocía mucho.
—Es que estás muy flaco. Pero más abajo debería haber ropa que te quede.— respondió Timoteo, intentando no carcajear con la mueca de disgusto de Miguel Ángel con la frase. Luego recordó que podía ofenderlo con esa frase. Según Nathanael, hubieron veces en las que Miguel Ángel pasó hasta 5 días sin comer.
Miguel Ángel se vistió con una bata larga hasta los tobillos color crema, propia de los miembros del Reginato. Timoteo lo miró y sujetó su cara con cuidado.
—Dejame verte bien... Um... Aún tienes frío, tú cara me lo dice.— dice después de un rato mirando a los ojos azules y extrañados, pero luego parecían sonreír.
Sus ojos estaban de un azul más intenso que antes, puro, casi brillante, como el cielo en las primeras horas del día. Asintió casi riendo.
—Si seguimos bromeando, vamos a terminar despertando a Salomón.— dice Miguel Ángel mientras el Regente le cubría los hombros con una manta.
—A decir verdad, nunca había visto a Salomón tan cansado.—
—Los Cazadores han intentando devolverme a la cárcel por todos los medios posibles. Salomón y Amós están exahustos por eso.—
—Eso me informaron. Pero... Salomón no te va a perdonar el que te levantaras sin decirle. De hecho, ni siquiera deberías estarte en pie, Miguel Ángel.— dice Timoteo en broma.
—Nadie ha dicho que me quedaré despierto para que lo noten. En un rato me volveré a acostar para que él se despierte antes que yo.— dice sonriente y Timoteo contrajo todo su abdomen para contener sus carcajadas.
Salomón tenía razón en todo. Miguel Ángel era clase aparte. Timoteo lo miró a los ojos un momento tras notar que su sonrisa se había reducido.
—¿Sucede algo?—
—No era exagerado eso de que la presión aquí es muy fuerte. ¿Porqué pasa eso? Los vientos opuestos están soplando con fuerza y a decir verdad no me dejan respirar con calma.— Timoteo suspiró. Le avergonzaba contarle a Miguel Ángel que lo que le estaba haciendo contraviento era la corrupción que se había colado en el Reginato. Él lo miró, comprensivo.— Usted tiene sólo unos pocos días a cargo. Mucho ha hecho, a decir verdad.—
—¿Sabes en lo que pienso, querido Principe?—
—Puedo escuchar lo que le preocupa, Eminencia. Lo que le preocupa a usted yo lo escucho. Lo que me preocupe a mí, usted lo escuchará claramente.—
—Tienes razón.—
—Hay tres altares demoníacos levantados dentro del Reginato, Eminencia. Esos altares están enviando energías por todo el lugar. Cuando construyeron el primero, posiblemente, abrieron la brecha para que entrara la corrupción. Si los derribamos, el Reginato quedará limpio. Aunque... En éstos momentos no tengo suficiente energía para encontrarlos.— dijo haciendo un movimiento con las manos, mientras sus dedos emitían luces. Intentaba encontrar los altares.
—Para.— dijo Timoteo colocando la mano sobre sus dedos, que dejaron de brillar.— No debe hacer esfuerzos aún. Te estás recuperando todavía, Miguel Ángel. Podrías resultar herido si te esfuerzas demasiado. Vamos por partes. Cuando Salomón despierte, él te escoltará a tu habitación.—
—¿No es ésta?—
—Por supuesto que no. Esa habitación está mejor preparada para que estés a salvo y más tranquilo. Allí reposarás hasta que tú energía esté curada y ya te hayas adaptado a la vibra del Reginato.—
—Pero... Se supone que tengo cosas qué hacer.—
—Por supuesto que no. Aún no. Tus funciones se te asignarán si eso es lo que quieres realmente. No pienses en eso ahora. Más bien, descansa. Lo necesitas.— le dijo, dandole un beso en la cabeza y saliendo de la habitación sin darle tiempo de replicar.
Tanta atención y cuidado le resultaban extrañas a Miguel Ángel. Sólo su padre lo cuidaba así. Lo extrañaba. Se preguntaba si lo que decía Salomón era cierto, que su padre había enviado a alguien a buscarlo. Aunque, Salomón no tenía porqué mentir. Se acostó en la cama, intentando dormir. Ahora que había despertado, todo le parecía incierto. Creyó que moriría. Pensó que ésta vez no iba a salvarse. Y he aquí, seguía vivo. Vivo y cuidado como si fuese una piedra preciosa invaluable. Eso lo desesperaba. Tenía años protegiendo a los demás, protegiendo a su padre, a la otra Portadora, a los Protectores, a los secretos del mundo en sí. Y ahora, Salomón y Timoteo pretendían protegerlo hasta de sí mismo. Pero seguía con miedo. Ahora sí había cometido traición. Ahora sí había revelado sus secretos. Y sin embargo, no era lo que Timoteo hiciera con ese conocimiento lo que le asustaba. Le asustaba no verse útil. Creía que su valor radicaba en su utilidad y lo que sabía. Y ahora que había revelado su secreto, carecía de utilidad. Tenía miedo. Miedo de que se deshicieran de él. Miedo de los Cazadores. Del Reginato entero. De que la Corrupción lo alcanzara y acabaran con él. Y sobretodo, de volver a la cárcel. Si volvía ahí, prefería morir antes que caer de nuevo en manos de los Cazadores.